Tzintzuntzan.— Los artesanos labradores de cantera han decidido levantar la mano y aprovechar la para gritar a los aficionados y visitantes extranjeros que el arte milenario de esculpir la piedra ha trascendido fronteras y está vivo.

Es en , una pequeña y apacible comunidad del municipio de Tzintzuntzan, donde el tiempo parece haber encontrado un refugio. Aquí, donde los caminos de tierra se tiñen del color rojizo de la región y la vegetación verde abraza las fachadas de adobe, la memoria de un pueblo no se escribe con tinta, se esculpe con las manos de artesanos.

Sin embargo, el arte de esculpir y labrar la cantera ha ido a la baja exponencialmente ya que las ventas disminuyeron, y para los niños y jóvenes, e incluso para los adultos, ha dejado de ser un oficio rentable; sin embargo, hay quienes aún luchan por mantenerlo vivo.

José Saúl Barriga Salmerón, artesano cantero, lanzó en 2020 el proyecto Cantera Morelia, en el cual se elaboran esculturas personalizadas y diseños arquitectónicos. Foto: Carlos Arrieta/ EL UNIVERSAL
José Saúl Barriga Salmerón, artesano cantero, lanzó en 2020 el proyecto Cantera Morelia, en el cual se elaboran esculturas personalizadas y diseños arquitectónicos. Foto: Carlos Arrieta/ EL UNIVERSAL

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Cuatro generaciones

Bajo la sombra de una techumbre en la casa de sus padres, transformado desde hace décadas en un santuario de tierra y cantera rosa, José Saúl Barriga Salmerón detiene por un momento el cincel para conversar con EL UNIVERSAL.

“En esta parte, hace ya muchos años, había muchos talleres donde se hacía ese trabajo [esculpir y labrar la cantera], pero como pueden ver, los talleres están desapareciendo. Algunos se reubicaron para otras zonas más adelante, pero también muchos han desaparecido”, menciona el artesano.

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Saúl lamenta que esos templos de labrado ahora sean solares o habitaciones. Explica que, anteriormente, en la carretera que atraviesa su pueblo natal y que conecta con el Pueblo Mágico de Pátzcuaro había mucho turismo proveniente del extranjero, que eran los principales compradores de esculturas de cantera, pero eso disminuyó con el pasar de los años.

Saúl se graduó como ingeniero mecánico en Morelia, profesión que complementa con el oficio familiar. Foto: Carlos Arrieta/ EL UNIVERSAL
Saúl se graduó como ingeniero mecánico en Morelia, profesión que complementa con el oficio familiar. Foto: Carlos Arrieta/ EL UNIVERSAL

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“Llegaban los extranjeros y se llevaban las camionetas llenas. O sea, dejaban talleres vacíos, pero poco a poco fue bajando la venta y por esas razones muchos talleres tuvieron que cerrar”, lamenta.

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Para Saúl, ese pequeño rincón de no más de nueve metros cuadrados en el que sus manos dan vida a piezas únicas no es sólo un taller. Subraya que es el espacio sagrado donde transcurrió su infancia y donde el eco de sus antepasados cobra una fuerza sobrehumana, por ello es por lo que se aferra a conservar la tradición.

“Y es que al no ser [el labrado de cantera] un trabajo que te genere estabilidad económica, pues ya las nuevas generaciones no lo aprenden, y quienes lo han aprendido no encuentran trabajo, y ya no se dedican a esto porque las oportunidades ya son menos”, remarca.

El artesano aprendió a trabajar en Quiroga, en el taller de su tío y talleres de Patambicho. Foto: Carlos Arrieta/ EL UNIVERSAL
El artesano aprendió a trabajar en Quiroga, en el taller de su tío y talleres de Patambicho. Foto: Carlos Arrieta/ EL UNIVERSAL

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La historia de Saúl; sin embargo, es el eslabón más reciente de esa tradición ancestral, pues representa la cuarta generación de una familia que heredó la responsabilidad de custodiar y transformar el legado purépecha de la piedra.

