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Managua.
Decenas de autobuses repletos de empleados públicos penetran con frecuencia a la zona aledaña a una rotonda de Managua —bautizada en honor del fallecido ex presidente de Venezuela, Hugo Chávez— que se convirtió desde abril pasado en baluarte del oficialista Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Los vehículos son usados por el partido de gobierno para movilizar a miles de trabajadores estatales a marchas callejeras para jurar lealtad al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y a su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, y repudiar al movimiento cívico opositor que dirige las protestas antigubernamentales.
Los seguidores acarreados del FSLN repiten allí la consigna de que Ortega y Murillo son víctimas de un intento de golpe de Estado promovido por agrupaciones derechistas y por Estados Unidos.
“Este es el mejor gobierno que hemos tenido”, dijo la comerciante nicaragüense Rosa Cuadra, de 27 años. “Es el gobierno de los pobres. Nos ha sacado de la pobreza y nos ha dado trabajo. Desde que nací vivía en la extrema pobreza en una casita de plástico con mi madre, mi padre y mis tres hermanos”, recordó.
“El gobierno le dio vivienda a mi familia hace 10 años. A mí me dio un préstamo y comencé con mis ventas. Estoy mucho mejor que antes”, afirmó a consulta de EL UNIVERSAL.

La zona aledaña a una rotonda de Managua —bautizada en honor del fallecido ex presidente de Venezuela, Hugo Chávez— se convirtió desde abril pasado en baluarte del oficialista Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en defensa del presidente Daniel Ortega.
Sobre las denuncias de que Ortega reprimió a la oposición, contestó: “La situación se salió de las manos. El gobierno fue más bien demasiado bueno y no puso un alto. Nunca hubo represión. Si hubiera habido represión, [los opositores] no hubieran seguido en marchas ni ofendido como lo hicieron a la compañera Rosario, al presidente, a nosotros”.
La nicaragüense María José Bonilla, de 40 años y administradora de una escuela pública, relató a este diario que “exigimos justicia por los muertos y las víctimas del intento de golpe de Estado y por la destrucción a la infraestructura del Estado. Han sido meses duros, de angustia”.
“Los opositores nos persiguen, nos agreden verbalmente y amenazan por el delito de ser sandinistas. A la escuela en la que trabajo la iban a quemar. Fue algo terrible. Pero nunca ha habido represión”, alegó.
Cerveza en mano, el nicaragüense Franklin Tapia, de 38 y empleado de la alcaldía de Managua, admitió a este periódico que “hubo un poco de represión” aunque defendió a Ortega. “Ha hecho bastantes obras y los opositores quieren desarmar todo en pocos meses. Los muertos son por culpa de los opositores, no del sandinismo”, afirmó.
A su lado, el nicaragüense Alexánder Llesca, de 31 años y empleado estatal, acusó que “a la derecha golpista le duele que este gobierno lograra lo que nunca logró ningún otro en la historia de Nicaragua: un gran crecimiento de la economía. Antes de abril, Nicaragua estaba detrás de Panamá y de República Dominicana en crecimiento económico, por encima de México y Costa Rica. Eso es lo que le duele”.
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