La historia de esta novela transcurre en algún lugar del litoral argentino. La protagonista es una casa abandonada. Podría ser cualquiera de esas construcciones invadidas por yuyos que Selva Almada recorrió en su infancia, descubriendo objetos detenidos en el tiempo y rastros de vidas humanas. En Una casa sola (Penguin Random House, 2026), sin embargo, la historia humana apenas importa. Sabemos, en voz del inmueble, que ahí vivían Lucero, un habilidoso peón aunque huraño y parco, Lorena y sus hijos; en esa época —quizá la mejor de todas—, abundaron gallinas, cerdos, perros y niños jugando con insectos. Pero un día ese griterío se esfumó. La familia desapareció y, por más intentos que hizo la abuela por encontrarlos o saber qué pasó, fue como si se los hubiera tragado la tierra.

“A mí no me interesaba que hubiese una investigación o que se convirtiera en una novela policial, sino pensar qué queda de nosotros entre las paredes que habitamos, qué le pasa a un espacio físico cuando se queda vacío de gente y empieza, a su vez, a llenarse de otras vidas”, comenta en entrevista con Confabulario la autora argentina, finalista del International Booker Prize 2024 por No es un río (2020).

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Crédito: Gabriel Pano/ El Universal
Crédito: Gabriel Pano/ El Universal

Así, más que esclarecer qué le ocurrió a esa familia, Selva Almada construye en su nueva novela una atmósfera donde la voz de la casa dialoga con espectros gauchescos que habitan el monte. Una narración en la que los muros observan, recuerdan y sienten el paso de los años según el ciclo de la naturaleza.

En esta conversación, durante su reciente estancia en México para participar en la Fiesta del Libro y la Rosa 2026, la autora habla de la influencia de la oralidad en su escritura, de su vínculo personal con el paisaje rural, así como de la desaparición de personas que sigue sucediendo en su país, incluso en tiempos de democracia; la autora reflexiona también sobre las disputas por los territorios, así como del clima cultural y político actual en Argentina, marcado por tensiones en torno a la memoria histórica, la cultura y las políticas del gobierno de Javier Milei.

¿Qué desafíos o qué posibilidades narrativas le dio esta idea de que la casa fuera la narradora?

No apareció de una que la casa fuera la narradora. En realidad había empezado a escribir con un narrador en tercera persona, muy pegado al punto de vista de la casa; y en el transcurso de esa escritura me di cuenta que se iba colando una primera persona. Trabajé varios meses en esa versión, no me convenció, entonces decidí empezarla de nuevo y dije: “¿y qué pasa si pongo a la casa como voz narradora?" Empecé a probar, me gustó, igual me parecía que era difícil sostener esa voz a lo largo de todo un relato y ahí se me ocurrió traer la otra voz, que es más difusa y que es la de estos espectros que viven en el monte; me pareció que se equilibraban y que era posible contar la historia con la casa teniendo un gran protagonismo, pero también con esta otra voz que servía de descanso.

Eso me permitía contar qué le pasaba a la casa, más que ver qué había pasado con la familia. A mí no me interesaba que hubiese una investigación o que se convirtiera en una novela policial, sino pensar qué queda de nosotros entre las paredes que habitamos, qué le pasa a un espacio físico cuando se queda vacío de gente, pero empieza, a su vez, a llenarse de otras vidas. Y ahí la voz de la casa fue lo que más me cerró, ahí podía aparecer todo lo que a ella le pasa con esa soledad, pero también cuando llega la perra, cuando tiene sus cachorros, con las plantas que empiezan a crecer en sus paredes.

¿Y hay una casa en particular que le hizo imaginar esta?

No. Es una casa de la imaginación.

Esas voces de los espectros van dando idea de algunos momentos de la historia argentina, pero ¿podríamos decir que es una novela atemporal?

