La capital de Sonora no fue el lugar que Mateo Blanco imaginó cuando estudiaba Geografía en Venezuela. En sus planes no estaban las calles largas del desierto sonorense ni las rutas que hoy recorre como conductor de reparto. Su mundo era otro: mapas, cuencas hidrológicas, estudios de riesgo, oficinas técnicas, pero la vida y un país que se fue desmoronando, lo empujaron hasta aquí.
Mateo tiene 51 años y vive en Hermosillo, al norte de México, desde 2018. Conoce la ciudad con la precisión de quien la ha caminado y manejado durante años, pero su brújula emocional sigue apuntando al sur, a más de 4 mil 500 kilómetros de distancia, a una región —de Los Andes— de Venezuela que dejó por necesidad y que nunca ha dejado del todo.
“Uno no se va porque quiere, uno se va porque ya no puede quedarse”, expresa con esa paciencia que sólo adquieren los que han tenido que empezar de cero.
El punto de quiebre no fue una consigna política ni una protesta, fue una escena doméstica silenciosa, casi invisible para el mundo: una noche sin electricidad, una vela encendida, una mesa compartida con su padre y su hermano, y una tortilla hecha sólo de arroz.
“No había queso, no había mantequilla, no había harina de maíz”, recuerda. “No porque no tuviéramos trabajo, sino porque en el país no había comida”. En ese momento entendió que algo esencial se había roto, platica.
A pesar de tener una maestría, su sueldo como profesional en instituciones bancarias, agrícolas y de gobierno se había reducido a cenizas: ganaba el equivalente a dos dólares mensuales, más un bono del gobierno que elevaban el ingreso a 130 dólares.
Fue testigo de cómo la clase media se desmoronaba. Vio a familias que, viviendo en casas de estructura formal y sin apariencia de indigencia, se veían forzadas a hurgar en la basura. Esa degradación social fue el empujón final.
En junio de 2018 metió su vida en una maleta y salió del país. Llegó a Sonora gracias a una vieja amistad que se convirtió en puente.
Al principio, México le abrió una puerta: trabajó en una empresa de ingeniería, haciendo lo que sabía hacer. Pero la estabilidad del migrante es frágil. Los proyectos terminaron, llegó la pandemia y la vida volvió a exigir adaptación.
Desde ese día hasta hoy, Mateo conduce su propia moto, entrega pedidos. Recorre Hermosillo.
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Trabaja, va a misa, intenta rehacer su vida. “Soy católico, apostólico, romano (…) y ya también hermosillense”, dice el venezolano con una sonrisa breve.
Y aunque la paradoja duele, la recalca sin rodeos: “Aquí [en Hermosillo], trabajando de repartidor, vivo mejor que siendo funcionario profesional en Venezuela”.
En Sonora, el trabajo al volante le permite lo que allá es un lujo: hacer una despensa completa, comprar ropa, salir ocasionalmente al cine o comer en un restaurante. Allá, ni el título ni la experiencia bastaban para sobrevivir.

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Desde la distancia, Mateo Blanco observa a su país con una mezcla de lucidez, cansancio y esperanza cautelosa.
Para él, la tragedia venezolana no se explica sólo con discursos ideológicos ni enemigos externos. “La política se convirtió en una coartada”, afirma.
Vio cómo se desmantelaron instituciones, cómo se vació de talento a la industria petrolera, cómo la corrupción se volvió norma.
Recuerda los apagones, las excusas oficiales, mientras la gente comía a oscuras. “No era que había muchos televisores; era un país saqueado”.
Habla despacio, eligiendo palabras, no por falta de claridad, sino por prudencia. Pide anonimato al no mostrar el rostro. “Uno nunca sabe”, dice. El miedo también migra con la gente.
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Para Mateo Blanco, la discusión sobre su país no es sólo política, es profundamente humana.
“Yo no le quito a otros venezolanos que apoyen al gobierno”, aclara desde el inicio. Reconoce que hay quienes siguen creyendo en el chavismo porque en algún momento recibieron un beneficio: una casa, una ayuda, un apoyo directo.
“Ellos sienten que el gobierno fue bueno con ellos”. El problema, dice, es que esa experiencia personal no alcanza para ver el daño completo.
“Con esa fachada política se cargaron medio país”, afirma. La crisis, la migración masiva, la pobreza y el colapso institucional no son —en su opinión— producto de un simple enfrentamiento ideológico entre izquierda y derecha, sino de una distorsión profunda del poder.
“Se inventaron la narrativa del bloqueo, de que Estados Unidos quiere el petróleo. Esa es la historia oficial”, comenta.
El entrevistado compara la política con la fe. Así como no se discuten las creencias religiosas, hay ideologías políticas que se vuelven irrefutables para quienes creen en ellas.
Los recientes acontecimientos políticos y judiciales en torno a Venezuela han encendido una llama que parecía extinta. La noticia de las detenciones de altos jerarcas y la sacudida al régimen de Nicolás Maduro no son para él sólo titulares de prensa internacional; son la llave de su regreso.
“Yo he hecho vida aquí, esperando a ver qué sucede”, confiesa, pero la añoranza por sus raíces sigue intacta. Extraña la calle, la risa, la sensación de futuro.
“México hoy se parece a la Venezuela de los años 80”, compara con nostalgia.
Mateo ha hecho vida en Hermosillo. Trabaja, agradece el refugio, pero su corazón sigue con la maleta lista. Como millones de venezolanos en la diáspora, vive en una espera silenciosa: la de que su exilio no sea definitivo.
Mientras tanto, sigue rodando por la ciudad, trazando rutas ajenas y propias.
El geógrafo aprendió que el mapa más difícil no es el del territorio, sino el del regreso. Porque Venezuela, para él, no es sólo un país: es su corazón con una herida abierta.

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