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Colombia.— La pintura ya abandona las paredes de Macondo. Una humedad extraña, sin olor, oscurece algunas fachadas, mientras las ramas se cuelan por las ventanas.
Acá no hay superficies limpias ni colores recién aplicados. Se nota que sus mejores años ya pasaron. Las marcas de décadas bajo el sol y la lluvia invitan a imaginar cómo lucía Macondo antes de que el tiempo comenzara a llevárselo.
Resultaría casi mágico pensar que, en realidad, esta ciudad comenzó a construirse hace apenas unos años y que sus habitantes son tan ficticios como la novela que les dio vida: Cien años de soledad.
El aire es húmedo y el calor resulta casi insoportable en Alvarado, un municipio de Tolima, Colombia, ubicado a unos 200 kilómetros por carretera de Bogotá.
Aquí, Netflix decidió levantar desde cero el Macondo de su adaptación, sobre un terreno de más de 540 mil metros cuadrados, esto es, unas 78 canchas de futbol.
El encargado de hacer que ese pueblo recién erigido luciera como si tuviera casi un siglo fue Eugenio Caballero, ganador del Oscar por El laberinto del fauno, quien compartió el diseño de producción con Bárbara Enríquez.
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El mexicano avanza por las calles como si no las conociera; señala las paredes, la vegetación y los edificios que cambiaron desde la primera parte. La consigna ahora es que Macondo crezca junto con los Buendía y que muestre las señales de su desgaste.
“Estamos contando su decadencia. Cien años de soledad es la historia de un pueblo que nace y termina destruido. Lo mismo ocurre con la familia Buendía: mientras ellos envejecen, el pueblo también lo hace”, explica.
Para conseguirlo no bastaba con construir nuevas casas o ampliar las calles. Había que dejar que el tiempo apareciera desde lo visual, que se reflejara la soledad que describió Gabriel García Márquez en su novela, publicada en 1967.
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“Queríamos que el pueblo hablara. Que las paredes, las calles y la vegetación contaran el paso del tiempo. No bastaba con envejecer a los personajes; Macondo también tenía que envejecer”, dice.

Crece la comunidad
Entre estas calles ficticias hay casi 20 mil plantas. En realidad, algunas fueron sembradas por la producción para trepar por las fachadas, cubrir los patios y avanzar sobre los caminos. Otras aparecieron luego, sin que se planearan.
El pueblo que en la primera parte apenas comenzaba a conocer el mundo ahora tiene hoteles, mercados, barrios y comercios. Por sus calles aparecen postes eléctricos, automóviles y construcciones.
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Y a lo lejos espera el tren, listo para traer prosperidad.
En la novela, su llegada altera la vida antes de que sus habitantes entiendan todo lo que se aproxima para ellos, entre el humo y los silbidos.
Aquí permanece detenido, sin pasajeros, pero alrededor crece una ciudad distinta. Conforme avanza el recorrido aparecen la calle Antillana, el Hotel Jacob, el mercado, el edificio de la compañía bananera y la casa de Petra Cotes.
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Hay barrios más ricos, zonas comerciales y construcciones que revelan la llegada de habitantes con distintas formas de vivir.
Juliana Flórez, productora ejecutiva de la serie, camina entre edificios inspirados en la arquitectura colonial y republicana, con elementos de art nouveau y art déco.
“Esa llegada transforma la dinámica del pueblo. Aparecen los carros, la electricidad, la música. Es mucho más caótica que la primera, tanto en lo visual como en lo narrativo”, adelanta.
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Una era construida
Para levantarlo, el equipo estudió la transformación de distintas poblaciones colombianas entre 1850 y 1950. Revisó materiales, estilos arquitectónicos y hasta el momento en que la electricidad comenzó a extenderse por la región.
Macondo no existe en los mapas, pero su evolución debía obedecer a un tiempo. Las lámparas ya encienden dentro de las casas y, según el departamento de arte, alrededor de 85% del mobiliario que aparece en pantalla es auténtico.
Los muebles pesan, los cajones se abren y las habitaciones continúan más allá del espacio que alcanzará a mostrar la cámara.
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También los techos fueron elegidos por su sonido. Cuando la lluvia caiga sobre las láminas de zinc, el agua deberá escucharse dentro de las casas, como en aquellas páginas en las que el aguacero deja de ser un accidente y se convierte en la medida del tiempo.
Los nombres de algunas calles son un homenaje a Gabriel García Márquez. Gabriel Eligio remite a su padre; Luisa Santiaga, a su madre; Tranquilina, a su abuela materna. Telegrafista recuerda el oficio que ejerció su progenitor.
En la casa de Petra Cotes, la inundación ya está preparada, aunque todavía no se vea. Debajo del piso se construyó una piscina que permitirá elevar el agua en el rodaje.
La casa asociada en la novela con los años de abundancia, las fiestas y los animales que se reproducían sin medida, será una de las primeras en sentir que todo se hunde.
Los responsables del recorrido explican que el agua entrará en las habitaciones, cubrirá los muebles y rodeará a los actores.
La Casa Buendía también será inundada parcialmente. En sus cuartos, donde una generación ocupó el lugar de la anterior, el nivel del agua subirá entre camas, puertas y objetos acumulados.
Lejos de esa soledad y la ficción, el pueblo ya presume de aves, mariposas y su vegetación. Hay todo un ecosistema real que ocupa el espacio con el paso del tiempo.
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