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Madrid.— Cuatro amigos tomaban una cerveza ayer después de hacer deporte en un gimnasio público de Madrid. Tres de ellos habían votado en las elecciones por “los venezolanos”, como se referían a Podemos irónicamente. El otro no sufragaba aún. En diciembre apoyó a Podemos, pero esta vez quería cambiar al PSOE basándose en complicados cálculos electorales. “Si el PSOE queda por delante, puede favorecer un pacto entre ellos; si Podemos gana, parte del PSOE no querrá negociar con él”, explicaba.
Los españoles han pasado los últimos meses imitando a sus políticos, discutiendo pequeños pactos electorales en casa y en los bares, estudiando si al votar a la izquierda en realidad favorecían a la derecha, o viceversa. Desde el fracaso de las elecciones en diciembre, han sido seis meses de especulaciones alimentadas por las encuestas, que ayer fracasaron tras vaticinar una mayoría de izquierda. Todas las charlas de cantina se las llevó como un vendaval el contundente resultado en favor del Partido Popular.
Mariano Rajoy, sin cambiar un milímetro su discurso, se impuso a sus rivales y convenció a un país con 4 millones de parados y una recesión que dura una década. Entre los votantes ganó el miedo a que la economía vuelva a paralizarse o que el Brexit y las tempestades internacionales sean un reto demasiado grande para los candidatos de izquierda, con poca o nula experiencia de gobierno.
Una de las peculiaridades de las elecciones españolas es que el recuento de voto es muy rápido. Y a medida que la victoria del PP se materializaba, sus simpatizantes saltaron a la calle, sorprendidos de que el partido haya ganado 14 escaños respecto a las elecciones de diciembre. La estrategia de Rajoy de no arriesgar, mientras sus rivales hacían cábalas sobre pactos y relevos, se atacaban entre ellos y construían castillos en el aire, funcionó.
Rajoy se limitó a ganar los comicios. Anoche, incluso los votantes de izquierda más contrarios a Rajoy bajaban los brazos: “Si es lo que la gente quiere, que gobierne él, pero no sigamos con este debate interminable”, decía decepcionado Pablo L., uno de ellos.
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