En 2018, con motivo del quinto centenario de la Conquista, Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) fue invitado a escribir el argumento de una telenovela histórica sobre ese suceso. El proyecto no prosperó, pero eso reavivó en él una ilusión infantil: ir a esa época remota con la imaginación. Cuenta que desde que su madre lo llevó al Museo Nacional de Antropología quedó impactado por las maravillas del imperio mexica, también por los sacrificios humanos y la antropofagia que le produjeron cierto morbo. “En mis pesadillas infantiles yo era llevado a la piedra de los sacrificios, pero al mismo tiempo estaba tan apasionado con eso que en la secundaria me sabía de memoria los nombres de los tlatoanis y me daba un sentimiento de pérdida la destrucción de la gran Tenochtitlan”, dice en entrevista el escritor que, finalmente, logró transportarse a esa ciudad lacustre al dar forma a su última novela El dios hambriento (Alfaguara, 2026).
Ganador del Premio Xavier Villaurrutia 2019, Serna se adentra en el imperio mexica de 1430 para reconstruir la vida en la corte real, una rivalidad entre el feroz guerrero Tlacaélel y el rey poeta Nezahualcóyotl y un romance lésbico entre Chimalma, una princesa acolhua, y Quilaztli, una esclava conocedora de los bajos mundos del imperio.
En entrevista, el autor habla sobre la ironía como recurso estilístico, del papel de las mujeres y de las licencias narrativas que se tomó en esta novela, algunas de las cuales ya generaron ampollas a algunos comentaristas en redes sociales.
También comparte que es una novela con la que se propuso saldar la deuda que la literatura mexicana tiene con ese pasado histórico, pues las más conocidas hasta ahora han sido escritas por extranjeros (El Corazón de Piedra Verde, del español Salvador de Madariaga; Azteca, del estadounidense Gary Jennings). “Eso no le resta mérito, pero creo que sí le resta sensibilidad antropológica y lingüística para ver los vasos comunicantes entre el México antiguo y el México contemporáneo”, afirma.
¿A qué atribuye el hecho de que no se haya ficcionalizado tanto sobre el México antiguo? ¿Las lecturas polarizadas sobre la Conquista han hecho que incluso esa época sea resbaladiza para la ficción?
Lo atribuyo a que la Conquista como el choque o el encuentro de dos mundos, como lo quieras ver, obviamente es un acontecimiento tan trascendente que le roba cámara a otras épocas de la historia, sobre todo pensando en el lector europeo, el lector yanqui, pero es una cuestión inadmisible porque a mí me parece que hay otras cosas novelables de esa época de la historia.
¿Qué referencias históricas hay sobre esa rivalidad que usted traza entre Nezahualcóyotl y Tlacaélel?
Conjeturar esta rivalidad nace a partir de que, cuando el ejército de Nezahualcóyotl y el de Moctezuma derrotan a los usurpadores del reino del padre del rey poeta, Tlacaélel, que era el consejero supremo o primer ministro de los mexicas y a quien el rey Itzcóatl le había dado una enorme cuota de poder, exige que se libre una guerra ficticia entre mexicas y acolhuas en la que obtengan la victoria los mexicas para que quede muy claro, a los ojos de todo el mundo, la potencia predominante de la Triple Alianza.
Eso fue un golpe muy duro al honor militar de Nezahualcóyotl porque en esa guerra, además, quemaron el altar mayor del templo de Texcoco. Fue una humillación que, me parece, Nezahualcóyotl no se lo merecía porque había sido un aliado leal de los mexicas. Esto me llevó a pensar, a elucubrar, por qué hubo ese ajuste de cuentas, ¿hubo un agravio previo de parte de Nezahualcóyotl? Además, en lugar de coronarse en Texcoco, que era donde le correspondía, se coronó en Tenochtitlan. De ahí empezó a surgir esa intriga palaciega que, en mi novela, lastima el honor del tlatoani y desencadena todo esto.

Hay un tono coloquial, que siempre está en su obra, pero ¿cómo fue trabajar aquí el habla de los personajes de esa época antigua, tomando en cuenta que no hay mayores referencias?
Pues, es la primera vez que escribo una novela en la que los personajes hablan un idioma distinto al mío. Esto representaba un desafío estilístico. Por otra parte, el náhuatl y el español de México no son lenguas divorciadas. El náhuatl ha ejercido una influencia muy fecunda sobre el español de México. Traté de que mis personajes hablaran con desenvoltura en un lenguaje que resalta esos lazos de parentesco entre ambas lenguas. Claro que en mi novela hay una diferencia entre el lenguaje del narrador y el de los personajes, yo como narrador me puedo permitir cosas del español del siglo XX, pero no las pongo en boca de mis personajes.
