Frode Grytten (Noruega, 1960) ha sido considerado un narrador “cuya obra se distingue por un estilo sobrio y de fuerte aliento lírico, atento a la vida cotidiana y a las atmósferas de pequeñas comunidades”, lo cual se refleja en la novela El día que Nils Vik murió (Anagrama, 2025, traducción de Mariana Windingland).

El relato de referencia es de lectura amena y muy recomendable para los lectores que, además de recrear la pupila en la ficción novelesca, desean disfrutar de una prosa esmerada –a la que accedemos por la buena adaptación al castellano– y del tema ancestral de la muerte, observado desde la perspectiva de un personaje empeñado en recrear el último día de su vida.

En efecto, la novela nos presenta un balance vital de Nils Vik, quien decide emprender la travesía postrera como piloto de un barco del fiordo noruego, ya no para transportar a sus pasajeros habituales, sino para morir en mar abierto, consciente de que ha llegado su hora y satisfecho de haber cumplido con su misión cotidiana en el mundo de los seres vivientes.

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Crédito: Anagrama
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A lo largo de su recorrido final, abordan el barco los difuntos que habían compartido algún episodio de sus vidas con él y ahora aportan materia para anudar el anecdotario del relato principal. Primero comparece Luna, la perra que murió atropellada y establece sabrosos diálogos con el protagonista; después sube Jon, el joven hippie ahogado en el fiordo en compañía de su novia; Ivar, el hermano suicida; Kari, la partera olvidada; Robert Soth, el fotógrafo seductor, y, finalmente, Marta, la esposa y figura estelar de su existencia.

El día que Nils Vik murió presenta un narrador en tercera persona, con focalización interna y un uso frecuente del estilo indirecto libre, lo cual permite que los hechos de la memoria se filtren a través de la conciencia del personaje principal. El tiempo se concentra en una sola jornada del presente de enunciación, y es a partir de este horizonte vital que se establece el ritmo del relato, construido mediante la alternancia de los recuerdos y la repetición sintética de las rutinas, a la manera de una película acelerada que se vuelve a revisar.

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La técnica narrativa que concentran los hechos en un solo día nos remite al Ulises de James Joyce; a La señora Dalloway, de Virginia Woolf; a La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; a Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez y, ¿por qué no?, a Farabeuf o la crónica de un instante, de Salvador Elizondo.

Mientras que en el tema de la coexistencia de los vivos y los muertos, se debe recordar a Pedro Páramo, de Juan Rulfo, por la afinidad estructural y simbólica que comparte con ella la obra del noruego. En ambas propuestas se concibe a la muerte como una continuidad de la vida, cuyo sustento es la palabra y la memoria.

Además, conviene recordar que, en la mitología vikinga, el barco conducía a los muertos en su viaje al más allá; de modo semejante, Caronte cumplía el oficio de gondolero en la tradición griega. En El día que Nils Vik murió, el protagonista dirige su nave hacia el mar abierto, rumbo a una suerte de comunión entre las aguas del océano y la luz de las estrellas.

Si la filosofía, como pensaba Sócrates, es una preparación para la muerte, esta novela nos presenta un ejemplo práctico de esa posibilidad. Por eso, la crítica la ha considerado un relato de tono elegíaco.

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