La guerra en la que está involucrado Irán ha vuelto a recordar al mundo una verdad fundamental: los mercados energéticos siguen siendo muy vulnerables a las crisis geopolíticas. En las últimas semanas, los precios mundiales del petróleo se han disparado debido a las interrupciones del suministro en el golfo Pérsico, mientras que los precios del gas natural licuado (GNL) en Europa y Asia han seguido la misma tendencia.
Para Europa y Asia, la lección no es nueva, pero es cada vez más urgente. El conflicto ha reforzado un cambio estratégico que ya estaba en marcha: un esfuerzo decidido por reducir la dependencia de los hidrocarburos de Medio Oriente acelerando la inversión en energías renovables y energía nuclear.
En Europa, los responsables políticos han pasado últimos tres años intentando reducir su dependencia del gas ruso tras la invasión de Ucrania. El conflicto con Irán ha ampliado esa preocupación para incluir riesgos de suministro de Medio Oriente. Países como Alemania, Francia y Países Bajos están redoblando su apuesta por la capacidad eólica y solar, al tiempo que reconsideran energía nuclear como pilar de la seguridad energética a largo plazo. Francia mantiene su compromiso de ampliar su parque nuclear, mientras que incluso países históricamente antinucleares están reconsiderando sus posiciones.
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Mientras tanto, Japón se enfrenta a un dilema más acuciante. Con recursos energéticos nacionales limitados y fuerte dependencia del GNL importado, el país está especialmente expuesto a las subidas de precios y a las interrupciones en el suministro. En respuesta, Tokio ha tomado medidas decisivas para reactivar los reactores nucleares que quedaron inactivos tras la catástrofe de Fukushima y está realizando importantes inversiones en tecnologías nucleares de última generación. Al mismo tiempo, Japón está ampliando el despliegue de la energía eólica marina y la energía solar, con el objetivo de lograr un mix energético diversificado y resiliente.
El mensaje tanto de Europa como de Japón es claro: la seguridad energética en el siglo XXI requiere diversificación, no sólo de proveedores, sino también de tecnologías. Las energías renovables y la energía nuclear son consideradas cada vez más no sólo como soluciones climáticas, sino como activos estratégicos.
Este cambio global tiene implicaciones importantes para México.
El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha puesto hincapié en impulsar la producción nacional de gas natural. Se trata de una medida sensata y necesaria. La abrumadora dependencia de México del gas natural importado de Estados Unidos (que actualmente supera 70% del consumo) representa una vulnerabilidad estructural. Como han demostrado los recientes acontecimientos mundiales, las cadenas de suministro pueden verse interrumpidas por tensiones geopolíticas, fenómenos meteorológicos extremos o decisiones políticas que escapan al control de México.
Ampliar la producción nacional de gas, incluyendo tanto el gas asociado como los recursos no convencionales, mejoraría la seguridad energética de México y fortalecería la competitividad industrial. También reduciría la práctica derrochadora de la quema de gas, que sigue socavando tanto la eficiencia económica como el desempeño ambiental. Sin embargo, el gas natural por sí solo no puede proporcionar una solución completa.
Como he argumentado en artículos anteriores, México debe adoptar una estrategia energética que abarque todas las opciones y que incluya una expansión mucho más ambiciosa de las energías renovables. El país posee extraordinarios recursos solares y eólicos, especialmente en el norte y el sureste. La energía azul del océano ofrece otro recurso atractivo tanto para la generación como para el almacenamiento. Sin embargo, la incertidumbre regulatoria y las restricciones políticas han frenado la inversión en estos sectores precisamente en un momento en que las tendencias mundiales se mueven en la dirección opuesta.
Al mismo tiempo, la energía nuclear merece atención renovada. En artículos anteriores he subrayado el papel potencial de la energía nuclear, en particular los reactores modulares pequeños (SMR), en la provisión de electricidad confiable y reducida en carbón. Para un país que enfrenta una demanda creciente de electricidad, limitaciones de la red eléctrica y la necesidad de descarbonizarse, la energía nuclear ofrece un complemento atractivo a las energías renovables intermitentes.
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La experiencia de Europa y Japón subraya este punto. Frente a la incertidumbre geopolítica y los precios volátiles de la energía, no están eligiendo entre energía renovable y nuclear; están abrazando ambas. México debería hacer lo mismo.
El conflicto en Irán ha dejado claro que seguridad energética no puede darse por sentada. Para México, el camino hacia adelante no está en escoger una única fuente de energía, sino en construir sistema diversificado, resiliente, que combine producción doméstica de gas con rápida expansión de energías renovables y compromiso estratégico con la energía nuclear. En un mundo cada vez más incierto, la diversificación no es sólo una buena política. Es una cuestión de seguridad nacional.
*Director ejecutivo de Hurst International Consulting y Fellow en el Wilson Center
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