Aunque los hogares de menores ingresos en México han registrado mejoras en seguridad alimentaria, acceso a internet y servicios básicos, persiste una vulnerabilidad estructural que se manifiesta en falta de tiempo, afectaciones a la salud mental, debilitamiento del tejido social y una carga desigual de cuidados, de acuerdo con un estudio publicado en Frontiers in Public Health.
El artículo, elaborado por Oscar A. Martínez, del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (EQUDE) de la Universidad Iberoamericana; Mónica Ancira, del Observatorio Materno Infantil de la Ibero, y Araceli Ramírez, del Tecnológico de Estudios Superiores de Chicoloapan, identifica la coexistencia de avances materiales y condiciones persistentes que limitan el bienestar.
Entre los avances se documenta mayor acceso regular a alimentos, conectividad digital en los hogares y disponibilidad de servicios básicos como agua, electricidad y drenaje. Sin embargo, el estudio señala que estas mejoras no eliminan factores estructurales que afectan la vida cotidiana.

Las y los autores detallan que la falta de tiempo para la vida personal está asociada a jornadas laborales extensas, traslados largos y trabajo no remunerado, lo que reduce las posibilidades de descanso, convivencia y autocuidado. A ello se suma el limitado acceso a actividades culturales y recreativas, así como un debilitamiento del tejido social, reflejado en menor participación comunitaria, menor confianza interpersonal y menos redes de apoyo.
El análisis también documenta afectaciones a la salud mental, como estrés, ansiedad y agotamiento derivados de la presión económica y la sobrecarga de responsabilidades. Asimismo, identifica una carga desigual de cuidados, particularmente en mujeres, que combinan trabajo remunerado con tareas domésticas y de cuidado sin apoyo suficiente.
De acuerdo con el estudio, estas condiciones evidencian que el bienestar no depende únicamente de la disponibilidad de recursos materiales, sino también del acceso al tiempo, la estabilidad emocional y las redes sociales.
El artículo plantea que aunque las políticas públicas han incidido en mejoras materiales, persiste el desafío de atender dimensiones estructurales que reproducen la desigualdad. En este sentido, incorpora una perspectiva integral del bienestar que incluye el uso del tiempo, la salud emocional y las relaciones sociales, aspectos que pueden generar experiencias diferenciadas incluso entre hogares con condiciones materiales similares.
También advierte que la organización cotidiana de los hogares está marcada por la sobrecarga de responsabilidades, especialmente cuando el trabajo remunerado se combina con tareas domésticas y de cuidado no remuneradas, lo que limita la planeación, el descanso y la participación en actividades comunitarias.
Señala que la fragmentación de la vida comunitaria reduce las oportunidades de interacción, apoyo mutuo y construcción de confianza, debilitando redes que han funcionado como mecanismos de resiliencia frente a situaciones adversas, con lo que la Universidad Iberoamericana aporta evidencia sobre dimensiones del bienestar que permanecen fuera de las mediciones tradicionales de la pobreza.
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