Poco después de las 14:30 horas, Dalia Dávila pone en la mesa de su restaurante las primeras comidas pendientes para quienes no tienen la oportunidad de pagarlas. Al mismo tiempo, arma una despensa y la entrega a Chemita, Dolarito y Elodio, tres adultos mayores que trabajan en calles de la alcaldía Tlalpan.
Dice que lo hace como terapia personal por el fallecimiento de su primer hijo, Leonardo, quien murió durante la pandemia a causa de que su corazón estaba del otro lado e invertido y por una atresia esofágica tipo tres.
Asegura que cuando da un plato de chilaquiles o tostadas de tinga a un adulto mayor en esta tortillería llamada La Abuela o útiles para que un niño siga estudiando, se ve reflejada en su pequeño, a quien desearía haber abrazado más.

“Ese amor de no poder tocarlo y sentirlo se compensa con cada acto de amor que hago. Para mí, compartir lo que soy y lo que tengo, es tenerlo presente todo el tiempo”, dice Dalia con su mandil y una sonrisa que se corta entre lágrimas de a ratos.
Cuenta que la pasión por ayudar a otras personas nació durante el paso de Leonardo por la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), cuando vio la fraternidad y empatía de otros padres, madres, doctores y enfermeras hacia ella y su hijo.
“Los médicos y las enfermeras hacían como colecta para comprarle pañalitos, sus mangueras y el medicamento. Había otros papás que económicamente estaban muy bien y ellos nos compraban vitaminas o lo que mi bebé necesitaba. Ahí empecé a sentir verdadero amor”, platica desde esta tortillería que bautizó como La Abuela al asegurar que nunca había visto un amor igual al de su mamá por su hijo.
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Desde entonces agradece lo que los seres humanos le dieron cuando más lo necesitaba, sin importar que no tuviera dinero, comida o una cobija para arroparla a ella y a su esposo, quien la acompañó las 24 horas del día durante la enfermedad de Leonardo.
“Las personas estaban muy tristes en la pandemia, todo era dolor y tristeza. Yo en la pandemia me quería morir, pero por otras cosas, y entonces decidí darle a unas personas lo que otras me habían dado cuando más lo necesitaba”, refiere.
Dalia Dávila relata que por ello comenzó a emprender alrededor de 100 iniciativas, entre las que destacan crear un programa para darle comida gratuita a quienes más lo necesitan, brindarle una escuela gratuita a los niños más vulnerables o regalarles WiFi a las personas que no cuentan con trabajo y “necesitan mandar un simple mail”.
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Recuerda que por esto fue reconocida por el gobierno del expresidente López Obrador.
Indica que se ha formado una cadena de amor, pues dice que nada de esto sería posible sin las personas que donan desde frijoles hasta computadoras; carne, arroz o la renta por un año de aquella escuela que abrió durante la emergencia sanitaria, la cual ya no continúa porque dice que no es necesario.
Hoy recuerda a quienes llama “sus niños” y ya estudian en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur, con promedio de 10. También a esos adultos mayores que, a veces, lo que necesitan solamente es platicar con alguien.
Concluye que darle a los que menos tienen la ayuda a transformar su dolor. “A veces me dicen: ¿por qué ayudas tanto? Pero es que no entienden que a mí me ayudan más”.
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