Sonia estudia en la fría Vermont buscando construirse como novelista y habita una vida real que se siente tan falsa como las pinturas de Ilan, su novio, un artista que la desprecia veladamente. Sunny es un periodista estancado en Nueva York que acusa a su madre de haberlo criado de una manera tan occidentalizada que siempre sería un extranjero en su propio país. De estos dos jóvenes indios a quienes el azar junta en un tren nos cuenta Kiran Desai en La soledad de Sonia y Sunny (Salamandra, 2026).

En una historia sinuosa que se mueve entre décadas y países, desde India hasta Italia, pasando por Estados Unidos y México, Desai explora asuntos como el lugar del arte en nuestros tiempos, la globalización, el colonialismo, la necesidad de una identidad, la migración, la soledad, y la pertenencia a todos y a ningún lugar.

Nos gustaría empezar con la idea de la soledad, que atraviesa todo el libro. Y es curioso porque en inglés hay dos palabras que en español traducimos como soledad: solitude y loneliness. ¿Cuál es la diferencia?

Soledad tiene todos los matices de significado, desde la tristeza hasta la fortaleza. Y en español también es un nombre de mujer, que parece tener mucha fuerza, ¿verdad? Yo diría que loneliness representa el lado más doloroso, y solitude, un sentimiento más positivo, la belleza de la soledad y el encanto de estar solo. Solitude puede ser un estado enriquecedor y anhelado, mientras que loneliness tiene una connotación más traumática. Al pensar en la soledad empecé a considerar ambas cosas, permitiendo que cambiara de forma, transformándose en soledades más bellas y artísticas. Hay una soledad que implica ese momento en el que uno comprende o llega al sentido de uno mismo, o también el momento en el que uno se transforma en algo más, algo que no es posible cuando hay otras personas observándote y diciéndote lo que deberías ser. Así que empecé a pensar en la soledad también en términos de aislamiento, de alejarse de los otros para estar con uno mismo.

Por eso es que con este libro podemos reconocer los matices de la soledad y comprender que no se trata de un sentimiento universal que todos vivimos de la misma manera. Es, más bien, una forma particular de habitar el mundo, que depende del contexto y de otros factores.

Pensándolo desde la perspectiva tolstoiana, cada uno se siente solo a su manera. Creo que, precisamente por explorar diferentes ideas sobre cómo surge este sentimiento de soledad, quería hablar de ello en el ámbito personal. La soledad de esta joven, Sonia, surge de la desconexión con su identidad, la pérdida del sentido de sí misma a causa de una relación abusiva, para luego llegar a una soledad artística hermosa. Pero también me resultó interesante reflexionar sobre la soledad en el ámbito político. Me refiero a la soledad de una nación que se siente desplazada de sí misma, tal vez por su historia colonial o por sentir la mirada de otro país más poderoso sobre ella. Creo que muchos sentimos eso: nuestro destino no depende de nosotros mismos, sino del poder que otro país tiene sobre el nuestro, y no nos damos cuenta sino hasta que dejamos nuestro propio país y descubrimos cómo está atrapado en la mirada de otro y controlado por ella.

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En la novela también se habla de la soledad que viven las personas migrantes.

Es la soledad de una minoría en tiempos de nacionalismo creciente. Yo trato de narrar lo que eso significa para las personas que quedan excluidas de una historia en particular, esas a quienes se les dice que ya no pertenecen. Y luego, sin duda, está la soledad elegida por la madre de Sonia, que deja a su marido y le dice a su hija que hay cosas peores que la soledad, pues esta puede significar simplemente la ausencia de miedo. Esa emoción también cobró importancia: aunque sea dolorosa, la soledad es una elección importante y necesaria.

Sobre los migrantes, con el libro nos hizo pensar en el peso enorme de esa palabra, que a veces usamos a la ligera sin comprender los matices de esa experiencia. Por ejemplo, es diferente ser un migrante recién llegado a ser uno de tercera generación.

