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La varicela representa una de las experiencias patológicas más frecuentes durante la etapa infantil. No obstante, el hecho de superar la enfermedad no implica la erradicación del agente causal.
De acuerdo con investigaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el virus de la varicela-zóster posee la capacidad de entrar en un estado de latencia dentro de los ganglios nerviosos, estructuras neuronales que actúan como estaciones de relevo sensorial a lo largo de la médula espinal y la base del cerebro.

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Debido a que las neuronas son células de gran longevidad y mínima renovación, el virus encuentra en ellas un refugio ideal. José Luis Alfredo Mora Guevara, secretario académico de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Zaragoza de la UNAM, refiere que mientras el sistema inmunológico se mantiene íntegro, este ejerce una vigilancia constante que impide la replicación viral durante décadas.
Sin embargo, factores como el envejecimiento, el estrés crónico o enfermedades inmunodepresoras (cáncer o VIH) pueden romper este equilibrio.
La reactivación viral y el trayecto de los dermatomas
Cuando las defensas del organismo disminuyen, el virus se reactiva en un ganglio específico y se desplaza a lo largo del nervio sensorial hacia la superficie cutánea.
Este proceso provoca una inflamación severa y daño neuronal que altera la transmisión de señales al cerebro. Según datos de la UNAM, en México ocurren aproximadamente 220,000 casos nuevos cada año, afectando principalmente a adultos mayores de 50 años.
La manifestación clínica es característica: el dolor y las lesiones no aparecen de forma aleatoria, sino que siguen trayectos precisos denominados dermatomas.
Al respecto, el doctor Mora Guevara precisa que "el zóster empieza normalmente con un dolor quemante, picazón u hormigueo en un área limitada del cuerpo", respetando casi siempre la línea media del organismo. Esta distribución unilateral permite a los especialistas diferenciarlo de otras afecciones dermatológicas mediante un diagnóstico clínico basado en la apariencia de las vesículas.

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Complicaciones oculares y la importancia de la prevención
Una de las formas más críticas de esta enfermedad ocurre cuando el virus afecta el nervio oftálmico. De acuerdo con protocolos de salud especializados, como los referidos por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), si la erupción aparece en el ojo o la punta de la nariz, el riesgo de queratitis (inflamación de la córnea), uveítis o glaucoma aumenta drásticamente, pudiendo derivar en una pérdida de visión irreversible.
Para mitigar estos riesgos, el tratamiento antiviral debe iniciarse idealmente dentro de las primeras 72 horas tras la aparición de las lesiones. No obstante, la estrategia más robusta es la prevención.
El especialista de la UNAM enfatiza que la vacunación es la medida más eficaz. Actualmente, la vacuna recombinante (Shingrix) ofrece una eficacia superior al 90% para prevenir tanto el brote inicial como la neuralgia posherpética, una complicación de dolor crónico que puede persistir meses o años tras la desaparición de las costras.
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