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Soberbio, despiadado y duro, Omar al-Bashir resistió tres décadas en la presidencia de Sudán , sobreviviendo a guerras y a sanciones hasta que hoy fue apartado del poder por los mismos militares en los que se apoyó para cometer las atrocidades en Darfur , por las que se le acusa de genocidio .
El instinto de supervivencia ha guiado a Al-Bashir, de 75 años, y le ha llevado a aferrarse al poder hasta el límite, a sabiendas de que a partir de ahora, sin la protección de su cargo, podría ser juzgado y condenado de por vida .
También, hasta el último instante, ha hecho gala de su estilo altanero y se ha mantenido desafiante hacia los miles de opositores que han alentado la intervención militar.
Blandiendo el bastón en alto vigorosamente, no ha dudado en ordenar una represión violenta de las manifestaciones que en los últimos meses se comenzaron a multiplicar contra él, con un resultado de una veintena de muertes y más de un centenar de heridos desde el pasado sábado.
En las protestas ha quedado patente que las heridas de tres décadas de guerras continuas -y de enfrentamientos entre etnias instigados por Al-Bashir- siguen abiertas para los sudaneses.
"Todos somos Darfur" rezaba estos días una pancarta instalada en las concentraciones populares en las inmediaciones de la sede del ejército, para recordar al "rais" sudanés los crímenes por los que, en la última década, ha sido tratado como un paria por buena parte de la comunidad internacional.
Pero Al-Bashir, quien siempre ha alternado la túnica blanca tradicional sudanesa con el uniforme militar, se ha caracterizado por su tenaz capacidad de salir a flote ante todas las crisis que se han abierto en su camino.
Firmemente respaldado por el ejército y los partidos islámicos, Al-Bashir ascendió al poder mediante un golpe de Estado en 1989 contra el único gobierno democrático de la historia del país.
Luego impuso la ley islámica, la sharia, agravando el resentimiento de las provincias del sur, de religiones cristiana y animista y alimentando una guerra que se desató en 1983 y sólo se cerró en 2005, con un acuerdo que conduciría a la independencia de Sudán del Sur en 2011.
Pero mientras cerraba el conflicto con el sur, se levantaron los rebeldes de Darfur, a los que aplastó a sangre y fuego, en lo que la fiscalía de la Corte Penal Internacional (CPI) describe como "actos de exterminio" de las tribus Fur, Masalit y Zaghawa.
La CPI emitió dos órdenes de arresto en su contra, en 2009 y 2010, por crímenes de lesa humanidad y de genocidio, convirtiéndole en un paria en la comunidad internacional.
Desde entonces, Al-Bashir sólo ha podido viajar a las capitales árabes y a unos contados países africanos, como el caso de Sudáfrica, de donde regresó en 2015 celebrando de forma triunfalista su impunidad ante la CPI, tribunal cuya autoridad desprecia por considerar que está politizado.
Pero el líder sudanés no se arredró porque, en la práctica, ya vivía en un régimen de aislamiento desde los años 90 por parte de los países occidentales por haber dado cobijo a terroristas como Osama bin Laden o el venezolano Ilich Ramírez, más conocido como "El Chacal".
Al-Bashir nació el 1 de enero de 1944 en el seno de una familia humilde la tribu árabe Yaalín, en la aldea de Hosh Banaqa, situada a unos 150 kilómetros al norte de Jartum, donde el Nilo ya se adentra de lleno en el desierto del Sáhara.
Hizo la carrera militar y ascendió en el escalafón al participar en la guerra del Yom Kipur de 1973, del lado de Egipto, y en los conflictos de su propio país.
A pesar del perenne estado de guerra, Al-Bashir ha gozado de gran popularidad en su país en parte por su carácter alegre, que mostraba a menudo en mítines y actos públicos, donde le gustaba divertir al pueblo bailando en el escenario después de sus discursos, con una agilidad sorprendente para alguien que camina con bastón.
Su popularidad también le debió mucho al hecho de que usó el dinero del petróleo para modernizar Jartum y crear empleo.
Pero desde que se cerró el grifo del oro negro tras la independencia de Sudán del Sur, el favor popular de Al-Bashir se esfumó a la misma velocidad que se hundía la economía del país, generando las protestas que ahora le han costado su cabeza.
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