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Es así. Yo vivo en un barrio de Nueva York con una gran población inmigrante. Desde mi ventana veo la vida de todos los días, así que puedo observar cómo han cambiado las cosas: lo que la gente siente en torno a la migración, las conversaciones, el vocabulario. Por ejemplo, las palabras son diferentes ahora a las de hace diez o veinte años. Respecto a lo que dices de la diferencia entre generaciones, a menudo he notado la carga que sienten los niños nacidos en Estados Unidos, que sufren la soledad de sus padres. Muchos lectores me han dicho: “Ahora sí entiendo a mi madre o a mi padre”: la angustia de la soledad materna, la preocupación por lo sola que se sentía la madre por el aislamiento lingüístico o por otro motivo. Eso también me resulta interesante.

La soledad de Sonia y Sunny marca el regreso de Kiran Desai a la novela después de veinte años. Especial
La soledad de Sonia y Sunny marca el regreso de Kiran Desai a la novela después de veinte años. Especial

Usted narra con mucha destreza toda esa mezcla de nacionalidades en un país construido en buena parte por migrantes.

Es todo un tema, incluso hablando de países no occidentales, donde la migración es mucho mayor: cuántos afganos emigraron al mundo occidental, cuántos se mudaron a Pakistán, cuántos sirios se mudaron a Turquía, cuántos se mudaron al mundo occidental. A menudo es un tema mucho más serio en el mundo no occidental, aunque domine las noticias en el mundo occidental. Pero creo que también debemos pensar en otros países y en el vocabulario y el idioma que se utilizan allí. A veces pienso que se trata de una crisis de soledad mucho mayor, de la que ni siquiera se habla; es simplemente una reacción violenta, se cierran las puertas y es una situación aterradora e hipócrita. En países como India nos preocupa mucho cómo se trata a los migrantes indios en el extranjero, pero nadie habla de cómo se trata a un refugiado de Myanmar en India, por ejemplo.

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Muchas veces hemos oído decir que la literatura no debería dar respuestas, y usted nos pone frente a personajes que siempre están haciendo y haciéndose preguntas.

Cada uno piensa de manera diferente sobre su país, sobre irse, sobre la relación de India con el mundo occidental. Todas son reflexiones distintas. Pero estoy de acuerdo: yo no sentí la necesidad de dar respuestas porque creo que este libro está lleno de contradicciones. Y sentí que en el momento en que un personaje decía algo, lo contrario también era cierto. Sentí que tenía que incluir todas estas ideas diferentes, muchas de ellas contradictorias, lo que significa que no hay una sola respuesta.

… aunque sus personajes siempre encuentran alguna.

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Porque no creo que las respuestas desaparezcan. Es decir, la gente piensa que la trayectoria de una narrativa debería ser: te sientes solo, te vas. Esa es una trayectoria muy común en la literatura estadounidense: dejas un país sin libertad y difícil, emprendes un viaje heroico a Estados Unidos, te sientes solo, luego te sientes cada vez más integrado y se convierte en una historia de éxito. Los escritores siguen escribiendo sobre eso; hay una sed insaciable por esa narrativa, ¡se insiste tan fuertemente en ella! Por eso me resulta interesante ver a los autores que ya no la utilizan, que escriben de forma diferente y afirman que esas respuestas y esas preguntas siguen vigentes. En Estados Unidos la narrativa nacional cambia constantemente y con ella también cambia nuestro sentido de pertenencia, porque el país que queda atrás nunca queda realmente atrás. Simplemente vivimos en muchos lugares diferentes a la vez y con muchas personas en diferentes lugares simultáneamente en nuestra mente.

Precisamente sobre el sentido de pertenencia, ¿cómo interpreta la idea de identidad desde su ser migrante y como escritora? Identidad también es una palabra enorme y la decimos mucho, pero poco la comprendemos en su complejidad.

