El hallazgo de 179 piezas prehispánicas en 13 depósitos rituales dentro de una cueva en la localidad de Cintalapa, en Chiapas, revela más sobre la vida y cultura de los zoques, habitantes de esa región que fueron, en cierta medida, relegados de la historia por no contar con grandes construcciones arquitectónicas, pero sí con una cosmovisión importante y una potente relación la naturaleza.
El hecho mismo de que las 13 ofrendas se encontraran en una cueva a 10 metros de altura, y que es protegida por una cascada que está activa gran parte del año, habla de la importancia de los elementos de la naturaleza para esa sociedad, la cual desciende de la cultura olmeca.
En las ofrendas se encontraron objetos cerámicos, como incensarios, urnas-efigie y cajetes, muchos con representaciones de jaguares, tecolotes y serpientes.

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“En la cosmovisión zoque, estos tres animales están vinculados al mundo nocturno y a las cuevas: el jaguar (kank), simboliza la oscuridad y es guardián del inframundo y del corazón del monte; el tecolote se asocia con la noche y la sabiduría, y la serpiente, con la fuerza y el ciclo de la vida y la muerte”, dijo en entrevista con EL UNIVERSAL el arqueólogo Josuhé Lozada Toledo, quien junto con un equipo multidisciplinario dirigió las exploraciones en la cueva, situada en las inmediaciones del Arco del Tiempo, una de las bóvedas naturales más grandes del mundo, en el cañón del río La Venta.

La cueva fue descubierta originalmente por Jairo Díaz, un guía local de la zona certificado y que encontró el sitio en 2010. Sin embargo, fue apenas este año que los investigadores decidieron hacer la inmersión a la zona, la cual es de difícil acceso y se requiere de materiales especializados y procedimientos especiales. A este tipo de exploración, Lozada Toledo la ha nombrado “arqueología en lugares extremos”.
El especialista dice que la decisión que se tomó fue hacer las exploraciones con permiso de la comunidad, por lo que desde el inicio se acercaron a los pobladores.
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Es importante mencionar que la cueva permaneció sin alteraciones por ambos factores: el difícil acceso al sitio y la protección de la comunidad. “Para entrar se tiene que hacer un rappel de 10 metros de altura, hay que entrar con equipo especializado, con arnés, cuerdas y casco”, explica el arqueólogo.
Uno de los objetivos principales de la exploración es hacer un registro, un atlas de cuevas que fueran parte del entorno de los zoques. “Fue todo un reto porque el equipo para hacer la exploración fue multidisciplinario, no sólo éramos arqueólogos, sino escaladores, espeleólogos, fue una investigación a la que muchas veces los arqueólogos no tenemos acceso porque no contamos con ese equipo especial para acceder, tuve que aprender técnicas de escalada para poder acceder, es hacer arqueología en lugares extremos”, explicó.
Lozada Toledo informó que la cueva es un lugar de difícil acceso, “una especie de castillo subterráneo”. “Vas entrando por una serie de huecos de túneles, de repente se abren algunas otras galerías, pero lo más impresionante es que en época de lluvia hay una parte de la cueva que queda inundada, ahí hay un paso estrecho de unos 3 metros que te conecta a otra galería, ese paso queda inundado cuando llueve”, señaló.

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Petición de lluvia
Como las ofrendas estaban depositadas en la parte más profunda de la cueva, la interpretación de los expertos es que se colocaron ahí en temporada seca, probablemente mientras azotaba una sequía a la región, alrededor del 700 de nuestra era.
“Pensamos que los zoques llegaban en época de secas para realizar ahí sus ofrendas, sus depósitos rituales y posteriormente salían. Cada vez que había una gran sequía era el momento en el que los zoques realizaban este pasaje, esta peregrinación que los llevaba hasta el hasta el final de la cueva. Lo que sí me impresiona mucho es, por ejemplo, pensar cómo los antiguos zoques de hace 1300 años entraron a la cueva con ayuda de antorchas que cuidaron muy bien para que no se les apagara el fuego y perdieran visibilidad”, detalló el investigador.
Lozada Toledo narró que al acceder a la cueva por primera vez visualizó los elementos de las ofrendas, es decir, trastes y artefactos de uso diario, así como sahumadores y restos de copal.
“Me di cuenta de que se trata de un contexto extraordinario. Es un contexto fuera de serie, es único. Yo nunca había visto algo igual. De hecho, revisando la literatura, no hay una cueva antes reportada con esta cantidad de ofrendas y sobre todo con la disposición tan especial de estos depósitos rituales. Constituye un hallazgo de primer orden”.

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De acuerdo con las primeras conclusiones, el arqueólogo afirma que los contextos rituales no fueron modificados desde que fueron depositados, son una cápsula del tiempo.
“No encontramos restos óseos humanos aún, solamente hemos encontrado la cerámica, pero de diversos tipos. Eso sí nos llamó mucho la atención. Básicamente toda la cerámica es cerámica ritual o cerámica ceremonial, que consiste en cajetes, sobre todo cajetes pequeñas ollas y sahumadores. Los sahumadores eran para colocar copal prenderlo y, a través del humo, lograr la comunicación entre los humanos y los no humanos, es decir, las deidades, los ancestros”, explicó.
La cueva era para los zoques un portal a otro mundo, en el que realizaron importantes peticiones de lluvia. “Hay algo muy fuerte que los estaba motivando a llegar hasta el final de la cueva. El motivo principal que llevaría a los zoques a llegar a lugares tan profundos dentro de la cueva era que estaban en un momento de una sequía extrema, estamos hablando de una sociedad que está pasando por un cambio climático muy fuerte”.
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Para Josuhé Lozada, la historia de los zoques quedó un tanto relegada de la historia prehispánica, principalmente por una falta de “monumentalidad”, es decir, no construyeron grandes pirámides, eran una sociedad que habitaba y creía en los elementos naturales.
“La monumentalidad de los zoques radica, desde mi punto de vista, en su paisaje ceremonial, en su paisaje sagrado. El paisaje sagrado de los zoques tiene que ver con las montañas, tiene que ver con las cuevas y también con el agua. De tal manera que los zoques no necesitaban construir grandes pirámides, porque las pirámides ya las tenían en la naturaleza, tampoco tienen que construir grandes templos porque sus templos eran las cuevas”, apuntó.
Las investigaciones continuarán con nuevas exploraciones, su registro mediante fotogrametría tridimensional y estudios especializados que permitirán comprender con mayor precisión la cronología e importancia cultural del sitio arqueológico.
También se contemplan exámenes detallados de las partes interiores de los objetos cerámicos, los cuales presentan buen estado de conservación, pues probablemente resguardan residuos químicos, restos de copal, cenizas o, incluso, huesos humanos.
Se planea también que el sitio, en algún punto, pueda ser visitado por turistas especializados, con todas las gestiones del INAH y permisos estatales.

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