Pauli Murray, una de las abogadas afroamericanas más importantes en la historia de Estados Unidos, solía decir: "Como estadounidense, heredo la magnífica tradición de una marcha interminable hacia la libertad y hacia la dignidad de toda la humanidad." La escribió en 1945, en un país donde todavía se le negaban derechos elementales por el color de su piel y por su condición de mujer. La frase revela la convicción profunda de que la grandeza de Estados Unidos no residía en lo que era, sino en lo que prometía ser. Que la Declaración de Independencia, con su proclamación de que todos los seres humanos son creados iguales y dotados de derechos inalienables, era una deuda pendiente que la nación tarde o temprano tendría que cobrar.

Murray dedicó su vida a cobrar ese cheque. Estudió derecho en Howard University con la intención de destruir las leyes de Jim Crow y sus argumentos jurídicos se convertieron en la piedra angular de casos históricos como Brown v. Board of Education. Al final de su vida, a los 62 años, se convirtió en la primera mujer afrna ordenada sacerdotisa en la Iglesia Episcopal. Cada uno de esos actos fue una forma de exigirle a Estados Unidos que se convirtiera en lo que prometía ser.

Esa promesa tomó su forma más concreta en la Ley de Derechos de Voto de 1965. Nacida del movimiento de derechos civiles, de la sangre derramada en los puentes de Selma, Alabama, y de décadas de organización y sacrificio colectivo, fue la respuesta legislativa más directa a siglos de exclusión sistemática de los ciudadanos afroamericanos de la vida política. El presidente Lyndon B. Johnson, al presentarla ante el Congreso, la llamó "la promesa estadounidense". La ministra Elena Kagan la describió como "uno de los ejercicios más trascendentales, eficaces y ampliamente justificados del poder legislativo federal en la historia de nuestra nación." Eso lo hizo desde la disidencia, pues esa ley acaba de recibir uno de los golpes más severos de su historia.

Este miércoles, la Corte Suprema emitió su fallo en Louisiana v. Callais. Con una votación de seis a tres, la mayoría dejó en pie la decisión de un tribunal inferior que declaró inconstitucional un mapa electoral de Luisiana que había creado un segundo distrito de mayoría afroamericana, en cumplimiento de lo que el propio sistema judicial había ordenado.

Tras el censo de 2020, Luisiana adoptó un mapa que reservaba apenas uno de sus seis distritos congresionales a representación afroamericana, pese a que constituyen cerca de un tercio de la población. Los tribunales les ordenaron corregirlo y Louisiana lo hizo, al trazar un nuevo mapa que llevó a la elección de Cleo Fields en noviembre de 2024. Fue, por un momento, el sistema funcionando como debe. Entonces un grupo de votantes "no afroamericanos" demandó la medida, alegando discriminación racial inversa. Hoy, la Corte Suprema les dio la razón.

El ministro Samuel Alito escribió la sentencia y argumentó que la Constitución "casi nunca" permite discriminar por motivos de raza, y que cumplir la Ley de Derechos de Voto no justifica considerarla al trazar distritos electorales. En otras palabras, el remedio que la ley contempla para corregir la discriminación histórica es, en sí mismo, discriminación.

Kagan respondió con claridad, leyendo desde el estrado su disidencia de 48 páginas, un gesto inusual que muestra un profundo rechazo al razonamiento mayoritario. Lo que la Corte impone, advirtió, blindará cualquier esquema electoral que invoque una justificación neutral en materia racial. Basta alegar un motivo partidista y si el estado no deja evidencia explícita de discriminación, la Sección 2 "no desempeñará ningún papel." Omitió el tradicional "respetuosamente" al final. Escribió, sin más: "disiento."

Pauli Murray entendió algo que la Corte parece haber olvidado. Es decir, que la igualdad no se logra fingiendo que el pasado no existe, sino reconociéndolo y corrigiéndolo. La historia es la que le da razón de ser a la justicia. La marcha hacia la libertad y la dignidad no puede avanzar si las instituciones que deben sostenerla la abandonan en el camino.

La promesa estadounidense sigue pendiente. Y hoy, un poco más que ayer, parece más difícil de cobrar.

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