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Washington.— Donald Trump siempre hablaba de él como el acuerdo más difícil del mundo, un pacto que una vez aprobado sería histórico. Había puesto a la cabeza del esfuerzo a su yerno y asesor, el judío ortodoxo Jared Kushner. Resolver el conflicto entre Israel y Palestina estaba entre ceja y ceja del presidente de Estados Unidos, y ayer presentó su propuesta de “acuerdo del siglo” que será un fracaso, nacido de unas mentes totalmente sesgadas en favor de una de las partes: Israel.
La administración Trump nunca escondió su simpatía preferencial por los judíos, con políticas como el traslado de su embajada a Jerusalén o el reconocimiento de los Altos del Golán como territorio israelí. En la presentación del “pacto para la paz” se notó esa preferencia, una muestra más de la complicidad entre EU e Israel: el único invitado de las partes enfrentadas era el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.
Ni rastro de una delegación palestina que aborrece a Washington y que se mantiene firme en la decisión de no negociar absolutamente nada con EU y rechazando cualquier posible solución patrocinada por Trump.
“Juntos podemos llevar a Medio Oriente a un nuevo amanecer”, anunció pomposo Trump. La propuesta estadounidense, de 80 páginas, es un plan muy ambicioso para una solución “realista” de dos Estados. Sin embargo, el camino para que eso ocurra es tan complejo y con condiciones para los palestinos tan difíciles de asumir que, en la práctica, está muerto antes de nacer.
La propuesta de Trump duplica el territorio palestino, promete que durante cuatro años no habrá nuevos asentamientos judíos para permitir las negociaciones y cuenta con un paquete de 50 mil millones de dólares en asistencia económica, concesiones de Trump para que el acuerdo “sea justo”, pero el resto es totalmente utópico. Para que Palestina pudiera acceder a un estatus de Estado debería renunciar a la capitalidad de Jerusalén y quedarse con unos territorios en Jerusalén Este —donde EU prometió que instalaría una embajada—. Además debe renunciar a las armas de forma explícita, renunciar al retorno de refugiados y aceptar la pérdida de otro de los territorios más fértiles y ricos que les quedan, el Valle del Jordán, que pasaría a manos israelíes en aras de la “seguridad nacional”.
“Tenemos una obligación con la humanidad para conseguirlo”, dijo Trump, pero a la vez que reconocía que los palestinos “merecen una vida mejor”, indirectamente los culpaba de haber elegido un camino de violencia, convertidos en “peones” atrapados en un círculo de terrorismo. Algo que les convierte en amenaza a la seguridad israelí, algo que EU no va a tolerar.
“Si eligen el camino de la paz, estaremos con ustedes durante el proceso”, prometió Trump al líder palestino, Mahmoud Abbas. Después vino la amenaza: probablemente es “la última oportunidad” para resolver el conflicto.
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