En el , la lealtad de los miembros del partido político gobernante no está con el primer ministro, sino con los ciudadanos del distrito electoral que los eligieron para representarlos.

El laborista Keir Starmer es el último en toparse con esta regla de oro en la política británica. El 22 de junio anunció su dimisión al cargo tras perder la confianza de un número importante de legisladores de su partido. “La pregunta que se plantea ahora mi partido es si soy la persona más adecuada para liderarlo de cara a las próximas generales. He escuchado la respuesta de mi grupo parlamentario a esa pregunta. Y acepto esa respuesta con humildad”, dijo Starmer.

Para el miembro del Parlamento por la circunscripción de Holborn y St. Pancras desde 2015, su nombramiento como primer ministro representaba el “momento de mayor orgullo de su vida”. Es el quinto inquilino del 10 de Downing Street que corre el mismo destino desde 2016. Un desenlace similar tuvo sus predecesores Teresa May, Boris Johnson, Elizabeth Truss y Rishi Sunak, miembros del, desde hace dos años en oposición.

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Starmer abandonó la dirigencia de su partido, pero permanecerá en el cargo hasta que los laboristas elijan a un nuevo líder y premier. La contienda quedó abierta y es muy probable que Andy Burnham resulte ganador. El ascenso político de Starmer fue meteórico; dejó en el camino al carismático izquierdista Jeremy Corbyn, se hizo de las riendas de su partido hace seis años y en julio de 2024 le dio al Partido Laborista su primera victoria electoral en casi 20 años. Asumió el cargo de primer ministro con un sólido mandato, con casi dos tercios de los escaños de la Cámara Baja. Pero los titubeos, los cálculos equivocados, las decisiones erróneas, la falta de comunicación y la desconexión con el electorado hicieron prácticamente insostenibles los cuestionamientos sobre su liderazgo. Quien llegue a reemplazarlo deberá aprender de los desaciertos de Starmer si quiere evitar un desenlace semejante.

Desde hace algunas semanas, la pregunta no era más si Starmer caería, sino cuándo. Su posición resultaba insostenible y era evidente que entre más tiempo pasara, el daño sería mayor para su partido. Los focos rojos estaban más que encendidos. Por ejemplo, el mapa electoral de Londres durante años estuvo pintado de rojo, el color laborista. Pero tras los comicios del 7 de mayo y el peor resultado jamás alcanzado por los laboristas, se pintó de azul del Partido Conservador, turquesa de los radicales de derecha Reform UK y verde del Partido Ecologista.

Asignaturas pendientes

Burnham, popular alcalde de Manchester, se perfila como su sucesor luego de volver al Parlamento apuntándose como representante por Makerfield, y por tanto, como posible candidato a premier. La pregunta es si el electorado le dará la oportunidad de mostrar sus cualidades o reclamarán un cambio, un nuevo rumbo, como lo hicieron hace dos años. Los británicos demandan soluciones concretas a problemas que acarrean desde hace décadas y que se han agravado por la decisión de abandonar la Unión Europea hace 10 años y las crisis superpuestas: la pandemia, la guerra rusa contra Ucrania y el cierre del estrecho de Ormuz como consecuencia de la agresión armada dey Estados Unidos contra Irán.

La creciente desigualdad, la baja productividad, la caída de los salarios, el incremento del costo de vida, el deterioro de la infraestructura, la falta de vivienda y un sistema sanitario incapaz de hacer frente al envejecimiento de la población continúan siendo asignaturas pendientes y que en el contexto geopolítico actual resultan aún más difíciles de atender.

Como el resto de la continental, el Reino Unido tiene la obligación de gastar más en defensa para hacer frente a la amenaza que representa Moscú luego de su invasión en Ucrania. En 2024 destinó 2.4% del PIB, por arriba de 2% comprometido en la OTAN, y prevé incrementar el gasto a 2.5% para 2027 y 3% para la siguiente legislatura. Los dineros destinados a la defensa serán a costa de otros ámbitos, lo que limita el margen de actuación de cualquier jefe de Estado.

