Lara el poeta Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1946) llegar a los 80 años parece mucho: “Cuando te digo 80 años se me hace que son muchos, que ya no me falta mucho, que no me queda mucho tiempo de vida. Pero tal parece que todavía puedo, ojalá pudiera hacer otro libro, que se me ocurriera otro libro”, afirma el que para muchos es el mayor poeta mexicano vivo, galardonado con premios como el Aguascalientes de Poesía, el Villaurrutia, y el Nacional de Literatura, quien cumplió 80 años el 20 de junio pasado.
“Nunca pensé que iba a vivir 80 años. Todavía me sorprende estarlos viviendo y poder sentirme lúcido. Poder sentir que no estoy tan tonto como yo creía o como mi papá me decía que iba a acabar si seguía escribiendo poemas”, afirma desde la sala de su casa y entre libros apilados y algún cuadro que rinde honor a sus devociones (Hölderlin, Trakl), el autor de Diario sin fechas de Charles B. Waite y De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios.
Recapitula los temas que han cruzado su obra desde mediados de los 70 y habla de su libro más reciente, Avistamiento del fantasma, publicado este año por Vaso Roto, un diálogo entre su obra y la de Bruno Darío, joven poeta al que no conoció y que falleció en 2022.
¿Cómo surge Avistamiento del fantasma?
Bruno Darío es para mí un personaje extraño. Supe de él cuando él ya había muerto. Nunca nos vimos, por supuesto, y sin embargo su escritura me resultó muy conmovedora, y sin quererlo empecé a pensar en lo que pudo haber sido una entrevista con él. Sólo conozco de él una foto y nada más. Me quedé siempre con el fantasma de Bruno Darío dándome vueltas, por eso el libro se llama así, es decir, es como tratar de buscarlo, de verlo, cómo era. Ese es el origen, al menos, del título. Por dentro es como un diálogo con Bruno Darío. Tomé partes de textos de él y los fui acomodando de tal manera que pareciera que había realmente yo platicado con él. Los ensamblé para que pareciera que él estaba platicando y que yo le estaba contestando,
Es muy curioso cómo surgió, no surgió de haber ido a un viaje y luego recordar. Surgió de que se me apareciera un personaje como Bruno Darío, al que, repito, sólo conocí por una foto y por lo que pude leer que él escribió (...) No tengo en la cabeza tampoco ningún libro o, al menos, eso digo yo siempre, y resulta que poco a poco va apareciendo alguna idea, algún lugar, algo que me lleva a estructurar un libro e inventar, por ejemplo, como en este caso, un diálogo con Bruno Darío, cuando nunca lo vi.
¿Qué siente que queda de ese poeta de los años 70 y qué siente que desapareció?
Desde luego que el hecho de vivir acá, de leer muchos libros que no conocía, y de pensar en la vida que había yo dejado allá en el pueblo, para encontrarme con otra vida totalmente distinta me hicieron estructurar algunos textos que al final de cuentas me condujeron a un libro. Por ejemplo, nunca estuve en Borneo y la música de Robert Schumann sí la escuché. Todo ha venido de la creatividad. Tuve que inventarme algo que no había sucedido. He viajado poco, entonces he tenido que inventar mucho de lo que ha sido mi escritura, y ahí en esa escritura, parte de mi vida, y esa vida es inventar algo.
Lo veo como un atrevimiento, y luego yo pensando en mi timidez y en mis orígenes del pueblo de donde salí, ¿cómo acabé inventándome lo que inventé en esos libros? Poner a hablar a escritores que no había conocido, evidentemente, y crear así, entre comillas, una obra que me ha dado una voz también, entre comillas. Lo importante para mí fue escribir con voces de otros, pero escribir. Pienso que mi vida no tiene nada de interesante, por eso tuve que escribir a partir de la obra de otros, ensamblándola con mi imaginación para que pareciera mía. No tenía una voz verdaderamente poética, la tuve que inventar por el gusto que tenía por la poesía, nada más.

¿Para qué escribir si ya está la obra de tantos buenos poetas por ahí?, ¿qué voy a añadir a todo esto poesía escrita?, ¿para qué escribir? Nunca me lo cuestioné, nunca me atoré, sólo dije: pues lo voy a hacer. Y fui tan terco que pude escribir tantos libros independientemente de si eran buenos o no.
¿En qué siente que cambia la escritura cuando se tienen 30 años y cuando se tienen 80?
Desde luego que debe haber cambios, pero luego ni los advierto. Y como no me he puesto a releer lo que escribí al principio, supongo que sí cambia. No es lo mismo ver el mundo cuando uno tiene 40 años que cuando uno tiene 60 o 70. Pero eso quizá le dio a mi escritura lo que necesitaba, un empujón, algo para que pudiera existir. No sé si vaya a haber otro libro o no, siempre digo que ya fueron muchos, que ya para qué le sigo si acabaría contando lo mismo, pero no es verdad: acabaría inventándome otra cosa.
