El incremento de las temperaturas globales y las olas de calor persistentes han dejado de ser solo una preocupación climática para convertirse en un factor de riesgo sanitario directo. Según investigaciones de la Gaceta UNAM y especialistas del Instituto de Oftalmología, el calor extremo actúa como un catalizador en la formación de cataratas, una condición caracterizada por la opacidad del cristalino que impide el paso nítido de la luz.
Este fenómeno se vincula estrechamente con la radiación ultravioleta (UV), la cual es más intensa durante los periodos de altas temperaturas, provocando un daño acumulativo en las células oculares.

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Mecanismos biológicos del daño ocular por estrés térmico
La relación entre el calor y las cataratas reside en la desnaturalización de las proteínas. De acuerdo con estudios publicados por la American Academy of Ophthalmology (organización líder en investigación oftalmológica a nivel global), el cristalino está compuesto principalmente por agua y proteínas organizadas de forma específica para mantener la transparencia.
Cuando el ojo se expone a un calor intenso y constante, ocurre un proceso similar a la oxidación acelerada. Los expertos señalan que "el estrés oxidativo inducido por la radiación térmica altera la estructura de estas proteínas, provocando que se agrupen y nublen la visión".
Además del daño directo al cristalino, el calor extremo exacerba el síndrome del ojo seco. De acuerdo con la plataforma especializada Mayo Clinic Proceedings, las altas temperaturas ambientales aceleran la evaporación de la película lagrimal, dejando la superficie del ojo vulnerable a irritaciones y queratitis.
Esta falta de lubricación constante debilita la barrera protectora del globo ocular, permitiendo que la radiación UV penetre con mayor agresividad en las capas internas, lo que eventualmente deriva en el desarrollo temprano de cataratas en poblaciones que no utilizan protección adecuada.

Medidas de prevención frente a las crisis climáticas actuales
La prevención se ha vuelto el eje central de las recomendaciones de los organismos de salud. Según el archivo técnico de la World Health Organization (en su apartado de salud ocular y radiación), el uso de lentes con filtro UV400 es indispensable, pues no solo bloquea los rayos invisibles, sino que reduce la carga térmica sobre la zona orbital. De igual manera, se recomienda el uso de sombreros de ala ancha y evitar la exposición directa entre las 10:00 y las 16:00 horas, periodo en el que la incidencia solar alcanza sus niveles más críticos para la salud humana.
La National Library of Medicine (a través de sus repositorios sobre higiene ambiental) subraya que la hidratación sistémica también juega un papel fundamental. Al mantener el cuerpo hidratado, se favorece la producción de lágrimas de mejor calidad, lo cual ayuda a regular la temperatura de la superficie ocular (mediante la termorregulación lagrimal).
Las cataratas ya no se consideran exclusivamente una dolencia de la vejez, sino una consecuencia directa del entorno ambiental, lo que obliga a la población a adoptar hábitos de protección visual como una medida de supervivencia ante los cambios climáticos del siglo XXI.
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