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En el núcleo operacional de la Base Aeronaval de Las Bajadas, en el puerto de Veracruz, el capitán González y la teniente de fragata Espinoza describen con orgullo lo que para ellos es tripular las aeronaves con las que surcan los aires bajo la insignia de la Aviación Naval.
Con un sol incesante y el embate del viento del norte, el capitán presume el helicóptero Panther AS565 MBe, su compañero en misiones navales y marítimas de alta exigencia, al tiempo que la teniente hace lo mismo con el CN-235, aeronave que en sus manos se ha convertido en un ángel durante misiones de búsqueda, rescate y patrulla marítima.
La Aviación Naval de la Armada de México cumple este domingo 100 años de formación, con más de un centenar de aeronaves y la creciente participación de mujeres. Para conmemorarlo, se realizará un evento especial en Veracruz, al cual asistirá la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

Ambos elementos evocan infancias en las que soñaban tomar el mando de aeronaves al servicio de la patria y, a la distancia, sienten la satisfacción del deber cumplido por formar parte del primer siglo de la Aviación Naval, el brazo alado de la Secretaría de Marina-Armada de México.
La Aviación Naval despliega una fuerza integral: desde la adaptabilidad de los helicópteros Cougar, Mi-17, Panther, Schweizer y Black Hawk, piezas clave de una flota de más de 50 unidades, hasta la precisión de aviones de ala fija como los CN-235, C-295, Texan y King Air, los cuales forman parte de una flotilla de más de 70 unidades. Las aeronaves pertenecen al llamado trinomio naval de ejecución de misiones de vigilancia, interdicción marítima, combate al narcotráfico y búsqueda y rescate, además de transporte logístico estratégico y auxilio a civiles.
Heredera de nubes
Al mando de los controles del gigante CN-235 —aeronave de más de 10 mil kilogramos de peso, el equivalente a siete automóviles— va la teniente Espinoza, quien se interna en altamar para realizar patrullajes de vigilancia contra el tráfico ilícito o localizar, entre el oleaje, a tripulantes a la deriva.
A sus 27 años asume con naturalidad ser comandante de una nave de fuselaje ancho y remaches de acero, pero en medio de la disciplina y las operaciones de riesgo, confiesa que se transforma al cruzar el umbral de la cabina.
“Cuando vuelo siento mucha paz, siento que no importa si hay problemas de trabajo o personales. No importa, siento que cuando la aeronave despega, todo eso se queda en tierra y ya soy otra: me siento relajada, como si fuera mi lugar; como si estuviera en casa”, relata.
Nacida en el puerto de Veracruz, su ingreso a la Heroica Escuela Naval fue un paso natural marcado por el arraigo y el ejemplo familiar. “Vengo de un papá que es militar: es piloto aviador”, cuenta con orgullo al recordar una infancia entre aviones que, en su memoria de niña, “se me hacían gigantes, eran gigantes”.

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Hoy, la teniente conserva intacta la memoria de aquel día cuando voló sola por primera vez una unidad de la Secretaría de Marina.
“Fue una mezcla de muchos sentimientos: felicidad, nostalgia, orgullo. Sentir que había logrado algo que me había propuesto hace años; fue una mezcla de todos esos sentimientos”. Con el alma en la mano y el pie en el estribo, la nostalgia de su primer vuelo solitario se transforma en ansiedad durante las operaciones de rescate.
“En el momento en que encontramos a una persona viva y sabes que ya la están rescatando, es un alivio que te quita un peso de encima”, confiesa la mujer que, entre el ruido de los motores, halló en la Aviación Naval su segundo hogar.
El silencio del horizonte
Cuando el helicóptero Panther —cuya silueta evoca a un delfín— se aproxima para posarse sobre la cubierta de un buque en movimiento —maniobra conocida como Operación Embarcada—, el capitán González fija su mirada en el horizonte. “Es ver el mar y el cielo desde el aire. Se respira tranquilidad, una emoción muy linda, es algo muy bonito”, dice el piloto, caracterizado por su disciplina.
Egresado de la Heroica Escuela Naval Militar en Antón Lizardo, Veracruz, de carácter marcial, rara vez permite que su mando y disciplina cedan ante el paisaje. Volar una aeronave de la Marina conlleva, dice, una gran responsabilidad. “No voy solo”, sentencia. Siempre deja cualquier pensamiento individual cuando navega las olas del viento. “Voy concentrado en la misión encomendada y tengo que estar consciente de que llevo en mis manos no sólo mi vida, sino la de toda mi tripulación”.
El hombre, nacido en Puebla, rememora cuando, siendo apenas un niño, subió a un avión y descubrió su destino. A los 16 años ingresó a la Heroica Escuela Naval. Y cuando piloteó una aeronave —recuerda— “supe que estaba en el lugar correcto y en la institución correcta”.
Hoy trae clavada en el alma la insignia y sabe que el servicio a la patria es el fin. Se siente orgulloso de pertenecer a la Aviación Naval, pero con humildad reconoce que el éxito de cada misión reside en la sincronía entre tripulaciones de vuelo, copilotos, ingenieros de vuelo, mecánicos y técnicos en operaciones. “Todo el personal confiamos el uno en el otro”.

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