Con su libro Grandeza, Andrés Manuel López Obrador se propuso “demostrar que los mejores principios éticos y la bondad que poseemos como pueblo y nación, provienen de aquello que heredamos de las grandes civilizaciones del México prehispánico”. El discurso que llevó la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona —un texto cursi, con omisiones esenciales y cargado de falacias— se alimentó de la misma narrativa indigenista:
“Vengo de un pueblo que reconoce su origen en las grandes culturas originarias, aquellas que fueron acalladas, esclavizadas y saqueadas, pero que nunca fueron derrotadas porque hay memorias que no se conquistan y raíces que nunca se arrancan. Vengo de la Pirámide del Sol, vengo de Tláloc, de Huitzilopochtli, de Coatlicue... Vengo de un pueblo con valores espirituales profundos, que sabe que su historia es sagrada, porque en ella encuentra la fuerza para levantarse, para resistir, y para seguir tejiendo con dignidad su destino”. Para negar los aportes de la hispanidad (el lenguaje, la religión, la cultura, la arquitectura colonial, la gastronomía...), la doctora Sheinbaum se saltó tres siglos, el Virreinato.
Es sabido que la construcción de una identidad nacional exige una reinterpretación o reinvención de la historia, pero debiera haber límites.
Los mexicanos del siglo XIX, afirma Tomás Pérez Vejo, decidieron convertir a la Colonia en un “largo y desgraciado paréntesis” para hacer del mito prehispánico-indigenista “la piedra angular de la construcción nacional mexicana, el origen sagrado en el que la nación se reconoce”, y lo que apenas perfiló la clase gobernante decimonónica se impuso como hegemónico tras el triunfo de la Revolución: la visión de los aztecas como representantes de un México que no existía porque el inmenso territorio que más tarde fue la Nueva España estaba habitado por más de 150 etnias que constituían tribus o naciones con distintas lenguas, tradiciones propias y muchas veces enemigas.
Avanzado el siglo XXI, el mito del “paraíso terrenal” y del mundo de armonía que encontraron los conquistadores es falso y maniqueo. Los conquistadores, es cierto, llegaron con una voracidad sin límites que los llevó a cometer actos de barbarie, pero la crueldad de los españoles era correspondida por los horrores que imponían los aztecas a los pueblos sojuzgados. El mundo prehispánico no fue un espacio de armonía en el que se amaban los unos a los otros, sino un mundo violento, brutal, en el que respondían a la exigencia de sangre del dios supremo, Huitzilopochtli, con los sacrificios humanos y el canibalismo.
Los tlaxcaltecas, texcocanos, chalcas, otomíes y otros pueblos que apoyaron a los conquistadores, lo hicieron porque querían liberarse de la opresión y cobrarle a los tenochcas su rapacidad y sus ultrajes.
Transcurridos más de 200 años desde la Independencia, los mexicanos descendientes de los pueblos originarios enaltecidos en los discursos y en los museos, siguen postrados, los vemos en las calles tristes y cabizbajos pidiendo limosna, porque los territorios de donde vienen sufren violencia y pobreza extrema. ¿Cómo se les sacará de su postración? No, ciertamente, con discursos.
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