Miami.— El olor a basura que lleva días en la calle despierta a los cubanos en los barrios donde la recolección, en estos días, es inexistente; la insalubridad se ha vuelto parte de la vida cotidiana.
En La Habana se acumulan diariamente más de 7 mil 600 metros cúbicos de residuos sólidos en espacios públicos cercanos a viviendas y centros generadores; sólo se logra recoger, en promedio, 68%. El resto queda en la vía pública, señala el Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana, OCAC, en el informe La Habana: capital de los desechos.
La basura que queda en la calle no se guarda en patios ni se quema de forma generalizada; permanece en aceras, solares (vecindades) y bordes de barrios donde la recolección falla y esos montones pudriéndose atraen a roedores, mosquitos, moscas, gusanos y facilitan la acumulación de agua en recipientes y escombros, condiciones que favorecen la transmisión de enfermedades. La falta de gasolina impide que los camiones pasen a recoger los desechos. Los niños juegan cerca de lugares que los padres evitan por miedo a infecciones; los recipientes que retienen agua son criaderos de mosquitos.

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La relación entre la basura acumulada y la salud pública es directa. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) inició en 2024 un proyecto de alerta temprana del dengue en áreas de la capital cubana precisamente porque la evidencia muestra que cambios ambientales y la presencia de vectores aumentan el riesgo de brotes. Pero el sistema de salud cubano está en punto de quiebre: clínicas y hospitales operan con equipos obsoletos, con carencia de insumos y con instalaciones que requieren reparaciones urgentes; la atención se resiente y los tiempos de espera se alargan en consultorios y salas.
“El sistema de salud es pésimo; eso que ellos proliferaban como uno de los logros de la revolución, eso ya ha muerto”, dice a EL UNIVERSAL José Elías, quien el mismo día de la entrevista había intentado ir por medicinas, luego de que no las encontró en enero. Esta vez, tampoco hubo suerte. “Me avisaron, hoy, para ir a buscar las medicinas que podía comprar y no vino el renglón que me hace falta a mí, que soy hipertenso, y mi esposa es diabética, no llegó nada de eso”.
La escasez de medicamentos alcanzó niveles críticos al cierre de 2024: de los 651 productos que conforman el Cuadro Básico de Medicamentos en Cuba, 461 estaban en falta total o con baja cobertura; es decir, más de 70% con disponibilidad reducida, según reportes periodísticos y comunicados que recogen datos oficiales y auditorías.
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“Todo es una gran falacia”, dice Pablo a este diario. “Han vendido la tan cacareada propaganda bobelania de que somos una potencia médica. En primer lugar no hay medicamentos, en Cuba no se fabrica ni una aspirina; después de que se invirtieron millones de dólares en biotecnología en el polo oeste de la ciudad, es muy difícil encontrar medicamentos, los medicamentos son muy caros y lo tienen las personas que las están vendiendo en el mercado negro, por familiares y amigos que se los traen —de EU— y es muy difícil en los hospitales dado la suciedad, la falta de electricidad, la falta de alimentos y, sobre todo, la mala asistencia médica por las condiciones infrahumanas que también vive el personal de la salud cubano”.
Hay quienes pasan la noche en la puerta de la farmacia con la esperanza de alcanzar una ración de fármacos cuando llega una entrega limitada. “La vida es una sola y estamos de cola en cola. Y seguimos aguantando”, dijo una cubana entrevistada por Cubanet.
Los profesionales de la salud cubanos describen condiciones de trabajo que limitan su capacidad de respuesta: falta de insumos básicos, ausencia de repuestos para equipos y sobrecarga de pacientes en salas que no se dan abasto. “Todo eso, sin considerar la situación de hoy, sin electricidad ni combustible ni alimentos accesibles”, comenta un médico.
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Los cortes de electricidad agravan la situación: se interrumpe la conservación de medicamentos que requieren refrigeración, se suspenden estudios diagnósticos y se complican procedimientos que dependen de energía estable.
La acumulación de residuos y la precariedad de la vivienda se retroalimentan; un solar lleno de desechos obstruye drenajes, el agua estancada sube por muros y acelera la descomposición de materiales; la humedad agrava problemas respiratorios en niños y ancianos y convierte la negligencia urbana en un problema de salud dentro de la casa.
Las historias personales dan rostro a las cifras: padres que recorren farmacias sin encontrar la medicación de sus hijos, ancianos que venden pertenencias para comprar un tratamiento, familias que priorizan comprar medicinas antes que reparar un techo.
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“Los medicamentos se consiguen en el mercado negro”, asegura a EL UNIVERSAL Selania. “Las farmacias están colapsadas; ya te digo, igual que los hospitales. Yo, por ejemplo, tomo la pastilla que es para la presión, que es prepanodol, y hace cuatro meses que en la farmacia no hay”.
Sobre la recolección de basura, la respuesta institucional, cuando existe, suele ser parcial y temporal; operativos de limpieza alivian parcialmente por días, pero sin continuidad vuelven a reproducirse las mismas escenas semanas después; la falta de un plan sostenido de mantenimiento urbano y de asignación estable de recursos mantiene el problema en un ciclo repetitivo.
En los barrios, la organización vecinal intenta cubrir vacíos con limpiezas comunitarias y reparaciones colectivas; esas iniciativas muestran solidaridad y capacidad de respuesta local, pero no sustituyen la necesidad de políticas públicas sostenidas que garanticen una recolección regular, un suministro de medicamentos y un mantenimiento de la infraestructura sanitaria y habitacional.
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A nivel nacional, la magnitud del desafío es mucho mayor: en Cuba se generan anualmente alrededor de 2 millones de toneladas de desechos reciclables y residuos sólidos, una cifra que exige una infraestructura y políticas de gestión que hoy están desaparecidas, según reportes sobre la propia cadena productiva del reciclaje cubana.
La crisis tiene un costo económico directo para las familias, porque comprar medicinas en el mercado informal, invertir en reparaciones urgentes de vivienda y soportar la pérdida de ingresos por enfermedad son cargas que empujan a los hogares hacia la precariedad.
Al caer cada noche en Cuba, los cubanos se van a la cama con las mismas preguntas con las que se levantaron: ¿Podré conseguir las medicinas mañana? ¿cuándo se acabará este mal olor? Dormir con esa incertidumbre es una forma de violencia cotidiana que pesa en el cuerpo y en la mente.