Cuando Missael Sánchez Arce era niño, no necesitaba un teléfono para saber que su padre estaba por regresar del trabajo. En su casa, en San Isidro Buensuceso, a las faldas del volcán La Malinche, bastaba con oír el canto de un pájaro.

Su padre trabajaba en Puebla y su madre recurría a una creencia transmitida por generaciones: si el techiq comenzaba a llorar, alguien estaba por llegar.

“Mi mamá escuchaba el pájaro y nos decía: ‘De seguro tu papá ya salió del trabajo o ya viene para acá’. Siempre recuerdo eso”, cuenta nostálgico el cineasta.

Años después, aquella memoria se convirtió en Techiq, escrito y dirigido por Sánchez Arce, nominado a Mejor Cortometraje de Ficción en la edición 68 de los premios Ariel.

Hablada en náhuatl, la cinta sigue a Margarita y Evaristo, una pareja de campesinos que espera el regreso de Jacinto, su hijo, quien dejó la comunidad para buscar trabajo. Para Missael, sin embargo, el ave adquirió con los años un significado más doloroso.

“Me ha venido a avisar de muchas cosas, tanto positivas como negativas. Me avisó cuando mi abuelo iba a fallecer, cuando a mi mamá le iban a diagnosticar cáncer, cuando un maestro mío en la universidad falleció”.

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La muerte de su abuelo transformó también el guion y dio mayor presencia a lo fantástico. Desde la cosmovisión con la que creció, explica, morir no significa desaparecer.

“Nos quedamos no solo en las historias, nos quedamos en la lengua, en la forma de nombrar al mundo. Cuando falleció mi abuelo me preguntaba: ‘¿Y ahora qué va a pasar con esas historias que me contaba de la montaña, de la naturaleza, de los animales?’ Me di cuenta de que ahora son parte de mí”.

Esa posibilidad de narrarse desde la propia comunidad es central para el director. Parte de Techiq fue filmada en San Miguel Canoa, Puebla, localidad retratada por Felipe Cazals en Canoa (1976). Medio siglo después, considera que aquella representación todavía tiene consecuencias.

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“Hay muchos comentarios de odio en los que nos desean incluso la muerte sin conocer nuestra comunidad, porque en Canoa solo nos representan como figuras de una película de terror, que sólo usamos la violencia”.

Sánchez Arce no rechaza que cineastas externos se acerquen a estas comunidades, pero defiende que sus habitantes también puedan decidir cómo contar sus historias.

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