Esto fue un experimento en el que no tenía referentes que pudieran servirme como guía; un experimento difícil porque no quise oscurecer el significado, sino transparentarlo porque creo que el novelista debe echarse encima todas las dificultades para evitárselas al lector. Esa fue la gran batalla mía con el estilo en esta novela.
Está Nezahualcóyotl, el rey poeta; del otro lado, Tlacaélel, ese guerrero sangriento ¿Que le permitió contraponer estos dos personajes?
Es que ellos, además, representan una confrontación entre dos visiones del mundo: la teocracia militarista sustentado en el dogma de que los guerreros tenían que cautivar prisioneros para sacrificarlos a Huitzilopochtli para que el sol siguiera alumbrando todas las mañanas, lo cual era un gran instrumento de dominación porque eran ejércitos fanáticos que sabían que tenían que capturar al prisionero para que pudiera amanecer al día siguiente.
Había otra visión, la de la utopía civilizadora de Quetzalcóatl. Miguel León Portilla, en La filosofía náhuatl, hace una analogía entre la Alemania nazi y la época de los mexicas, porque él dice que en esa Alemania, junto con la ideología del partido nazi, había filósofos, humanistas, ajenos a ese brote de locura colectiva al que se oponían. Esa visión humanista era la de los tlamatinimes, los sabios, y en mi novela está representada por Nezahualcóyotl.
Además, de Nezahualcóyotl nos queda su poesía, que es una poesía hasta blasfema, muy opuesta a este culto fanático de los dioses. Es un poeta que le reprocha a los dioses su indiferencia ante la suerte de los mortales. Por eso dice José Luis Martínez, su biógrafo, que él es un precursor de Muerte sin fin, de José Gorostiza.
Sus personajes femeninos tienen un lugar importante, ¿qué buscaba mostrar de las mujeres del mundo mexica, pues tradicionalmente no escuchamos mucho de ellas?
Yo quise contrarrestar la egolatría masculina que predominaba en la familia, en la vida social y en todos los rituales del poder. Una cosa que siempre me ha asombrado es que, si te fijas en la vestimenta de los guerreros y de los nobles, tienen estos penachos fabulosos, las narigueras de oro, los besotes, sus corazas, sus grebas, las sandalias de piel de ocelote. ¿Quiénes eran los más elegantes, los más vistosos? Los hombres. En cambio, las mujeres con un austero huipil y relegadas al fogón de la cocina. O sea, ellos eran más vedettes, más frívolos en querer llamar la atención que las propias mujeres, entonces yo quise que en la novela hubiera un punto de vista femenino, para mostrar la visión de la mitad del género humano. Aparte, mis protagonistas son mujeres talentosas y valientes, de modo que tiene una participación muy importante dentro de la trama.
¿Cómo fue armar la historia de las mujeres lesbianas que, según entiendo, es una licencia que se toma? ¿Le preocupó que esto fuera tomado como un hecho histórico?
Lo que busca una novela histórica es ser verosímil, no necesariamente ser verdadera. No hay rastros de lesbianismo en los documentos históricos; sí, en cambio, de homosexualidad masculina porque había, por ejemplo, travestis que vendían su cuerpo en el tianguis de Tlatelolco, pero yo estoy seguro, convencido, de que también tuvo que haber lesbianismo, porque eso ha existido en todas las épocas y en todas las culturas. Creo que es verosímil esta relación amorosa entre ellas.
Por otro lado, cuando un ejército derrotaba a otro, los soldados que entraban a una población tenían absoluto derecho a violar a todas las mujeres que se les atravesara en su camino. De modo que, lo que le sucede a Chimalma en mi novela es completamente verosímil; más aún que después de una experiencia tan siniestra con los varones, ella haya buscado el amor de una mujer.
En un momento en donde ese tipo de licencias en la ficción se suele considerar woke, ¿le preocupaba que su novela se leyera así?
No, me tiene sin cuidado. Además, cuando una novela sale a la venta, puede ser objeto de todo tipo de interpretaciones que un escritor no puede controlar.

La historia suele narrarse desde las figuras masculinas. El México antiguo lo conocemos a partir de la historia de los tlatoanis, de los guerreros, ¿qué cambia cuando incorporamos a la figura de la mujer en estas historias?
