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San José
Centroamérica se consolidó como bazar de las mafias de México para negociar armas y drogas.
A cambio de desplegar labores de puente en Centroamérica para que las cargas de cocaína enviadas de Colombia, Venezuela, Ecuador o Perú por aire, tierra o mar lleguen a México y Estados Unidos, los cárteles mexicanos pagaron a sus contactos en la región con dinero en efectivo y con paquetes de droga que fue redistribuida en mercados locales del istmo, así como con armas y municiones.
Pero los mafiosos mexicanos también recurrieron a Centroamérica para surtir sus almacenes bélicos. Un informe que EL UNIVERSAL publicó el pasado martes reveló que el mayor control en la frontera entre Estados Unidos y México, una zona por la que entran armas y municiones a suelo mexicano procedentes de comercios estadounidenses, atizó el contrabando de armamento de Centroamérica a la capital mexicana.
“De los espacios donde hay más armas acumuladas, como los arsenales policiacos, militares y de empresas de seguridad privada, salen las que abastecen otros lugares y, obviamente, llegan adonde se venden mejor”, dijo la costarricense Ana Yancy Espinoza, investigadora de la (no estatal) Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano, de Costa Rica.
“No se excluye que vayan a México por las necesidades del crimen organizado, pero tampoco creo que sean cantidades similares a las [que se trafican desde] EU. Las armas acompañan la ruta de la droga, sobre todo terrestre, y son movilizadas adonde las necesitan”, explicó.
La Fuerza Armada de El Salvador desbarató en octubre de 2013 un contrabando de 213 granadas antitanques M90 sustraídas de bodegas castrenses salvadoreñas para ser transportadas a México por el cártel mexicano de Los Zetas.
El negocio activó una alarma policiaca y militar en Centroamérica, por el riesgo de que los narcotraficantes mexicanos ganaran mayor capacidad de fuego. Las granadas antitanques, de uso exclusivo de los ejércitos, fueron decomisadas en un depósito subterráneo dentro de unas bodegas en una propiedad del municipio de El Congo, del occidental departamento de Santa Ana.
La sustracción ocurrió en asocio con militares o exmilitares de ese país, que estuvo en guerra de 1980 a 1992, y en un negocio de Los Zetas con sus aliados del cártel salvadoreño de Texistepeque o Texis, del noroccidente de ese país, según datos oficiales.
Tras el hallazgo, la cúpula castrense de El Salvador destacó que tampoco “cualquier grupo” podría utilizar ese armamento, pero que Los Zetas, peligrosa organización criminal creada por exmiembros del Ejército mexicano a finales del siglo XX, sí tendrían posibilidad técnica de manipularlo.
La Policía Nacional Civil de Guatemala capturó a dos mexicanos vinculados al crimen organizado: Jesús Campos Mar, de 43 años y de Tamaulipas, y Javier Arcos Barradas, de 29 y de Veracruz, en las afueras de la capital guatemalteca en octubre de 2013. A ambos se les decomisaron un lanzacohetes RPG-7, un lanzagranadas M72A-3, dos lanzagranadas antitanques, escopetas, fusiles de asalto (uno con lanzagranadas incorporado) y gran cantidad de granadas de fragmentación, armas ligeras y municiones diversas.
La Policía Nacional de Honduras reveló en mayo de 2014 que Los Zetas habrían suministrado armas a las pandillas o maras Salvatrucha (MS-13) y 18 (M-18), que operan sicariato, extorsión, narcomenudeo y otros delitos en el norte de Centro- américa y México, para reforzar su poder criminal. Por eso es que, más allá de las armas, es crucial el control de las municiones, insistió Espinoza. “Las armas están en los lugares [con los delincuentes], pero las municiones son las mercancías que se están gastando”, alertó.
Herencia bélica. Cuando los gobiernos centroamericanos firmaron en 1987 un pacto de paz que puso fin a sus conflictos bélicos, al silenciar los fusiles en 1990 en Nicaragua, en 1992 en El Salvador y en 1996 en Guatemala, y desmontar los efectos en Honduras y Costa Rica, los centroamericanos heredaron un alud de pertrechos de guerra.
La ONU calculó que 2 millones de armas ligeras quedaron ocultas en poder de exguerrilleros, paramilitares, militares y grupos criminales.
A las guerras en Nicaragua (1981-1990), El Salvador (1980-1992) y Guatemala (1960-1996) llegaron armamentos de Estados Unidos y sus aliados capitalistas (Israel, Taiwán o Corea del Sur) y de la ya desintegrada Unión Soviética y sus socios comunistas (la desaparecida Alemania Oriental, Vietnam o Bulgaria). También ingresaron remanentes de las guerras en Medio Oriente entre palestinos e israelíes.
Mercados clandestinos, como los de narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares de Colombia o del crimen organizado en Centroamérica y México, fueron abastecidos con saldos de las guerras centroamericanas.
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