La historia está ubicada en una época concreta que no está definida en la novela, pero para los lectores que son de Argentina pueden identificar ciertos periodos, ciertas situaciones. No quería nombrar hechos concretos de la historia porque tampoco quería que se convirtiera o que pareciera que iba a ser una novela histórica. Y esta atemporalidad que vos decís es como que la casa puede ser cualquier casa de campo que está vacía, donde las fechas o hechos concretos de la historia son del terreno de los humanos; la casa no mide por periodo histórico, no se piensa a sí misma como parte de una historia cronológica, sino que empieza a contar cuando solamente es tierra y yuyos de ese lugar. Me interesaba más esa temporalidad ligada a los ciclos de la naturaleza, que a los ciclos de la historia.

Estos entes que aparecen tienen un lenguaje muy coloquial ¿Es el habla popular de una región en particular? ¿Cuál era su intención al usarlo?

Yo trabajo mucho con la oralidad, me gusta traer cosas de la oralidad a la escritura. En el caso específico de estos espectros, fui a buscar un vocabulario que está en la literatura gauchesca, que es muy importante dentro de la historia argentina. Es la literatura que se escribió en el siglo XIX, que tenía como personajes a los gauchos, pero que no era una literatura escrita por los gauchos, sino por los ilustrados, por los terratenientes. Entonces, al menos los primeros espectros que aparecen en escena son gauchos que huyeron del ejército. Más allá de que se entendiera o no ese vocabulario, me importaba más cómo esas palabras traídas de otro siglo, además traídas de la literatura de otros, le iban dando una lírica muy particular al texto.

Siendo la casa la narradora, está muy presente también el tema de la propiedad y la transformación del territorio, ¿Cuál es la situación de la defensa de los territorios en Argentina actualmente cuando desde acá leemos discursos del presidente argentino diciendo que va a impulsar proyectos mineros cerca de campos de hielo o que hay despojos de tierras a comunidades mapuches?

La situación es justo esa. En Argentina, el concepto de campo siempre tuvo una relación muy estrecha con la oligarquía, con los terratenientes, con los dueños de grandes extensiones de tierra y nunca se pensó esa relación con el peón, que es el que trabaja esa tierra que no es propia y que trabaja para otros; tampoco se ha pensado en relación a los pueblos originarios. Hace poco salió una película de Lucrecia Martel que se llama Nuestra Tierra, que describe muy bien la situación, sobre el hecho de que no haya un debate que le interese a la sociedad acerca de la propiedad de la tierra. Y eso hace que de repente Milei pueda decir: "Sí, se puede explotar una mina al lado de los glaciares o se puede echar a los mapuches de sus tierras para construir un complejo de edificios”, pero es un tema muy complejo en el que yo tampoco soy una experta, por eso no me puedo explayar mucho, pero creo que lo que se ve en esa película da una idea de que es un tema muy relegado.

Un tema donde también hay algo de racismo sistémico, ¿no?

También, sí. Argentina es un país que no se reconoce racista, sin embargo, es profundamente racista, ya desde pensar que descendemos de europeos. Creo que era Borges el que decía eso, que los argentinos descendemos de los barcos, en referencia a la inmigración europea muy fuerte que hubo en el siglo XIX. De hecho, leí hace poco que fueron las conclusiones a las que se llegaron después del último censo de población; había una pregunta sobre si descendía de algún pueblo indígena u originario y casi nadie marcaba que sí, como que no se reconoce fácilmente.

¿Y usted cuál es su relación con el campo, con la vida rural?

La poca relación que tuve con la vida rural fue mi abuelo paterno que vivía en el campo. Era un campesino pobre, pero tenía un pedacito de tierra y en los veranos íbamos bastante con mis hermanos, con mis primos. Cuando me preguntaste si esta casa se parece a otra o si se inspiró en alguna, diría que no en una casa en particular, pero sí me acuerdo que una de las cosas que más me gustaba hacer con mis tías era ir a caminar por el campo y ahí había muchas casas que habían quedado abandonadas, porque la gente que vivía ahí se había ido a vivir a la ciudad. Estaban estas casas con yuyos creciéndoles adentro, con todavía cosas que habían quedado de sus antiguos habitantes y a mí me encantaban esos paseos, ir a descubrir cosas en esas casas abandonadas.

Hubo una época donde la gente se iba porque, en general, los campesinos tenían muy poca tierra. De hecho, mi abuelo también se fue. Venía alguien que podía comprar varias tierras vecinas y con eso hacerse de un gran territorio y , como los pequeños campos no les resultaba productivo y vivían aislados, vendían sus tierras y se iban a la ciudad.