El artesano recuerda que el aprendizaje no estuvo exento de sacrificios. Ocurrió entre Quiroga, en el taller de su tío, y talleres de Patambicho, compartiendo el polvo con otros niños de la zona que veían en el tallado un juego y, a la vez, un destino inevitable.

“Había un taller de un señor que se llamaba Jorge, y yo con su sobrino y otros chavos de mi edad nos poníamos a practicar. A mí me enseñaron a esculpir en Quiroga, un tío, pero él se enseñó a esculpir también aquí”.

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Sus primeras obras fueron una tortuga, una rana, un pez y un caracol, las cuales vendía en el mercado. Foto: Carlos Arrieta/ EL UNIVERSAL
Sus primeras obras fueron una tortuga, una rana, un pez y un caracol, las cuales vendía en el mercado. Foto: Carlos Arrieta/ EL UNIVERSAL

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Desde sus primeras obras, una tortuga, una rana, un pez y un caracol, Saúl reconoció aquello como su vocación; con orgullo vendía sus primeras piezas por 10 pesos en el Mercado de Artesanías de Quiroga. Aquellas primeras lecciones con su tío moldearon no sólo sus manos, sino su temple.

“El arte popular michoacano de la cantera exige una entrega absoluta; es una disciplina donde un golpe en falso puede desvanecer semanas de devoción, como niño romper una escultura es frustrante, pero aprendí que es la oportunidad de empezar de nuevo y hacer algo mejor”, reconoce.

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Sin embargo, el viaje de este creador tomó un rumbo inesperado que rompió los moldes tradicionales sin perder la esencia. Un día partió hacia Morelia buscando nuevas herramientas en las aulas de la Facultad de Ingeniería Mecánica de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

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De ahí egresó como Ingeniero Mecánico, una profesión que podría parecer ajena al misticismo del taller familiar, pero que en su mente se convirtió en el complemento perfecto.

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Cantera Morelia

“La ingeniería sin alma es fría. Lo que hago en este taller es fusionar ambos mundos: aplico la visión del ingeniero para diseñar, sin perder la sensibilidad para descubrir el alma de la cantera rosa moreliana”.

De ese diálogo entre la técnica contemporánea y la memoria ancestral nació en 2020 Cantera Morelia. Lo que comenzó como un anhelo en plena crisis mundial por una pandemia, hoy cumple seis años de evolución.

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El proyecto ha crecido hasta contar con dos talleres, diversificándose en la creación de esculturas personalizadas, diseño arquitectónico, promoción del arte, además de una destacada labor educativa. No obstante, Saúl confiesa que, sin importar qué tan grandes sean los proyectos en la ciudad, siempre necesita regresar al taller de Las Camelinas para reencontrarse con sus orígenes.

Herencia purépecha

Saúl ha presentado sus obras originales que integran elementos del tallado clásico y contemporáneo en exposiciones como Esculturas de Cantera, Arte Popular y, la reciente, Bestiario y Alegorías, en Morelia, entre 2020 y 2026.

En febrero de este año se presentó con éxito en Houston, Texas, en el Festival Monarca de Negocios y Tradiciones, gracias a la invitación de la Cámara de Comercio México-Houston.

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El reconocimiento a su trayectoria y su culminación como artesano destacado lo logró al exponer su arte en el Senado de la República, en la Ciudad de México, donde la exposición Arte Popular Michoacano: Cantera Tallada a Mano deslumbró la capital.

Sus manos, curtidas por el oficio y guiadas por la ciencia, son la prueba de que la herencia de Michoacán no se extingue, se transforma, madura y sigue dialogando con el futuro, demostrando que la piedra —cuando se trabaja con amor y memoria— es capaz de volverse eterna.

En la fiebre del Mundial 2026, la Secretaría de Turismo del estado presentó la Ruta del Aficionado: de la Ciudad de México al corazón de Michoacán, que atraviesa justamente por Tzintzuntzan, la tierra de los canteros.

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El itinerario incluye una experiencia de tres días por algunos de los destinos más emblemáticos del estado. Esta propuesta turística invita a los visitantes nacionales e internacionales a extender su experiencia mundialista y descubrir la magia que resguarda “el alma de México”.

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