Andy Burnham y el milagro de Manchester
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A los desafíos domésticos y financieros se añaden otros, como es la polarización y la fragmentación del electorado. La competencia política aumenta, viene de todos los frentes, a la izquierda están los verdes, a la derecha los conservadores y Reform UK del populista Nigel Farage. La encomienda que tienen cada uno de ellos es no facilitarle el trabajo a los laboristas para forzar la convocatoria a elecciones parlamentarias lo antes posible.

De acuerdo con YouGov, si mañana se celebraran elecciones generales, Reform UK sería el partido más votado con 25% de la intención de votos, seguido por los conservadores, con 20%, y los laboristas, con 18%.

Otro inconveniente que enfrentará el sucesor de Starmer al frente del partido es la promesa hecha por los laboristas de que no repetirían las prácticas abusivas de los conservadores y que consistieron en nombrar primeros ministros interinos, sin mandato de la nación, para extender el tiempo en el gobierno. Es muy probable que, si resulta elegido, Burnham llame a elecciones para legitimar su puesto, de lo contrario, sería un primer ministro que consiguió el cargo con sólo 70 mil electores, el tamaño de la suscripción de Makerfield. La lucha interna en el Partido Laborista tampoco ha llegado a su fin; perdura el rencor entre los leales a Starmer, víctimas colaterales de su caída, perdieron sus posiciones en el gabinete. Desde la tribuna no escatimarán en cuestionar al sucesor.

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Burnham tiene 56 años y creció en Culcheth, un poblado localizado a medio camino entre Liverpool y Manchester, al noroeste de Inglaterra. Creció entre la clase obrera, entre trabajadores de las minas de carbón que cerraron sus puertas en los 80 en un contexto de protestas de trabajadores y familias que vieron desvanecer su fuente de ingresos. El descontento social fue factor determinante para enrolarse en las líneas laboristas a los 15 años de edad.

Su padre trabajó en una empresa de telecomunicaciones, su madre fue recepcionista. Ambos querían que estudiara, tuvo dificultades para encontrar su lugar en la academia, al final estudió inglés en la Universidad de Cambridge.

Aficionado al club de futbol Everton y a la banda de rock The Smiths, fue secretario de Estado Parlamentario con Tony Blair y secretario de Salud, Cultura y Tesoro con Gordon Brown. Durante el periodo que estuvo al mando del Partido Laborista el socialista Jeremy Corbyn (2015-2020), abandonó Londres; se fue desilusionado tras dos intentos fallidos de hacerse de las riendas del partido.

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En su momento dijo que estaba cansado del sistema centrista londinense en el que los ciudadanos del norte son tratados como ciudadanos de segunda. Partió en 2017 rumbo a Manchester para hacerse de la alcaldía. A lo largo de su mandato, la región del Gran Manchester ha florecido. La pobreza ha disminuido y el sistema de transporte mejoró y se hizo accesible. Los autobuses amarillos de la red Bee cuestan 2 libras por viaje, en lugar de 3 y 4 libras previamente.

El carismático Burnham ha vuelto a Londres con la ilusión de replicar a nivel nacional lo hecho en Manchester. De tener la oportunidad, la misión no será sencilla. En su momento, dijo que, de llegar al poder, se apegaría al programa de campaña con el cual Starmer fue electo en 2024; lo que significa que algunas de las reformas que él desearía ejecutar, como la del sistema electoral, no podría realizarlas de inmediato.

El retorno a la capital británica responde a que ante el contexto de inestabilidad política, Burnham es visto como el único que en estos momentos puede rescatar al laborismo. Es la figura política más popular, 35% de los británicos piensan positivo de él, por encima de Starmer que tiene un índice de 19% y Nigel Farage, que cuenta con 29%, según YouGov.

“Ahora, Burnham debe ver si es capaz de cumplir su propia promesa o si se dará cuenta de que ha esperado demasiado para dar el paso. Una cosa es segura: su decisión de abandonar Westminster y posicionarse como el candidato outsider, junto con su trayectoria como alcalde del Gran Manchester, lo convierten en un rival formidable en las elecciones de designación”, sostiene en un análisis Alex Nurse, profesor de gobernanza y planificación urbana de la Universidad de Liverpool.

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