Hay algunos recursos del texto que nos hacen preguntar qué es una casa. Por ejemplo, cuando Lorena (la mujer que habita la casa) está embarazada también lo está la perra, al mismo tiempo la casa misma se agranda. ¿Para usted qué es una casa o un hogar?

Esa es también una pregunta de la novela: ¿qué es una casa y cuándo se transforma realmente en una casa? Es algo que también se pregunta la casa misma, como personaje. Para ella, recién es una casa cuando se transforma en un hogar; antes era un refugio de paso, un lugar que albergaba gente que se quedaba poco tiempo y se iba. Cuando llega Lucero, le presta más atención y elige ese lugar para construir su familia, es recién allí donde se siente realmente una casa, como sinónimo de hogar.

Me impresionó mucho imaginar a la abuela tratando de asear la casa abandonada, por si la familia vuelve, o acariciando las prendas u objetos que dejaron, ¿el tema de las desapariciones en el contexto de la dictadura estuvo presente al momento de construir esta parte de la historia?

Sí, pero no tiene que ver con el contexto de la dictadura. La historia transcurre hacia fines de los 80-90 y está más inspirada en desapariciones que siguen habiendo en democracia en Argentina. En mi provincia hay una familia de peones que está desaparecida desde hace 23, 24 años. La idea también era pensar la desaparición en un contexto de democracia: ¿qué pasa con esa gente que parece que se desvaneciera en el aire o se los tragara la tierra?. Además, siempre, como en el caso de los desaparecidos de la dictadura, hay una madre que busca. El personaje de la abuela sí está directamente inspirado en las madres y abuelas de Plaza de Mayo, también en las madres de las chicas o niños que desaparecen en manos de las redes de trata de personas, que son problemas de este tiempo y es bastante común.

Justo se cumplió medio siglo del golpe militar en Argentina ¿cómo se ha vivido esta conmemoración y qué lugar ocupa hoy la memoria de lo que pasó, tanto desde la sociedad como desde el poder?

Para una parte de la sociedad es muy importante seguir teniendo memoria de esa dictadura espantosa, seguir pidiendo justicia, buscando a los desaparecidos, a los bebés que fueron secuestrados y entregados a otras personas, pero desde el Estado, eso está todo el tiempo puesto en duda o está esta idea de que hay que escuchar las dos campanas, la teoría de los dos demonios. Entonces, todo es un ambiente muy cargado porque, por un lado, estamos los que seguimos pensando que hay que mantener la memoria, que hay que seguir trayendo los casos de los desaparecidos y de los secuestros y que no hay que olvidar esa etapa oscurisima de nuestra historia y, por otro lado, desde el poder hay gente que reivindica a los dictadores, a los genocidas, todo el tiempo hay una amenaza de que pueden quedar en libertad, que pueden salir de la cárcel, cuando es un logro ejemplar en el mundo lo que ha hecho Argentina con respecto a los genocidas de la dictadura: fueron juzgados y fueron a cárceles comunes. Todo esto, desde el gobierno de Milei, se pone todo el tiempo en duda, los discursos sobre esa época del país también son muy violentos. No es una buena época.

¿Y tampoco lo es para la cultura en este momento?

No, porque la cultura también es vista como asociada al comunismo, a la izquierda. Además, pensar que en Argentina gobernó el comunismo, como dicen, es ridículo; pero sí, el sector de la cultura también está siempre muy atacado por este gobierno desde que asumió. Y ni hablar de todos los programas que se cerraron y el desmantelamiento cultural que hubo en estos últimos tres años.

Sin embargo, hay una resistencia, ¿no?. Veo que hay una cultura argentina muy vibrante, en el cine, en la literatura.

Sí, por suerte creo que las personas que somos trabajadores de la cultura estamos alineados en la vereda de enfrente de este gobierno y siempre hay reclamos, protestas, decimos lo que pensamos. Me parece importante también seguir escribiendo libros, seguir escribiendo música, seguir haciendo películas, aún en los momentos más difíciles y complicados, económicamente y socialmente.

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