¡La decimos mucho! Seguimos repitiendo la palabra identidad y decimos: “Necesito encontrar mi identidad”, “Necesito reivindicar mi identidad” o “Esta es mi identidad". Y es muy interesante pensar en el impulso opuesto, el de huir de tu sentido de identidad, huir de tu yo. Es algo que los humanos siempre han hecho, ya sea a través del amor, la religión, el arte, la metáfora o cualquier otra cosa; también tenemos el impulso opuesto. En cuanto a la migración y la exigencia de un sentimiento patriótico por parte del inmigrante, todo desemboca en una menor autoestima, una menor firmeza en la identidad, porque se ve lo inestable que es, lo fácil que es cambiar y transformarse en otra cosa según las circunstancias, y lo fácil que es asumir un rol diferente. Creo que uno de los personajes de mi novela dice que la inmigración es una gran estafa. Eres tan consciente de la inestabilidad de tu sentido de identidad, que proclamar esa declaración patriótica debería ser —creo— mucho más difícil. Te vuelves muy cauteloso con una bandera y con ese tipo de símbolos.

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Otro asunto que usted plantea es que los dioses también son extranjeros.

India es un país tan diverso en cuanto a religión, por lo que el elemento místico es muy importante debido a las grandes divisiones y el conflicto constante entre las dos religiones principales, el hinduismo y el islam. El único lugar donde se encuentran es en ese reino de lo místico, y la idea de transformación, de dioses que se transforman, se vuelve importante. La idea del exilio y de ser un extraño se convierten en ideas espirituales importantes. Creo que uno de los personajes cita al poeta Rūmī cuando dice que tanto el exilio como el amor sacuden tu sentido de identidad. Por eso la idea de no pertenecer, siendo un principio espiritual central, se volvió interesante para mí en este libro. Ayer fui al Museo del Oro (en Bogotá), que es muy hermoso, y viendo las explicaciones sobre los dioses prehispánicos, encontré que también está presente esto de la transformación. Me sorprendió mucho ver ese gran énfasis en la idea de moverse entre mundos.

Usted dice que su conocimiento de India ahora es muy fragmentado. Eso también les ocurre a sus protagonistas y a los países latinoamericano, por ejemplo. Hay una gran ruptura con la idea de nación.

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Es realmente interesante, porque cuanto más se impone esta narrativa nacional o el sentido de una sola nación —algo que está ocurriendo mucho en la India ahora mismo—, menos cierto parece ser; cuanto más se intenta imponer esa estructura, más forzado resulta, y es extraño pensar que una forma más difusa sea más fuerte. La transformación que se ha producido en India durante las últimas dos décadas ha consistido en deshacer la diversidad, en imponer un solo idioma y una sola religión. Es un proceso tremendamente violento que implica censura de prensa e imponer el terror sobre las minorías.

¿Qué tan diferente era cuando usted vivía allá?

Yo crecí en India en una época maravillosa y nunca fui consciente de que no hablábamos ni pensábamos en términos de minorías. Era normal tener amigos de otra religión; yo no pensaba en que los amigos de mis padres profesaban religiones diferentes; solo ahora me doy cuenta de que sus amigos más cercanos eran musulmanes, sijs, cristianos, pero no pensábamos de esa manera. Eso parece un lujo increíble ahora, cuando todo el mundo es tan consciente de ello, transforma todo en una nación y hace que la mayoría sea muy paternalista con las minorías. Esa fue una de las cosas sobre las que escribí en este libro: cómo cambia la amistad. Es una tragedia enorme que ya no le hables a tu amigo de la misma manera, porque de repente eres consciente de que es musulmán, algo que antes no tenía relevancia.

Usted vivió en México, ha leído ampliamente a Octavio Paz, y con eso nos llevó a Julio Cortázar —porque eran grandes amigos— y su Rayuela, que originalmente se iba a llamar Mandala.

