El Fondo Editorial de Nuevo León publicó un hermoso libro colectivo intitulado Alfonso Reyes. Dos Años en París, 1925-1927, libro editado por Adolfo Castañón, David Noria y Guillaume Pierre. Además de siete textos de buenos autores, uno encuentra todos los documentos del embajador mexicano en París, justo cuando empezaba la fase aguda del conflicto religioso. Al día siguiente de la entrada en vigor de la Ley Calles y de la suspensión del culto público, Don Alfonso apuntaba en su Diario:
“He telegrafiado a México manifestando mi adhesión al Presidente con motivo de la cuestión religiosa. Telegrafié a todos los jefes de misión mexicanos en Europa, invitándolos a adherirse. Comienzo a recibir agradecimientos”. Con toda razón, el embajador preveía la movilización de los católicos europeos, empezando por los franceses, a favor de sus hermanos mexicanos. La suspensión del culto, medida inédita, llamaba poderosamente la atención. Así fue, como lo demuestra el memorándum siguiente del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, con fecha del 3 de septiembre:
“El ministro de México vino personalmente al Ministerio e hizo la siguiente manifestación: Ayer saliendo de la Legación, un grupo de obreros franceses lo abordó para denunciarle el hecho de que se desplegaban en las calles de París, carteles calumniosos contra México.
Después de un breve trayecto, el ministro logró descubrir uno de estos carteles (pues no están muy difundidos, al menos, en los barrios centrales de la ciudad) en el boulevard Malesherbes. Es un cartel rojo, escrito con caracteres negros, donde se pretende que el gobierno del presidente Calles está fusilando mujeres y niños a causa del conflicto entre el Estado y la Iglesia que ha sido tan exagerado por las diligencias de las agencias periodísticas y se invita a los franceses de todos los partidos a no tolerar esta situación, y a ir al rescate de las supuestas víctimas mexicanas”.
A los pocos días, escribió Don Alfonso a su interlocutor en el Ministerio que, en la calle de Teherán, a un lado de la Legación, habían pegado uno de estos carteles. “Dado la proximidad de la Legación, es algo singularmente molesto, puesto que toda persona que viene a vernos no deja de comunicarnos su descubrimiento”. Efectivamente, el cartel, impreso en Orléans, tenía como encabezado ON FUSILLE AU MEXIQUE y empezaba con: “La sangre de los mártires corre en las calles y en las gradas del altar en México, Guadalajara, etc.” Y proseguía, en letras altas, “la sangre seguirá corriendo”. Los hechos eran ciertos. No se trataba de fusilamientos en el paredón, sino de la violencia militar a la hora del inventario en los templos. La sangre había corrido en México y Guadalajara, y en otras partes.
Don Alfonso dijo al Ministerio francés que el cartel era “un acto sedicioso contra el Gobierno legítimo de un Estado amigo de la Francia. Constituye también una injuria para el presidente Calles” y pidió una investigación sobre el hecho para evitar su repetición. Luego, en una entrevista de prensa, descartó toda posibilidad de guerra en México: “¿Cree usted que si hubiera verdaderamente una amenaza de guerra civil, no habría recibido ya instrucciones de mi gobierno? Mi sentimiento es que nos encontramos en presencia de una agitación superficial explotada por ciertos elementos políticos que se podrán contener con medidas policiales. Asunto de algunos días”.
En enero de 1927, a la hora del gran levantamiento católico, el general Amaro dijo al presidente Calles que no iba a ser una guerra, sino una partida de cacería que no duraría tres semanas. “¡Ojalá y no vayan a ser tres años!” contestó el gobernador de Jalisco, Barba González, que conocía su gente por haber sido militante católico en su juventud. El buen embajador se equivocaba, pero no fue el único en subestimar la gravedad de la crisis.
Historiador en el CIDE

