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Estoy leyendo Libros peligrosos. Censura y cultura italiana en la Edad Moderna, de Giorgio Caravale (traducción de Gabriela Vallejo Cervantes, Fondo de Cultura Económica, 2025).
Como todas las personas de este mundo, tengo mi opinión sobre todos los hechos que se me presentan. Acerca del tema me he formado la siguiente hipótesis de trabajo: hoy no se necesita la censura porque la inundación de libros hace que se anulen unos a otros, y la presencia de un tomo inquietante deja inhibirse con la avalancha de muchos otros tomos, imperturbables.
Por lo tanto, los poderes institucionales o de otro tipo no tendrían por qué pagar el costo político de una censura: basta inducir miles de productos afines (anuncios, proclamas, libelos, volúmenes, películas, series, etcétera) para que el peligro pase por sí solo, así como basta un nuevo escándalo para inhibir el precedente.
En el siglo XVI las circunstancias eran distintas. Cada libro era un acontecimiento, entre otras razones por el número comparativamente bajo de tomos circulantes y, en especial, por los convulsos reacomodos ideológicos, sociales, espirituales, geopolíticos y culturales que experimentaba Europa, uno de cuyos centros de irradiación de ideas eran la península itálica, con Roma enclavada en su corazón: las propuestas y los estudios iban y venían, y ni siquiera las fronteras geográficas estaban tan (relativamente) bien fijadas como ahora; mucho menos lo estaban las fronteras de las confesiones cristianas tras la irrupción de Lutero en (la hoy) Alemania y Calvino en (la hoy) Suiza.
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El volumen de Caravale es una investigación tan impresionante que se permite ir contándonos los procesos de censura y de reacciones contra ella como si se tratara, si no exactamente de una novela, sí de una narrativa analítica, crítica, por donde “desfilan” protagonistas de toda índole, desde reyes, papas, ministros y cardenales hasta editores, autores y públicos a la vista.
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La censura afectaba intereses económicos, además de los evidentes intereses ideológicos, espirituales, etcétera. La Iglesia de Roma se debatía entre pérdidas y ganancias en almas y territorios: arrebatada Germania en el siglo XVI –nos dice un especialista–, se alzaba América como compensación. Y también dentro de la península había problemas: ¿quién debía asumir la censura, la Iglesia o el Estado, el centro o cada región y hasta cada ciudad, como la Venecia de principios del siglo XVII? Caravale nos platica que “Venecia se convirtió en el centro de la oposición a la injerencia papal, ratificando con el mayor rigor el predominio de la censura estatal sobre la eclesiástica” (p. 68).
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Se había puesto de moda la censura. De hecho, llevaba casi un siglo de un auge normativo, sistemático, burocrático, en ocasiones a punto de ser implacablemente mecánico, automático y… causante de desajustes que afectaban la producción, el consumo y, desde luego, en último término, la economía.
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Dedicarse hoy a la lectura y a la escritura conlleva un conjunto de desafíos y de ánimos y desánimos. En aquellos orígenes de la Edad Moderna había censuras implícitas y, sí, explícitas, que conducían a la confiscación de ediciones enteras, a la quema de libros y al consiguiente e inevitable contrabando.
Y la censura llegaba desde distintas instancias, al extremo de que escribir ya era en sí una aventura, como lo atestiguó Miguel de Cervantes Saavedra, cuya vida era una secuencia de riesgos en pos de la grandeza de España, la defensa de Occidente y la libertad propia.
Desde luego, el “pueblo” era motivo de serias preocupaciones para las élites gobernantes de distintos niveles, comarcas y procedencias. Veamos qué nos dice Caravale:
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Poner la censura al servicio de la reputación del Estado equivalía a poner serios límites a la circulación de escritos perjudiciales para los intereses de la República y de sus aliados políticos, de obras históricas que construyeran de forma desfavorable acontecimientos en los que Venecia se hubiera visto envuelta en el pasado, de libros infamantes que dañaran el honor del pueblo veneciano o que lesionaran el honor y la reputación de nobles patricios y autoridades de gobierno (pp. 68–69).
Se resumen aquí, hace más de cuatros siglos, causas muy comunes de censura: 1) presunta o posible afectación de intereses actuales más o menos generales, más o menos específicos (censura a quienes escribieran sobre el presente); 2) presunta o posible afectación de imágenes históricas con efectos aquí y ahora (censura a historiadores), 3) presunta o posible afectación de un bien intangible y probablemente inasible: el honor tanto del pueblo (entidad entre abstracta y concreta que sólo debería definirse en términos jurídicos, no políticos ni ideológicos ni de mercadotecnia para campañas) como de “nobles” y “autoridades” (personas muy concretas).
Los editores sufrían; los escritores se defendían y hacían balances. John Milton es autor de una de las más famosas defensas de la libertad de expresión, la Areopagítica:
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“En Italia”, sentenció el poeta inglés John Milton a mediados del siglo XVII, “no hay ni una onza más de bondad, de honestidad, de sabiduría, de modestia, desde que la Inquisición ha caído sobre los libros con todo su rigor. […] Esta servidumbre”, añadía, había “obnubilado la gloria del genio italiano, de modo que desde [hace] muchos años no se [escribe] allí más que adulación y burda retórica”. […] Las palabras de Milton reflejan una percepción bastante común por aquel entonces (p. 69).
La censura estaría inhibiendo la expansión del pensamiento, la creatividad, la innovación. Y uno y otras son decisivas para la economía, esto es, para el bienestar, el desarrollo, el bien común.
Veo que la apretada bibliografía tiene 57 páginas, y el índice onomástico, 12, ambos en letras menuda. El autor se tomó más de 20 años para investigar y escribir; conviene que nos tomemos un par de días para enterarnos de los resortes más frecuentes en la censura.
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