Es que es enorme el interés de los escritores latinoamericanos por el orientalismo, por India, y eso me resulta fascinante. Un académico indio acaba de escribir un libro sobre Octavio Paz en India, y es fascinante ver fragmentos de sus escritos, de sus diarios, explorando la idea orientalista y viendo el problema que plantea esa palabra. Edward Said escribió un libro sobre el orientalismo y habló de cómo la mirada occidental sobre la India transformó los problemas de esa mirada. Pero, por supuesto, también las ideas, los libros sobre orientalismo, llegaban a Latinoamérica a través de escritores occidentales en aquella época. Y también pensaba: ¿cómo conciben el surrealismo los escritores indios? ¿Qué significa para un indio un pintor surrealista, un escritor surrealista? Son ideas muy interesantes. Para mí fue fascinante leer Pedro Páramo y pensar en escritoras surrealistas como la grandiosa Leonora Carrington, a quien yo considero fantástica y en Europa se la despreciaba por loca.

En 2027 se conmemorará el centenario del nacimiento de Gabriel García Márquez, un autor que a usted le gusta mucho. ¿Cómo cree que dialogan nuestras literaturas y nuestras culturas a través de autores como él, como Juan Rulfo? Alguna vez vimos un libro que analiza las similitudes entre Cien años de soledad y el Mahabharata, por ejemplo.

Los admiro a ellos y también soy gran fan de Bolaño, porque escribió sobre la migración de una manera extraordinaria; creó cien historias de poetas anónimos supuestamente insignificantes, y al final construyó este inmenso tsunami de voces. Fue realmente fabuloso ver cómo, en lugar de centrarse en una historia, como se esperaría de una novela, la descompuso en moléculas en movimiento para hacer una historia tan conmovedora. Sobre Paz, él dijo que hay una relación entre el mole y el curry —lo cual es un hecho—, porque hubo una princesa india que fue capturada por piratas y llevada a México, y desde ahí la gente ha intentado establecer un vínculo entre la civilización maya y la civilización hindú, haciendo comparaciones entre esas dos religiones antiguas.

Usted logra plantear una especie de conversación muy divertida en esta novela.

La planteo desde la forma en que la gente habla, tratando de hacer conexiones. En mi libro un indio va a México, conoce a un hombre en el autobús y le dice: Ustedes tienen chiles, nosotros tenemos chiles; ustedes tienen arroz, nosotros tenemos arroz; ustedes tienen tamarindo, nosotros tenemos tamarindo; ustedes son gente de familia grande, nosotros somos gente de familia grande; ustedes tienen cabello largo y negro, nosotros tenemos cabello largo y negro; ustedes fueron maldecidos por los españoles, nosotros fuimos maldecidos por los británicos; ustedes tenían el cero, nosotros teníamos el cero; mientras que los europeos vivían en la suciedad, ustedes y nosotros teníamos el oro y la astronomía.

Esas conversaciones también están en una mirada literaria como la de Paz, por ejemplo.

Están en la mirada artística, en el ojo de Paz yendo a India, en el ojo de la fotógrafa Graciela Iturbide, que trabajó en India. Las conexiones siempre están ahí, a veces más en el mundo de las sombras, en las voces de Juan Rulfo, en sus historias de fantasmas. Es lo que plantea Salman Rushdie con Los hijos de la medianoche: No entiendo el término realismo mágico; para mí es la vida real; yo vi un árbol con un millón de mariposas, no era una imagen de un ámbito mágico. Y García Márquez hablaba de la misma manera sobre el país de su infancia. Recuerdo leer en Vivir para contarla, cuando él regresa a la plantación de bananos y a la casa de sus abuelos, una cosa extraordinaria. Esa también es una historia muy india: tomar el tren de regreso y encontrarte de nuevo con tu tía anciana, que lleva puesto su camisón, sentada en la veranda; las memorias de Arundhati Roy hablando de esa vieja casa que era propiedad de su tía soltera, una profesora de literatura que nunca se casó, y el hermano que ha regresado de Oxford, y su madre con sus gafas de sol oscuras, que usa todo el tiempo y toca el violín. Puedo ver eso en una novela latinoamericana, esos personajes similares, la idea del pasado, viviéndolo y escribiéndolo de una manera tan bella.

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