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Nueva York.— El 19 de enero de 2017, el cielo de Washington se iluminó de fuegos artificiales. Era la víspera de un momento histórico: todo estaba preparado para recibir a Donald John Trump como el presidente número 45 de Estados Unidos. A la vez, un avión gubernamental viajaba de Ciudad Juárez al aeropuerto MacArthur de Long Island, en Nueva York.
Ayer, la DEA hizo públicas nuevas imágenes de la llegada de Joaquín El Chapo Guzmán a Estados Unidos, con una mirada temerosa y llorosa, todavía incapaz de asimilar que acababa de escuchar, de boca de sus custodios, las palabras “Bienvenido a New York”. Palabras que eran, en sí mismas, una sentencia fatal.
Un día después la historia inició un nuevo rumbo. No sólo por la presidencia del mandatario más inverosímil e inexplicable en la historia reciente de Estados Unidos, sino por ser el inicio del juicio al Señor de los Túneles, el capo de capos, uno de los mayores narcotraficantes de la historia. El juicio del siglo, para muchos.
Dos años de frenesí, de recordar para siempre el caso 09-cr-466 de la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York. Decenas de idas y venidas en el trayecto nororiental de Amtrak, el servicio ferroviario de EU, que conecta las ciudades de Washington DC y Nueva York.
Días enteros de consultas de centenares de documentos judiciales; sacrificar horas de sueño para asegurarse un lugar en la minúscula corte de Brooklyn soportando temperaturas bajo cero, lluvias y nevadas; decenas de libretas y plumas gastadas, porque en la sala no se permitían computadoras, grabadoras ni celulares.
Horas al teléfono con abogados; mañanas en tribunales de Nueva York, Washington y Virginia; arcos de seguridad traspasados por doquier; personajes estrambóticos como un imitador de Michael Jack-son, un fanático del capo que quería su autógrafo, un actor de la serie de Netflix o el pastor evangélico de la familia Guzmán Loera.
La mirada que se recibía de El Chapo la primera vez que se le veía iba directa a los ojos. Guzmán todavía no estaba acostumbrado a la sala 8D de Brooklyn y dedicaba su único momento de contacto social para hacer un escrutinio de su entorno. Una sensación de temor y respeto relampagueando por la espina dorsal de cualquiera.
Después, con el paso del tiempo, Guzmán se convirtió en Joaquín. En dos años desde su extradición a Estados Unidos, El Chapo ha perdido peso pero ha ganado en viveza, a pesar de su deterioro físico por las condiciones de su encarcelamiento.
En la vida de cualquier periodista, dos años siguiendo a El Chapo y todo lo que le rodea, incluidos ex aliados que le traicionan en las cortes federales de la Unión Americana, es una eternidad. La misma medida de tiempo que le espera al ex líder del Cártel de Sinaloa entre las rejas de una cárcel en Estados Unidos.
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