¿Le gusta el mundo de hoy?
Me sigue sorprendiendo el mundo. Es decir, aquello que conocí en mi pueblo. Cuando me fui a estudiar a Xalapa, resulté un pésimo estudiante. Como escritor creo que repetí muchas cosas de otros, pero también acabó por no importarme y lo seguí haciendo. Sin ya decir si esto era original o no, o por qué tuve que refugiarme en esto para poder escribirlo. Cada quien llega por caminos distintos a su obra.
¿No cree que todos hacemos eso, sólo que usted tuvo la sinceridad de decir: aquí está Trakl, aquí está Schumann?
Acabamos haciendo lo mismo. Todos acabamos tomando la voz o las imágenes de otros. Es muy posible, sí. No inventamos el mundo que estamos viendo.
Sin embargo, Schumann fue compositor, ¿qué le dejan otras disciplinas al escribir?
Lo de la música es lo más difícil de explicar porque, a fin de cuentas, en la fotografía hay imágenes y uno puede describir esas imágenes. Imágenes que tal vez no existieron y que existen a partir de esa escritura que uno consigue. Lo que es más difícil de explicar es lo de la música. La música sigue siendo un refugio, un gusto. En mi pueblo no había músicos que yo recuerde, todo había que inventarlo. Cuando salí de vivir en mi pueblo y me fui a Xalapa, a la preparatoria, empecé a conocer otras realidades. Y de Xalapa vine para acá y aquí realmente encontré mi lugar, me sentía a gusto, donde me di cuenta que podía encontrar mucho de lo que no había encontrado en otros lados. La música, entonces, se volvió un sostén, tanto como la poesía.
¿En qué ha cambiado su visión de las cosas?
Los viajes que no hice antes y empecé a hacer después me cambiaron. Eso acaba enriqueciendo la visión, acaba enriqueciendo la memoria y uno acaba por ser otro pero, sobre todo, cuando ya lo lees y puedes decir: yo ya no soy el mismo. Eso es lo que yo he sentido que me pasó: ya no soy el mismo, por supuesto, pero esto parece muy obvio y a lo mejor para otros lo es, pero a mí me parece que cambié no por el deseo de cambiar sino como parte de una función de mi naturaleza que tenía que ser así porque yo ya no era el mismo.
¿Qué viajes lo cambiaron?
Ir a Nueva York y más tarde poder ir a París, que era como parte de una novela, es decir, creí que yo nunca iba a ir, me sorprendió mucho estar en esos lugares. Generalmente fui solo, no fui acompañado por nadie.
¿Cuáles son sus autores favoritos?
Tuvo mucho que ver, digamos, el descubrimiento de Pablo Neruda. Para mí Neruda fue importante, me permitió ver que se podía escribir realmente de otra manera. El descubrimiento de López Velarde me hizo pensar que se podía hacer otro tipo de poesía o enriquecerse lo mismo sin importar si se va a publicar o no. Cuando empiezas a leer a esa clase de autores, uno puede decir ¿para qué escribo si ya lo hizo Neruda, o en México, López Velarde? Eso no tiene por qué atorarnos o por qué quitarnos el deseo de escribir.
Ya mencioné a Neruda más de una vez, pero también están García Lorca, Carlos Pellicer, Octavio Paz, que siempre fue un descubrimiento para mí.
Eso me lo dio salir del pueblo porque allí no había librerías, entonces, cuando yo salí me encontré con librerías y otros escritores. Mi padre tenía pocos libros porque no creía mucho en la poesía. Él me decía: “Si sigues escribiendo poemas no vas a llegar a ningún lado, tienes que hacer algo que valga la pena”; había que ser licenciado o doctor, algo así, y yo fui un pésimo estudiante. No llegué a ninguna carrera universitaria ni mucho menos. Aparentemente no hay muchos buenos escritores y poetas, pero si uno los lee con cierta tranquilidad, se da cuenta de que en México se ha escrito muy buena poesía.
¿Qué le aconseja a un joven escritor para encontrar su propia voz?
Leer mucho a otros poetas, viajar hasta donde sea posible, asomarse a esos otros mundos que otros artistas, no solo los poetas, nos acercan, disfrutar de todo eso, vivir con la mente puesta en otras palabras, querer ser nada para ser uno mismo.
¿Cómo siente que es el mundo hoy?
El mundo hoy tiene una violencia que resulta muy obvia. Siempre ha sido así, quizá antes lo percibíamos menos, pero la humanidad tiene una forma violenta de ser, de vivir, es parte de la naturaleza. Creo que eso no va a cambiar nunca, va a seguir siendo así aunque nosotros ya no seamos los mismos.
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