Indagan abuso de curas tras suicidio de joven colombiano

Un año y medio después del suicidio de Daniel Osorio, su madre, Patricia, encontró una carta en la que se despedía de ella y le contaba las razones por las que decidió quitarse la vida
Daniel Osorio tenía 21 años cuando se suicidó
Daniel Osorio tenía 21 años cuando se suicidó ("El Tiempo" de Colombia, GDA)
22/10/2018
21:22
"El Tiempo" de Colombia, GDA
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No hay día en el que Patricia Osorio no se tropiece con algo que le recuerde a su hijo Daniel Eduardo y el drama que vivió durante cerca de nueve años. Cada vez que pasa frente al cuarto de Daniel y ve la cama, la ropa y todas aquellas cosas que con mucho celo cuidaba, ella se siente embargada por la tristeza. 

Eso le trae de inmediato muchos recuerdos, desde cuando Daniel era niño, de cómo se entendía con su hermana y hasta de las cosas que lo motivaban… Pero también aparecía un dolor inmenso, “indescriptible”, dice. Llegan a su mente el drama que vivió su hijo desde los 12 años y que, finalmente, lo llevó a tomar una decisión radical: acabar con su vida.

“Se me acabó la vida y lo único que clamo es justicia, que salga todo a la luz”, asegura Patricia, quien dice que nadie más que una madre sabe lo que duele perder un hijo, y más como ocurrieron los hechos. “Yo he asistido a terapias con psicólogos, pero eso no es suficiente. Una cosa es observar y otra es vivirlo”. 

Ella incluso ha pensado en cambiar de apartamento, para no tener que vivir en todo momento con tantas cosas que le recuerdan a Daniel. “Yo tengo la idea de cambiarme, porque me causa dolor ver donde él dormía, donde comíamos, ver sus cosas. No es por otro motivo”, advierte esta mujer que asumió las riendas de su hogar cuando sus dos hijos aún eran bebés. Pero luego reflexiona y dice: “Eso tampoco será una cura”.

El 23 de mayo del 2017, Daniel Eduardo salió a encontrarse con su hermana, pero al llegar al edificio no ingresó al apartamento de Diana, sino que pasó hacia la terraza. Allí, el joven, ya de 21 años, decidió terminar con sus tristezas y los días con sus noches de no hacer nada, de solo estar acostado en la cama mirando hacia el techo.

Patricia recuerda que todo comenzó cuando su hijo ingresó a sexto grado en el colegio San Viator, en Bogotá. Durante la primaria, Daniel Eduardo se destacó por ser un niño alegre, muy activo: era músico, escribía poesía, era un líder en el colegio y tenía excelentes notas. Era brillante.

“Pero en sexto entró en decaimiento, no le interesaba nada. Y eso continuó en séptimo. En el colegio me dijeron que él no hacía tareas”, recuerda la madre, quien no entendía el motivo del comportamiento y tampoco advirtió las señales. Incluso, dice que para esa época, el niño fue llevado a la casa donde vivían los curas, donde supuestamente no podían entrar los estudiantes. En esa casa, según le contó, había patos y flores. Y Daniel era un amante también de los animales y disfrutaba de ese ambiente.

Ya en noveno grado, siendo adolescente, Daniel no quería seguir en el colegio. Pero terminó ese año, y alcanzó a asistir dos semanas del grado décimo. “Yo le preguntaba que por qué no quería volver, que lo veía disperso y se distraía fácilmente. Aunque él me contaba todo, no se atrevía a decirme nada de ese tema, porque eso causa un dolor terrible, no es que la persona no quiera hablar, es que no puede”.

Y agrega: “Casi nadie tiene conocimiento pleno de lo que es un abuso, no saben cómo acaban con la persona mental, emocional y físicamente; eso lo va torturando hasta que muere”. Directivas del colegio San Viator señalaron este viernes que la institución no estaba enterada del caso de presunto abuso sexual.

Solo en el 2016, Patricia descubrió el origen del comportamiento. “Encontré las cartas donde Daniel contaba que desde los 12 años era víctima de abuso sexual y que él no aguantaba más”, dice la madre del joven, quien agrega: “También relataba cómo camionetas llegaban al colegio y lo llevaban a un lugar en donde diferentes curas abusaban de él”. De inmediato acudió a la Fiscalía, a la Personería y a la Defensoría del Pueblo, pero, asegura, nadie la escuchó. Solo meses después de la muerte de su hijo la Fiscalía se interesó en el caso.

Y en abril del año pasado, el joven le soltó otra revelación que la sacudió. “Un mes antes de su muerte, él tocó brevemente el tema.

Me dijo: ‘Mami, tu quieres saber el nombre de quien me dañó la vida, pero yo no te lo puedo decir porque nos matan’”, cuenta Patricia Osorio, quien dice que su vida se acabó y que su familia se volvió trizas y que solo volverá a tener tranquilidad cuando se haya hecho justicia por la trágica muerte de su hijo.

rmlgv

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