En medio de conflictos armados, discursos polarizantes y acontecimientos sin precedentes que transforman nuestra manera de comprender el mundo día con día, el domingo pasado la ciudadanía de Hungría salió a las calles para enviar un mensaje de esperanza. Con claridad, nos recordó que nada es permanente y que, pese a los obstáculos, las democracias pueden prevalecer.
Tras una elección con alta participación, el partido opositor Tisza obtuvo 138 escaños, mientras que el partido en el poder consiguió 55. El resultado marca el fin del mandato de Viktor Orbán como primer ministro y el cierre de una etapa caracterizada por el avance de posturas de ultraderecha, el nacionalismo excluyente y los constantes ataques a las instituciones democráticas.
Durante 16 años, el gobierno de Orbán estuvo acompañado de señalamientos de corrupción y de un proceso sostenido de erosión democrática. La gravedad de esta situación llevó a la Unión Europea a congelar incentivos económicos e imponer sanciones, mismas que previsiblemente serán revisadas conforme el nuevo gobierno busque reconstruir la relación y retomar la cooperación.
La derrota también tiene implicaciones en el ámbito internacional, pues representa un revés para Vladimir Putin, quien durante años contó con un aliado clave dentro de la Unión Europea. Orbán obstaculizó la adopción de sanciones tras la invasión de Ucrania e incluso bloqueó apoyos económicos dirigidos a ese país. En la misma línea, el resultado impacta a Donald Trump, quien respaldó abiertamente al gobierno húngaro en función de afinidades ideológicas de corte nacionalista, conservador y antiglobalista. Incluso, el vicepresidente Vance viajó a Hungría en los últimos días de campaña para expresar su apoyo al entonces primer ministro.
El cambio no fue sencillo. El Parlamento Europeo llegó a calificar a Hungría como una “autocracia electoral”, una categoría que refleja la existencia de elecciones formales dentro de un sistema profundamente desequilibrado. A pesar de un entorno institucional diseñado para favorecer al partido en el poder, la ciudadanía demostró que la voluntad popular sigue siendo una herramienta capaz de revertir dinámicas autoritarias.
Con la mayoría obtenida, el partido Tisza contará con los votos necesarios para impulsar reformas constitucionales, reconstruir instituciones clave como el Tribunal Constitucional y modificar el marco legal. El nuevo gobierno estará encabezado por Péter Magyar, quien formó parte del entorno político de Orbán y más tarde emergió como una figura opositora al denunciar prácticas de nepotismo y corrupción.
Noticias como esta devuelven, por un par de segundos, una bocanada de aliento. Frente a los intentos persistentes por debilitar las democracias constitucionales y concentrar el poder, las sociedades han demostrado una capacidad notable de resistencia. Este resultado es producto de años de esfuerzo, de avances graduales y retrocesos significativos, pero también de una convicción compartida en torno a la importancia de la separación de poderes, el Estado de derecho y la vida democrática. El autoritarismo es insostenible y, mientras existan personas dispuestas a defender estos principios, la democracia seguirá encontrando caminos para sostenerse.
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