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Entre la infancia y la madurez, un umbral: la adolescencia y la juventud como estadios de búsqueda y crecimiento. Si bien ninguna etapa nos clausura como seres completos y los retos pertinentes a los años se suceden, ser adolescente y joven suele asociarse con el descubrimiento, la autoexploración, la definición del yo ante el mundo.
La antología Mírate por mi voz. Poesía de jóvenes para jóvenes (Ediciones Castillo, 2026) transita esos años cardinales. María Baranda reúne a poetas provenientes de varias generaciones de la Fundación para las Letras Mexicanas y a diversos ilustradores e ilustradoras para abordar, desde poéticas e itinerarios propios, aquellos años de encuentros y desencuentros.
Dieciséis poetas: Alejandro Adame, Ana Saldaña, Ángel Vargas, Clemente Guerrero, Esteban López Arciga, Jorge Luis González, Lázaro Izael, Lucía Cornejo, Lucián Rueda, María Gómez de León, Nicté Toxqui, Nora Cruz Flores, Orlando Mondragón, Rebeca Leal Singer, Renata García Rivera y Sarah Silva. Siete ilustradores e ilustradoras: Amanda Mijangos, Armando Fonseca, Gabriela Jaime, Ibi Abigail, Mariana Alcántara, Michelle Chávez y Sólin Sekkur. Veintiséis poemas. Un territorio temporal.

Esta diversidad de voces (desde la palabra y la imagen) se multiplica también en temas: el cuerpo, las pérdidas (de amigos o de mascotas), el espejo como símbolo del yo otro, los animales y la naturaleza, la radicalidad de las primeras veces, el deporte, lo accidental y lo incidental, los objetos, la violencia. La búsqueda incesante del yo, ya sea en el caracol o en el espejo, en el otro o en el juego. La posibilidad de sentir, de verdad sentir, lo bueno y lo malo, la añoranza y la rabia, el deseo o los celos.
En el abanico de registros encontramos imágenes cercanas, cotidianas, momentos redimidos o invitaciones a mundos lejanos. También hay poemas que invitan a la abstracción, al periplo interior o al objeto concreto. Hay estancias más fúnebres, cargadas del dolor, la violencia o las despedidas; otras luminosas como los viajes o las pasiones primerizas. El libro está poblado de pequeños actos de afirmación, como decidir qué tipo de bóxer queremos usar o la música que pondremos en nuestros audífonos. También de disoluciones: la muerte, el desamor o la decepción como partes de nuestro transitar.
Abundan los instantes primigenios: el cuerpo del otro que nos hace querer ser así, el propio cuerpo que de pronto es capaz de dar vida, pedacerías de papel para enamorarnos, heridas tales que no pueden volverse Kintsugi, momentos de “inadvertida infelicidad”, como cuando sabemos que hemos decepcionado a un amigo.
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Entramos a ese terreno baldío que abarca la adolescencia y la juventud, en esos años en que todo es nuevo, todo es abominable, y aun así y quizás por eso, radicalmente bello. El domicilio de la novedad que la experiencia, los desamores y los fracasos luego vuelven cotidianidad, ejercicio, la simple vida. Un tiempo que nunca termina de suceder; como escribe Lucía Cornejo “ahora es esta laguna”.
Habitamos ese tiempo para atrevernos, dolernos, jugarnos, conmovernos. En Mírate por mi voz, la distancia emocional se mide en pasos galácticos. El dolor en animales internos. La rabia en escalas telúricas. La violencia en rostros acongojados. El corazón en piel radiante o en un sol interno. Lo difícil de nombrar en mochilas de escuela. El mundo en fotografías que nunca se revelan del todo.
Los veintiséis poemas van acompañados del trabajo de siete artistas, y sus aportaciones oscilan entre los 3 y 5 poemas por ilustrador. Su acierto radica en la unidad, no de estilos, sino en la paleta cromática; cada uno puede jugar su carácter, pues unos se acercan más a las ilustraciones tipo cómic o a lo figurativo, otras juegan con el collage y lo pop, mientras que otros van más hacia lo difuso, lo difuminado o al boceto. En la paleta común destacan tonos de rosas, amarillos, negros, blancos o grises, en gamas desde el pastel hasta los tonos brillantes, con algunas rupturas bien pensadas en tonos rojizos, verdes terrosos, entre otros.
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La diversidad que se juega entre poéticas visuales y escritas permite al lector sentirse de nuevo en aquellos tiempos, volverse habitante del umbral. Por algo, la antología abre y cierra con espejos, desde la búsqueda del yo interior, pasando por el reconocimiento del otro, hacia el proceso de aceptación de que el cuerpo, este que veo y siento y habito, es el mío. No por nada el Mírate por mi voz del título: el yo poético se vuelve tú lector, un tú que ha vivido (o no) ciertas experiencias, y de ahí al nosotros compartido.
Es un libro para volver, para ejercitar diversas formas lecturas: los textos en su cuidada secuencia, los poemas sueltos al abrir una página al azar, el paseo por las imágenes solas, ver cómo dialogan ilustradores y poetas, o seguir las rutas de los ilustradores (alternados entre los diversos poetas). Leer en orden, en desorden, en el concierto y el desconcierto de aquella edad. Buscar cada vez el asombro al abrirlo. Preguntarnos: ¿quién recuerda y quién vive de nuevo el momento? ¿Quién se vuelve yo, tú, nosotros y se conjuga en otros pronombres? ¿Qué tanto de mi juventud me permito habitar cada día? ¿Quién ese tú que se mira y en qué voz lo hace?
Para los lectores más jóvenes, el libro ayudará a nombrar cosas que quizás aun no tienen nombre; para los que volvemos a esos años, representa la oportunidad de reconocernos eternamente jóvenes, siempre aprendientes.
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