Este 2026 arrancó con una sensación engañosa de alivio económico mundial, la inflación global ya no luce como un incendio, pero el costo de la vida sigue comportándose como una brasa al rojo vivo difícil de apagar: desigual entre regiones y en rubros básicos. Naciones Unidas, en su panorama económico para 2026, prevé que el crecimiento mundial se enfríe ligeramente hacia 2.7%, un ritmo que no alcanza para que los ingresos reales lleguen a precios que subieron mucho en los años previos y que ahora bajan sólo en algunas canastas.
El gran amortiguador del año podría venir por el lado de los bienes primarios. El Banco Mundial proyecta que los precios de las materias primas toquen su nivel más bajo en seis años en 2026 y que caigan 7%. “Los mercados de materias primas están ayudando a estabilizar la economía mundial”, dijo Indermit Gill, economista en jefe del Banco Mundial, pero advierte que “este respiro no durará”.
Ese descenso en energía y algunos alimentos ayuda a moderar la inflación promedio, pero no uniforma la vida cotidiana; el Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que la inflación global baje a 3.7% en 2026, con una advertencia: la inflación en EU seguiría por encima de la meta y con “un riesgo inclinado al alza”, mientras en otras economías sería más apagada.

La otra cara del “alivio” es que depende de una política mundial que hoy luce más fragmentada. El FMI ha insistido en que un repunte de aranceles efectivos puede golpear el crecimiento y que la incertidumbre termina pesando sobre la inversión y el empleo. A la par, el Foro Económico Mundial (WEF) reporta que a las empresas les resultó más difícil operar en 2025 por el deterioro de la cooperación global y el aumento de barreras a flujos de comercio, talento y capital.
“El costo de la vida se está reordenando por niveles; cuando baja el costo de mover y producir cosas a escala internacional, el precio final de muchos productos que un país compra del exterior puede bajar o, al menos, subir más lento; pero los servicios, como las rentas, la salud, la educación y los seguros tienden a permanecer caros porque dependen de los salarios, una regulación y una oferta limitada”, señala el economista Iván Jiménez a EL UNIVERSAL; “de esta manera nos encontramos con que la inflación baja en el agregado, pero la sensación de asfixia persiste porque la gente no puede sustituir lo que consume ni puede mudarse ni posponer su gasto mensual”.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) advierte que el peso de la deuda pública ha crecido tras varias crisis encadenadas y que el dinero que sale hacia los acreedores compite directamente con el gasto social básico. En su reporte sobre deuda global, UNCTAD subraya que al menos un tercio de los países en desarrollo, equivalente a 3 mil 400 millones de personas, gasta más en intereses por deudas.
En esa frase hay un diagnóstico político del costo de la vida, cuando suben los intereses, el ajuste se traslada a las tarifas, los impuestos, los subsidios y los servicios. UNCTAD dice que “los países en desarrollo no deben verse obligados a elegir entre pagar su deuda o servir a su población”. La inflación puede bajar, pero si el Estado recorta o encarece los servicios, las familias o personas vuelven a pagar la cuenta por otra ventanilla.
El Banco Mundial, desde el ángulo de materias primas, sugiere qué hacer con la ventana de oportunidad. “Los gobiernos deberían utilizarlo para poner en orden sus finanzas públicas”, dice Gill, porque el alivio de energía y alimentos no es eterno y porque hay riesgos nuevos en fertilizantes, conflictos y restricciones comerciales. En la misma línea, Ayhan Kose, economista adjunto del Banco Mundial, plantea que “los precios más bajos del petróleo brindan una oportunidad para que las economías en desarrollo avancen en las reformas fiscales”.
El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas (World Food Programme, WFP) estima que 318 millones de personas enfrentarán hambre en niveles de crisis o peor en 2026; y que sólo podrá priorizar asistencia para 110 millones por falta de financiamiento. Su directora ejecutiva, Cindy McCain, advierte que “el mundo se enfrenta a hambrunas simultáneas, como en Gaza y partes de Sudán”.
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El clima, además, juega un papel determinante donde la gente compra su comida y paga su luz. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) prevé 55% de probabilidad de La Niña débil entre diciembre de 2025 y febrero de 2026, un patrón que puede alterar lluvias y temperaturas y, con ello, cosechas, precios de alimentos y demanda eléctrica. La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, recuerda por qué “los pronósticos estacionales de El Niño y La Niña son herramientas de planificación esenciales” para sectores sensibles como agricultura y energía.
A ese mapa climático se suma la fuerza tecnológica. El Banco Mundial advierte que la expansión de la inteligencia artificial y la electricidad necesaria para data centers puede presionar precios de energía y de metales base como aluminio y cobre, ingredientes invisibles de la vida digital y costos reales de la transición energética.