Las mujeres, para empezar, creo que tienen un concepto del buen amor, muy distinto al concepto machista del amor que siempre implica una cierta dominación. Tienen además, me parece, un comportamiento quizás hasta más astuto que el de los varones, cómo dominar sin que lo parezca.
Ahora que menciona la deuda que la literatura tiene con la época prehispánica, recordé la última novela de Álvaro Enrigue (Tu sueño imperios han sido), que también se toma muchas licencias con Moctezuma en su palacio comiendo hongos y escuchando glam rock. ¿Será que el México antiguo y la Conquista están alimentando nuevas narrativas?
Creo que el quinto centenario de la Conquista de México despertó en muchos de nosotros esa inquietud. Yo no quise escribir sobre la Conquista porque, para mi gusto, la novela sobre la Conquista ya la escribió Bernal Díaz del Castillo. Me parece insuperable la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. No me siento capaz de agregar nada a eso. Eso y La visión de los vencidos (Miguel León Portilla), que también es una maravilla desde otro ángulo. En cambio, aquí creo que sí había una laguna que era importante llenar.
Ha dicho que el humor le permite mantener cierta distancia con sus personajes y no caer en el melodrama, ¿esto le ayudó a encontrar el tono irónico de esta novela?
Sí, yo siempre trato de introducir un punto de vista irónico porque eso puede crear un efecto de ambigüedad que hace que una novela o un cuento signifique cosas distintas para diferentes lectores. Por otro lado, en esta novela, el humor negro me funcionaba muy bien en algunos pasajes como el banquete caníbal de Tlacaélel, que es un gourmet de carne humana. También en otros pasajes, como la historia de Quilaztli, porque ella es una pícara de aquella época. Una esclava lesbiana que al conquistar su libertad incursiona primero en la brujería y luego en la prostitución. Narrar toda esa trayectoria de Quilaztli me permitió introducirla como una representante de la marginalidad, que existía en aquella época, a pesar de que la sociedad mexica estuviera estrictamente reglamentada y que el sistema de valores de la vida comunitaria ahogara cualquier brote de rebeldía o de individualismo entre la mayoría de la sociedad. Los macehuales, que eran los plebeyos, los jornaleros, también la casta militar, los artesanos, los sacerdotes, tenían que seguir un libreto social muy estricto del que no se podían apartar, pero yo necesitaba protagonistas que sí dirigieran su propio destino. Por eso dos de ellos son de la alta nobleza, lo cual les da un libre albedrío; y Chimalma y Quilaztli porque son personajes marginales. Chimalma está entre estos dos mundos porque es una princesa acolhua que, por circunstancias de la vida, cae en la pobreza y en los brazos de Quilaztli.
De pronto hay un humor involuntario, por ejemplo, cuando se refiere al oro en náhuatl, teocuitlatl, que es “el excremento de los dioses”...
Así es. Eso significa. El oro es el excremento de los dioses. Me encanta eso.
¿Qué tanto la cosmogonía mexica y el náhuatl le permitieron también lograr ese tono irónico?
Bastante. Hice un descubrimiento leyendo a Francisco Hernández, que era un gran naturalista de la época y publicó un libro sobre toda la flora que había en la Nueva España en el siglo XVII. Él habla de una flor que se llama tlaxincaxóchitl que, traducido al español, es flor adulterina, por sus pétalos gruesos, rígidos y de forma fálica. Se rumoraba, las malas lenguas, que las concubinas del tlatoani que ya estaban olvidadas y que ya no tenían vida sexual con él, recurrían a la flor adulterina como una especie de dildo. Entonces, es algo que yo quise introducir también en mi novela porque me encantó, la verdad (risas). Me encantó ese detalle porque, además, los macizos de flores están sembrados en los patios del Palacio Real, están llenos de esa flor roja. Y, por cierto, luego la vi en Cuernavaca, todavía existe.
¿Los concubinatos, esas disputas constantes entre hijos y violencias domésticas propiciaron también que fuera una sociedad violenta?
Eso tuvo una importancia enorme porque, cuando un clan de un noble tenía a 10 o 15 concubinas, no recordaba los nombres de todos los hijos que había procreado con ellas, entonces, los hijos de una concubina segundona se sentían relegados en el reparto de títulos y de riquezas. Eso les desarrollaba un rencor terrible contra los hermanos privilegiados. Eso es, en parte, la psicología de Tlacaélel en mi novela, y esto fue lo que detonó la mayoría de las guerras de aquella época, que eran guerras entre los nobles. Era una gran familia desparramada en diferentes reinos, todos emparentados entre sí.
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