Sextear o no sextear: esa no es la cuestión

OTRAS
23/07/2016
14:57
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Estefanía Vela estudió derecho en la licenciatura y en la maestría. Ahora se dedica a la docencia y a la investigación sobre la relación entre el derecho y la sexualidad –y todos los puntos en los...
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El 10 de julio de 2016, distintas autoridades mexicanas (desde el INAI hasta el DIF Nacional), junto con Google México, presentaron la campaña “Pensar antes de sextear: 10 razones para no realizar el sexting”. La campaña, asumo por quienes están detrás de ella, tiene el propósito de lidiar con un problema real: la difusión de imágenes sexuales privadas sin el consentimiento de quienes aparecen en ellas.

Este fenómeno es conocido popularmente como “porno de venganza”, porque en muchos de los casos se difunden estas imágenes como una forma de “vengarse” de la víctima que es, por lo general, una chica o mujer. Porque, ya saben: ¿qué mejor forma de vengarse de una mujer en una sociedad como esta que enseñándole a todo mundo cómo ejerce su sexualidad? Los casos que han sido identificados por organizaciones como GenderIt.Org son espeluznantes: las imágenes han sido utilizadas para amenazar o extorsionar a las víctimas, además, claro, de exponerlas. Por estas fotografías han perdido trabajo, escuela, familia, casa y amistades. El resultado, debo decirlo, no habría de sorprender: va perfectamente en línea con lo que ocurre en una sociedad machista, en la que las mujeres no pueden ejercer una sexualidad elegida, libre y placentera sin sufrir algún tipo de pena. En todos los casos que he conocido, las imágenes o videos difundidos no muestran nada más que a una mujer disfrutando su sexualidad. Pero basta para que resulte castigada.

Y ese es el punto. Ante este fenómeno, ¿qué es lo que la campaña propone? Que las personas erradiquen el sexteo de su repertorio sexual. Que las personas se priven de una forma válida y, además, constitucionalmente protegida de ejercer su sexualidad. Porque sextear está constitucionalmente protegido, como lo está el tener sexo. Siempre que el acto ocurra entre personas que lo desean, que consienten a él, resulta constitucionalmente protegido. Precisamente por eso la difusión de imágenes sexuales privadas sin el consentimiento de la víctima resulta problemática: porque hay una violación al consentimiento que se requiere para publicitar algo privado. El sexting no es el problema; es la violación a la privacidad. Y la privacidad, para quien no sepa, no se pierde cuando una se toma una foto y la guarda en el celular, ni se pierde cuando se la enviamos a alguien de nuestra confianza. Precisamente porque ocurre en una relación de confianza (como la que se da en el noviazgo) es que el “manto” de la privacidad persiste.

Si tanto les importara abordar este fenómeno —que, insisto, es un problema— hay muchas otras rutas por las que pudieron haber optado. Para empezar, por condenar a quien difunde las imágenes sin el consentimiento de quien aparece en ellas. Por cuestionar a quien sigue juzgando a las mujeres solo por ejercer su sexualidad. Si tanto les importara alertar a la gente sobre este problema, pudieron haber difundido información sobre aplicaciones que hacen que el intercambio sea más seguro. (Acá se mencionan algunas.) Vaya: se podrían haber aproximado al problema como cualquier otro de seguridad en línea. Ante el fraude o el robo en línea, se nos otorgan herramientas para mejorar nuestra seguridad, no se nos empuja a dejar de hacer nuestras transacciones en línea. ¿Por qué sí somos capaces de idear soluciones a fenómenos como el robo de nuestro dinero pero no de nuestras imágenes sexuales privadas? ¿Por qué cuando llegamos al ámbito de la sexualidad, lo único que se nos ocurre es erradicarla? ¿Cuándo vamos a aprender que esa no es, ni debe ser una solución? Así como no lo es para el embarazo adolescente o a las infecciones de transmisión sexual.

Ejercer nuestra sexualidad es nuestro derecho. Obtener información sobre los riesgos que puede acarrear, también lo es. Pero la obligación de la autoridad no es solo informarme sobre los riesgos (y hacerlo sin estereotipos), sino hacer todo lo posible para que los riesgos disminuyan. En este caso, eso pasa por enfocarse en quienes difunden estas imágenes y quienes las utilizan para descalificar a una persona. Especialmente a las mujeres. ¿Qué estamos haciendo para que las personas ya no se sientan con el derecho de violar la privacidad de una mujer? ¿Qué estamos haciendo para que las personas ya no juzguen a las mujeres por ejercer su sexualidad? ¿Qué estamos haciendo, en otras palabras, para garantizar que el machismo ya no sea un factor que condiciona el ejercicio de nuestros derechos?

[1] Como complemento, sugiero los textos que sacaron Catalina Ruiz-Navarro (“El sexting es la revolución del siglo 21”) y la R3D: Red en Defensa de los Derechos Digitales (“5 razones para pensar antes de estigmatizar el sexting”), además de “Por el derecho al sexting”. Para quien tenga interés en la parte más jurídica del problema, en un apartado de este artículo abordo el derecho a la privacidad.

 

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