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Madrid.— El 1 de mayo es una fecha más que señalada a nivel internacional, aunque la pandemia ha conseguido opacarla, ya que será imposible realizar manifestaciones multitudinarias.
Con la economía bajo mínimos y la mayoría de la población atrapada por la cuarentena, son muchos los que trabajarán en este día festivo: combatiendo el coronavirus, al mantener la cadena productiva y los servicios mínimos, al atender emergencias o acercar los suministros necesarios a quienes están confinados, entre otras actividades.
Es el caso de Julián, un mecánico que labora para una aseguradora madrileña y auxilia a los automovilistas que se encuentran en apuros. A bordo de su grúa, ha trabajado ininterrumpidamente desde que se declaró el estado de alarma en España a mediados de marzo y seguirá haciéndolo en los próximos días, aunque es consciente del riesgo que corre cuando sale de su casa.
“Cada día me lo advierte mi mujer, me dice que no merece la pena que arriesgue la vida por 300 euros que estoy sacando cada mes, porque el trabajo ha bajado mucho con la gente confinada en sus casas. Además, puedo contagiar el coronavirus a mi esposa o a alguno de mis dos hijos pequeños, algo que nunca me perdonaría”, señala a El UNIVERSAL, consciente de que debe extremar las precauciones.
“Si detecto que a uno de los niños le duele la tripa o tiene tos, lo primero que me viene a la cabeza es que está infectado por el virus. Es una situación muy angustiosa, aunque hasta ahora afortunadamente no ha pasado nada grave”, agrega. Él revisa continuamente las medidas de protección para evitar cualquier sobresalto.
“Me mantengo en todo momento alejado del cliente y me cuido mucho más, porque hay miedo y desconfianza. A nadie le conviene ponerse malo y no sé si el otro tiene el virus, o lo tengo yo y puedo transmitírselo. Siempre estoy con el alcohol limpiándome las manos, además de desinfectar la furgoneta varias veces al día. También me encargo de solicitar taxis para la gente cuando su coche está averiado y no consigo arrancarlo”.
La policía no suele detener su vehículo que va convenientemente rotulado como servicio público, pero en el periodo vacacional de Semana Santa fue abordado por los agentes varias veces porque los controles se volvieron exhaustivos ante el temor de que la gente burlara el confinamiento.
Al mecánico le preocupa su situación, pero también la de las personas que prestan su servicio a la comunidad, especialmente los sanitarios, y que han tenido carencias para garantizar su protección, sobre todo en las primeras semanas de la epidemia.
“Parece que se está normalizando la venta de mascarillas y guantes, pero muchos abusan y ofrecen productos muy caros o de mala calidad. Hace un par de semanas tuve la oportunidad de comprar un par de cajas de guantes de látex y decidí regalar una de ellas a una enfermera que había solicitado un servicio de asistencia. Se le saltaban las lágrimas”, recuerda.
La pandemia no sólo lo afecta emocionalmente y lo obliga a tomar todo tipo de precauciones, sino que también le ha afectado laboralmente, porque la cuarentena ha restringido la circulación en ciudades y carreteras hasta límites insospechados. “El trabajo se ha desplomado y también mi jornada laboral se ha reducido. Estoy haciendo cinco o seis servicios al día, cuando antes de la pandemia llegaba a hacer unos 20 diarios”.
En este contexto, el 1 de mayo pasará inadvertido. “Este año no le prestaré demasiada atención. No hemos celebrado muchas cosas desde la pandemia, porque no hay motivos. Lo más importante es que volvamos a la normalidad; ya habrá ocasión después para festejos”. Julián se siente satisfecho con un trabajo con el que contribuye a superar los contratiempos de la gente que necesita sus vehículos. “Me encanta mi trabajo y saber que cada vez que salgo con la furgoneta es para hacer un bien a los demás”.
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