Miami.— El 28 de febrero pasado, el Comando Central de Estados Unidos (Centcom) anunció el inicio de la Operación Furia Épica contra Irán “por instrucción del presidente de Estados Unidos”, Donald Trump.
El hombre que en su campaña pregonó que sería el “presidente de la paz” y que se mostró reacio a llevar al país a una guerra decidió atacar al país persa para “desmantelar el aparato de seguridad del régimen iraní”, o para “impedir que se hiciera de un arma nuclear”, o porque “Irán nos iba a atacar primero”, según el momento en que se le pregunte a Trump. Incluso advirtió que “toda una civilización morirá esta noche”, declaración que desató indignación mundial.
La Casa Blanca insiste en que Trump actúa como “presidente de la paz”; el mandatario afirma que ha resuelto nueve guerras. En cambio, lo que sí ha hecho es iniciar la guerra contra Irán, atacar Yemen, bombardear Somalia, entrar a Venezuela para sacar al presidente Nicolás Maduro e imponer un gobierno a modo. La idea de Trump sobre la paz no se parece a la de los demás. “Parece una paz armada que se presenta como orden, pero que en la visión de Trump debe depender de mayor fuerza de fuego, más despliegues y más presupuesto militar”, dice a EL UNIVERSAL el experto en seguridad nacional, Jaime Ortiz.

El mandatario estadounidense acompaña su ofensiva con una propuesta presupuestaria sin precedentes: el presupuesto de 2027 pide 1.5 billones de dólares para defensa, con 1.1 billones en gasto discrecional base y 350 mil millones adicionales para prioridades obligatorias como “municiones críticas” y expansión de la base industrial de defensa. Al mismo tiempo, reduce en 73 mil millones, 10%, el gasto no militar.
Trump no intenta ocultar su afán bélico: por eso se cambió el nombre del Departamento de Defensa por el de Departamento de Guerra. La propuesta de presupuesto subraya que el dinero debe abrir “oportunidades para nuevos participantes”.
De acuerdo con medios estadounidenses, el gobierno está en conversaciones con automotrices como General Motors y Ford, entre otras empresas, para que se dediquen a la producción de armas y otros suministros militares.
La guerra para Trump deja de ser una doctrina estratégica para convertirse en una “política industrial”, un negocio, dice Ortiz.
El símbolo más visible de ese giro es el llamado Domo Dorado, que Trump adelantó en enero de 2025, apenas asumió su segundo mandato, para enfrentar “la amenaza más catastrófica”, dijo, un eventual ataque con misiles balísticos, hipersónicos, de crucero y otros.
De acuerdo con Ortiz, la orden de Trump exige acelerar un sistema de vigilancia en el espacio para detectar y seguir misiles hipersónicos. También plantea desarrollar “interceptores espaciales proliferados”, que serían muchos sistemas de interceptación distribuidos en el espacio, en vez de unos pocos, con la capacidad de destruir misiles en su “fase de impulso”, es decir, en los primeros minutos de vuelo, justo después del lanzamiento, cuando todavía están acelerando y son más vulnerables.
A la vez, busca desplegar capacidades para destruir misiles “antes del lanzamiento”, es decir, atacar los sitios, plataformas o sistemas desde donde serían disparados antes de que despeguen. Y además propone combinar herramientas “cinéticas” que destruyen físicamente un blanco mediante impacto o explosión, con herramientas “no cinéticas”, que no golpean directamente el objetivo, pero pueden inutilizarlo mediante interferencia electrónica, ciberataques, energía dirigida o bloqueo de sistemas.
También ordena revisar cómo aumentar la cooperación con aliados y “acelerar” la entrega de capacidades antimisiles estadounidenses a socios. “El Domo Dorado es, por diseño, una plataforma militar espacial y un mecanismo de alineamiento internacional”, subraya Ortiz.
Trump vendió ese plan como un sistema de 175 mil millones de dólares que podría estar listo antes del final de su mandato. Pero las estimaciones técnicas disponibles no respaldan ese optimismo. La Associated Press (AP) informó que, “por primera vez”, el programa pondría armas estadounidenses en el espacio, mientras la Oficina Presupuestaria del Congreso de Estados Unidos calculó que sólo la parte espacial podría costar hasta 542 mil millones de dólares en 20 años. Ahí aparece una constante de este proyecto: la promesa política es más simple y más barata que la realidad técnica que está en marcha.
