En México la autoridad sigue reaccionando, pero parece que, contrario a lo que se pregona, en su vocabulario no existe la palabra prevención. Actúa, sí, pero tarde. Tan tarde que, en muchas ocasiones, la omisión costó vidas humanas.
Edith Guadalupe desapareció la semana pasada en la Ciudad de México y su cuerpo fue hallado dos días después. La familia dio aviso oportuno a la fiscalía capitalina, pero le pidieron esperar las 72 horas de ley. ¿Pues no se dijo desde Palacio Nacional que las búsquedas de desaparecidos ya se iban a iniciar de inmediato? Las autoridades —quienes admitieron un retraso de 15 horas en su actuar— llegaron cuando la joven ya estaba muerta. Nunca sabremos si, de haber actuado de inmediato, ella seguiría viva. Esa duda, convertida en herida, sangrará siempre en los corazones de sus seres queridos y de todos. ¿Por qué no actuaron antes?
El lunes fue asesinada una turista canadiense en la zona arqueológica de Teotihuacán, uno de los sitios más emblemáticos del país, lo cual volvió a encender las alarmas. La respuesta es, de nuevo, más seguridad. ¿Y la prevención? ¿Basta el argumento de que no había seguridad porque esto jamás había pasado? No lo creo.
En 2024, un refuerzo federal sin precedentes llegó a Sinaloa, no ante los primeros indicios de tensión, sino hasta que el secuestro y envío a Estados Unidos de Ismael “El Mayo” Zambada desató una ola de violencia entre las facciones del Cártel de Sinaloa imposible de ignorar. Violencia que continúa cobrando vidas en forma de muertes y desapariciones, y que ha cambiado por completo la normalidad de la sociedad local.
Un año después, en Tabasco, la historia se repitió con la detención de Hernán Bermúdez Requena, exsecretario de Seguridad estatal y líder del grupo criminal “La Barredora”, quien no fue a prisión tras las primeras alertas o señalamientos, sino cuando los disturbios ya eran insostenibles; cuando el costo político superaba el silencio y ya era imposible disimular sus lazos con uno de los cuadros más “destacados” de Morena, el senador —y exgobernador de ese estado— Adán Augusto López.
Michoacán tampoco escapó a la lógica reactiva. El apoyo llegó, sí, pero después de que en noviembre pasado asesinaran al alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, uno de los presidentes municipales que más insistió en pedir ayuda. ¿De qué le sirvió la respuesta post mortem?
Este año, el despliegue del Observatorio del Golfo de México no fue una política preventiva, sino una reacción al desastre. El derrame de Pemex contaminó costas, lagunas y cuerpos de agua, y tras negarlo durante semanas, no quedó más que aceptar la culpa y, quiero pensar, actuar en consecuencia más allá del discurso público.
Qué decir de la falta de medicamentos, la cual tratan de resolver después del ominoso desabasto; de la certificación ferroviaria internacional que no se buscó sino hasta que se descarriló el Tren Interoceánico, dejando 14 muertos; de las escuelas que se reubicarán después de incendios mortales causados por la refinería Dos Bocas.
Incluso en seguridad internacional la reacción es tardía, como en el caso de los dos agentes de la CIA muertos en Chihuahua, hecho que dejó al descubierto dos posibles realidades incómodas: que la coordinación entre niveles de gobierno es frágil y desordenada, o que la participación de agencias de Estados Unidos en operativos nacionales es más profunda de lo que se admite públicamente. En ambos escenarios, el problema es el mismo: la falta de control antes de la crisis y la insistencia incurable de mentir.
En México nos hemos acostumbrado a construirnos a golpe de tragedia: primero el desastre y después la estrategia. Y mientras no exijamos prevención en lugar de reacción, esto no va a cambiar.
La próxima historia no será ajena, bien podría ser la tuya.
@azucenau
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