Transitar por el primer cuadro de la Ciudad de México es adentrarse en la algarabía del comercio con su “¡Llévele, llévele, güera!”, el ruido de los cláxones en las calles semipeatonales y sudar la gota gorda entre tumultos que terminan en un embudo en cada esquina.
Una tarde de marzo, a sólo unos meses del Mundial de Futbol, que atraerá a miles de turistas a la capital del país, apenas sube uno por la salida del Metro Pino Suárez que da hacia el Museo de la Ciudad de México y percibe un aroma inconfundible: el olor a marihuana que despide el plantón 4/20 situado en la plaza Primo de Verdad.
Quizá sean los peatones los que más padecen en su transitar por el Centro Histórico, para muchos no es novedad. Por ejemplo, la señora María del Carmen, de 59 años, cuenta que salió preparada de su domicilio, en el Estado de México, para internarse en sus calles con una misión: hacerse de los materiales para elaborar los arreglos de mesa para los XV años de su nieta.

“Me vengo con tenis, playera, y ya sé que es venir a caminar y caminar, andar preguntando en los locales, para ver si hay lo que busco, (...) a pesar de la gente, del ruido, me gusta mucho venir”, dice.
Para aquellos que quieren ingresar al Zócalo, en ocasiones la movilidad se ve comprometida por las vallas que se instalan ante diversos eventos que tienen lugar en la principal plaza pública de la capital.
“Hay que rodear o irse por las calles de atrás porque no siempre está el paso abierto, no es diario, pero para adivinar”, comenta una capitalina que avanza frente a la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), rumbo a las inmediaciones de la Plaza de la Constitución.
Una vez en la plancha, cuando no hay evento, hay calma, poco ruido y gente caminando, uno que otro turista que aprovecha el cielo despejado para llevarse unas buenas postales de la Catedral y los edificios de Gobierno.
Basta avanzar un poco para volver a encontrar el ruido. Justo frente a la Catedral Metropolitana, a las afueras de una de las salidas del Metro, decenas de puestos ambulantes se dejan ver con sus sombrillas de color guinda. Aunque venden todo tipo de recuerdos para entretener a los turistas, la fiebre pambolera ya se hace presente en gorras, imanes y otros productos relacionados con el Mundial de junio próximo.
En la plaza Manuel Gamio, que da la bienvenida a la zona arqueológica del Templo Mayor, huele a copal y hierbas. Aquí, los chamanes alejan las malas vibras con danzas y el sonido de los tambores prehispánicos. En el camino no falta algún organillero que acerque su sombrero para solicitar cooperación.
A un costado de Palacio Nacional, por la calle de Moneda, el flujo peatonal es lento, pero constante. Gente cargando cajas más grandes que sus espaldas, diablitos que ruedan por el cemento caliente por el rayo de sol a todo lo que da y decenas de comerciantes, cada uno gritando para sacar su venta son el pan de cada día sobre República de Argentina.
Una imagen similar se aprecia en República de El Salvador, una de las calles por donde pasa la Línea 4 del Metrobús. Aquí el tránsito para los peatones es atropellado, no sólo por los comerciantes que invaden buena parte de la banqueta. La reparación inconclusa de un poste de luz a media calle, los obliga a irse por el filo de la acera o de plano bajarse al paso vehicular para avanzar.
“Somos muchos, entonces se hace todo el desorden, pero uno se acostumbra”, comenta el señor Ramiro, comprador que acudió a esta calle para surtirse de productos para su negocio, pues en el Centro “todo sale mucho más barato”.
En medio de banquetas plagadas de vendedores, coches, motocicletas, diableros y hasta transeúntes con animales de compañía, se hacen un huequito para avanzar de un extremo a otro de la calle.
En la esquina de República de Colombia y Calle del Carmen un motociclista se pelea el paso con un ciclotaxi de esos que hacen homenaje a los “cocodrilos” del siglo pasado, que a su vez se detiene en seco para agilizar el paso al montón de peatones que pasan corriendo con sus compras en mano.
El olor de elotes asados, tacos y otros alimentos callejeros inunda el ambiente. En el Centro “si algo no falta es comida”, afirma una vendedora mientras despacha un vasito de esquites. Cuenta que su negocio “me ha permitido ganarme la vida de forma honesta, siempre he vendido comida, ahora son esquites, pero todo lo que sea comida es venta segura aquí, porque a la gente le da hambre de estar caminando”.
“Antes era más desorden, yo creo que ahora hay algunas calles mucho más ordenadas, mucho más limpias, por ejemplo, la calle de las novias, como le llaman a la calle de República de Chile, le han dado su manita de gato; a Garibaldi, que antes estaba muy sucio, muy abandonado, se le han hecho sus arreglos”, señala el señor Alfonso, de 71 años, para quien antes el centro de la Ciudad de México “era más insalubre”.
En medio del “remate” de llaveros de capibara —y otras figuras de moda— a 15 pesos, un puesto donde lo mismo se ven mochilas que pares de calcetines y una mesita donde una señora vende pan de dulce, apenas se alcanza a ver la entrada del hospital general Dr. Gregorio Salas.
Entre los diableros y mujeres que van a paso apresurado jalando sus carritos de mandado, una ambulancia estacionada recuerda que en el Centro, además del alboroto diario, también se atienden emergencias.
Al avanzar hacia el norte por la Calle del Carmen, plagada de motocicletas estacionadas a pie de banqueta, se llega a los límites de la colonia Morelos, donde se ubica el barrio bravo de Tepito, con sus calles estrechas, llenas de vida y alegría de la gente que lo habita y visita, como al resto del extenso Centro Histórico.
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