El domo no viene solo. El mismo presupuesto financia el F-47, aumenta la apuesta naval con 65.8 mil millones de dólares para construir 18 buques de combate y 16 no combatientes, ordena comprar “12 municiones críticas”, amplía las inversiones en minerales críticos y acelera la compra de drones y sistemas antidrones. La Casa Blanca presenta todo eso como un mismo paquete: defensa del territorio, espacio, flota, munición, minerales y automatización militar. El plan no concentra dinero en una sola arma. Organiza un ecosistema completo de rearme.
El F-47 resume bien la lógica de esta etapa. La Fuerza Aérea adjudicó a Boeing el contrato de desarrollo del que define como “el primer caza de sexta generación del mundo”. Trump lo celebró diciendo que “nada en el mundo se le acerca” y el Pentágono lo defendió como una inversión “histórica” en la industria militar estadounidense. No se trata sólo de un nuevo avión, es la señal de que Washington quiere recuperar superioridad aérea con plataformas más caras, más complejas y más ligadas a cadenas industriales de largo plazo.
Los beneficiarios de este giro son visibles incluso antes de que terminen de firmarse todos los contratos. Boeing aparece como el nombre más claro por el F-47. Los grandes astilleros estadounidenses quedan mejor posicionados por el salto en construcción naval; y el segmento de misiles, radares, sensores, satélites, defensa antiaérea, drones y minerales críticos gana centralidad porque el presupuesto dirige ahí el dinero nuevo. “Cuando la Casa Blanca habla de ampliar la base industrial de defensa y de abrir espacio a nuevos participantes, lo que está diciendo es que una guerra ya no se trata sólo de arsenales; ahora también se define por la fabricación de redes empresariales cada vez más amplias”, considera el experto.
El Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, conocido como SIPRI por sus siglas en inglés, informó que el gasto militar mundial alcanzó 2 mil 718 billones de dólares en 2024, con una subida real de 9.4%, la más fuerte desde el fin de la Guerra Fría. El mismo instituto advirtió que “más de 100 países” elevaron su gasto militar ese año. Ese dato es central porque sitúa a Trump dentro de una tendencia global, pero también porque muestra cómo la Casa Blanca se mueve a favor del viento: no frena el rearme internacional; lo acelera, lo legitima y lo usa para empujar su propia expansión industrial.
En la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el cambio ya quedó fijado en texto oficial. La declaración de La Haya de 2025 compromete a los aliados a invertir 5% de su Producto Interno Bruto anual en defensa y seguridad relacionada para 2035, con al menos 3.5% para defensa central y hasta 1.5% para infraestructura crítica, innovación, resiliencia y base industrial.
En marzo, Mark Rutte añadió que “las cifras hablan por sí solas” y que la inversión de los aliados europeos y Canadá subió 20% en 2025. No se trata sólo de gastar más. Se trata de producir más y más rápido. La consecuencia más profunda de todo esto es que el rearme ya no se queda en tierra, mar y aire; sube al espacio y vuelve a empujar la carrera nuclear. El propio Domo Dorado abre la puerta a armas estadounidenses en órbita. Cuando un escudo espacial promete interceptar antes, durante y después del lanzamiento, otros Estados enemigos buscan contrarrestar con más misiles, más saturación, más evasión y más modernización. El resultado es una competencia armada más amplia y más difícil de contener.
Trump no está cerrando una época de guerras, está inaugurando una nueva era en donde la guerra funciona como política industrial, programa espacial, doctrina de disuasión y argumento presupuestario. El Domo Dorado, el F-47, la nueva flota, las municiones críticas, los minerales estratégicos y las operaciones sobre Irán, Yemen y Somalia forman parte de la misma decisión histórica. Y mientras Washington se mueve en esa dirección, decenas de gobiernos en el planeta hacen lo mismo. “Esa es la trascendencia del momento, el presidente que dice traer paz está contribuyendo a ensanchar el negocio, la legitimidad y la escala mundial de la industria de guerra”, concluye Ortiz.
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