En EU, 2026 arrancó con muchos indicadores macro: la inflación parece domesticar su pico pospandemia, pero el “costo de la vida”, lo que una familia realmente siente al pagar techo, salud, comida, energía y deuda, sigue corriendo por una pista distinta, más lenta para bajar y más rápida para castigar a quienes viven al día. “Esa brecha se ve con especial nitidez cuando se mira a EU y, al mismo tiempo, al resto del mundo; dos historias entrelazadas por tasas de interés, cadenas de suministro, clima y políticas comerciales, pero con vulnerabilidades muy distintas”, señala Jiménez.
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Además, están los aranceles de Trump. La investigación concluye que hay “traspaso completo de aranceles a precios con derechos incluidos”, es decir, que el arancel se traslada prácticamente íntegro al precio con arancel incluido y el consumidor lo paga en la caja.
En 2026 esa mecánica no sólo encarece lo importado en EU, sino que exporta caos al mundo. “También empuja a terceros países a rediseñar rutas comerciales, duplicar inventarios, pagar seguros más caros y operar con mayor incertidumbre, costos que terminan filtrándose a la canasta familiar, aunque sea poco a poco”, advierte Jiménez, porque “el proteccionismo va más allá de la aduana, se convierte en una fricción, sobrecosto y ansiedad en toda la cadena de consumo social”.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) insiste en que, incluso con cierta moderación de precios de la vivienda, “los altos costos de los préstamos están poniendo la propiedad de una vivienda fuera del alcance de muchos”, y añade que para los inquilinos el panorama tampoco es optimista.
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En EU, la brújula de 2026 la sigue marcando la Reserva Federal (Fed), sus proyecciones de diciembre colocan la inflación PCE (índice de precios del gasto en consumo personal) en torno a 2.4% para 2026, con una tasa de fondos federales todavía elevada, alrededor de 3.4% en la mediana; señal de que el “precio del dinero” seguirá siendo parte del problema cotidiano. La Fed recuerda que “estas proyecciones no son pronósticos de los resultados más probables”.
“Mientras el crédito siga caro, el costo de vida se endurece, aunque la inflación baje”, dice Jiménez. Fannie Mae, entidad creada para apoyar el mercado hipotecario estadounidense; por ejemplo, proyectó que las tasas hipotecarias cerrarían 2026 cerca de 5.9%, menos que en 2025, pero aún altas para estándares recientes, y anticipó un repunte de ventas y de hipotecas que dependerán de que esa bajada se materialice sin un nuevo choque inflacionario.
En cuanto a rentas, Zillow, empresa estadounidense de tecnología inmobiliaria, asegura que el mercado recupera “oxígeno”.
Aun así, el pronóstico advierte una dispersión geográfica y un alivio que no llegará igual a todas las ciudades estadounidenses.
La comida es el otro termómetro emocional del costo de vida. El Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) prevé para 2026 aumentos moderados en precios de alimentos, del orden de 2.7% en su estimación puntual, lo que alivia respecto a años de sobresaltos, pero consolida un nivel alto como nueva normalidad.
La salud, en cambio, se perfila como uno de los aceleradores más persistentes del gasto familiar y empresarial. La compañía Mercer Marsh Beneficios, en su informe Health Trends 2026, asegura que “la tendencia médica proyectada es de dos dígitos en la mayoría de los mercados hasta 2026”; una frase que, “en el mundo real, significa primas, deducibles y copagos presionando nóminas y presupuestos domésticos”, advierte el economista.
En EU esa presión sanitaria se cruza con un riesgo político-fiscal específico, la posible expiración de los créditos fiscales mejorados para primas del mercado de la Ley de Cuidado de Salud a Bajo Precio (Affordable Care Act).
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A la lista de facturas difíciles se suma la energía, no tanto por el barril de petróleo, sino por la red eléctrica y su demanda.
En Europa y otras economías avanzadas fuera de Estados Unidos, el cuadro se parece menos a un “rebote” y más a una larga resaca; crecimiento bajo, vivienda cara y un Estado que intenta sostener amortiguadores sociales con menos espacio fiscal. Lo que la OCDE describe como costos de endeudamiento altos que dejan la propiedad “fuera de alcance” se mezcla con mercados de alquiler tensionados y con una política que, en varios países, ya convirtió la vivienda en tema electoral permanente.
En América Latina, África y partes de Asia, 2026 se juega en la intersección entre la inflación y el financiamiento; “puede haber desinflación sin bienestar si el crédito externo sigue caro, si las monedas se deprecian y si la deuda obliga a recortar inversión en transporte, salud o educación”, subraya Jiménez.