La Ciudad de México, epicentro de manifestaciones sociales y políticas, ha sido escenario de múltiples expresiones colectivas que buscan visibilizar injusticias.
Entre ellas destacan los antimonumentos, estructuras levantadas sin aval oficial, pero con un fuerte peso simbólico. Su finalidad es clara: no dejar que las víctimas de tragedias o abusos de Estado caigan en el silencio.
El pasado 16 de agosto, en el marco de la marcha pacífica pro Palestina y el Encuentro Nacional de Solidaridad con Palestina y los Pueblos que Resisten contra el Sionismo, un grupo de activistas instaló un antimonumento frente al Museo de Memoria y Tolerancia y la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).

Con esta acción, se sumó un nuevo capítulo a la lista de memoriales ciudadanos que han surgido en la capital mexicana.
A diferencia de los monumentos oficiales —creados por gobiernos para conmemorar héroes o eventos desde un discurso institucional—, los antimonumentos nacen desde la ciudadanía como respuesta a la impunidad y la falta de empatía del Estado.
El antropólogo Alfonso Díaz Tovar, especialista en memoria social, explica que estos símbolos buscan deconstruir los discursos oficiales mediante la apropiación del espacio público. Mientras los monumentos tradicionales aspiran a perdurar, los antimonumentos se caracterizan por su temporalidad y su carga contestataria.
De igual forma la Universidad Anáhuac los define como “un espacios de memoria que generan conciencia y mantienen viva la demanda de verdad y justicia”. Así, cada estructura representa una herida social, pero también una resistencia colectiva frente al olvido.
La capital mexicana se ha convertido en un mapa vivo de antimonumentos. Desde Paseo de la Reforma hasta el Zócalo, cada instalación recuerda tragedias que marcaron al país. Estos son algunos de los más representativos:
Estos espacios no solo son recordatorios físicos, también se han vuelto puntos de encuentro para marchas, actos culturales y denuncias colectivas.
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La instalación más reciente, dedicada a Palestina, se suma a este paisaje de memoria colectiva. Su ubicación frente al Museo de Memoria y Tolerancia no es casual: busca conectar la lucha internacional contra el apartheid y el genocidio con la historia mexicana de resistencia civil.
Para los activistas, el antimonumento simboliza solidaridad con un pueblo que sufre violencia estructural y, al mismo tiempo, refleja la capacidad de la sociedad mexicana de empatizar con causas globales.
De esta forma, los antimonumentos no solo narran tragedias nacionales, también articulan un discurso universal de justicia, resistencia y dignidad.
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