La democracia comienza a vaciarse mucho antes de que desaparezcan las elecciones: se debilita cuando los partidos dejan de representar a los ciudadanos y comienzan a representarse únicamente a sí mismos. Ese es uno de los mayores problemas políticos de México. Si los partidos pierden militantes, causas y proyectos; en su lugar acumulan administradores, cuotas y propietarios informales que los manejan como si fueran negocios particulares, estamos en problemas.

Durante buena parte del siglo XX, los partidos tenían una identidad reconocible. Representaban a trabajadores, empresarios, campesinos, estudiantes o grupos sociales con demandas concretas. Podíamos estar de acuerdo o no con sus propuestas, pero sabíamos qué diagnóstico hacían del país y cuál era el proyecto que defendían. Cuando esa conexión se rompió, dejaron de ser comunidades políticas y se convirtieron, demasiadas veces, en simples estructuras para repartir candidaturas.

De esto platiqué con Edmundo Jacobo, exsecretario ejecutivo del IFE y del INE, en el podcast En Blanco y Negro. La conversación completa puede verse en . Jacobo explicó que los partidos terminan teniendo dueños cuando se vacían de ciudadanía: sus burocracias se reproducen, controlan dirigencias, distribuyen posiciones y llegan incluso a operar como franquicias electorales, aunque legalmente sean instituciones de interés público.

México no vive solamente una crisis de oposición. Vive una crisis de representación. El ciudadano frustrado entonces comienza a buscar a una persona que prometa resolverlo todo, rápido y sin obstáculos. Donde no hay instituciones confiables, aparece el caudillo; donde no hay competencia de ideas, se impone la voluntad del dirigente.

Morena ilustra parte de ese riesgo. Como señaló Edmundo Jacobo, su propia denominación habla de un movimiento, no necesariamente de un partido plenamente institucionalizado. Fue construido alrededor del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, quien continúa siendo un referente político aunque ya no ocupe formalmente la Presidencia. Esa dependencia le dio cohesión y fuerza electoral, pero también representa su mayor fragilidad: si las reglas dependen del líder, las ideas y los contrapesos terminan subordinados a su voluntad.

Una democracia no desaparece únicamente cuando se cancelan los comicios. También puede deteriorarse cuando quien gana utiliza su mayoría para cambiar las reglas y disminuir la posibilidad de perder después. La captura de árbitros, el debilitamiento de organismos autónomos y la reducción de los contrapesos convierten poco a poco la competencia en una simulación. La reforma judicial, por ejemplo, puede trasladar la disputa partidista a un poder cuya función debería ser limitar al Ejecutivo y proteger el orden constitucional.

Los árbitros electorales tampoco son un lujo. Permiten que el ganador obtenga legitimidad, que el perdedor acepte el resultado y que la ciudadanía conserve la certeza de que puede sustituir pacíficamente a sus gobernantes. Una cancha no es pareja cuando un equipo juega con once integrantes y el otro con dos, ni cuando el árbitro responde a uno de los contendientes. Sin equidad, las elecciones pueden existir formalmente y, aun así, perder credibilidad.

Las barreras para crear nuevas opciones también protegen a los partidos establecidos. Jacobo recordó que antes podía solicitarse el registro de una organización política cada tres años y ahora solamente cada seis, mientras que el porcentaje necesario para conservarlo pasó de 2% a 3%. En lugar de facilitar la competencia y permitir que el elector decida qué opciones sobreviven, quienes ya están dentro elevan los obstáculos para quienes buscan entrar.

Este deterioro no se queda en el terreno político. Cuando las reglas pueden modificarse por voluntad de una mayoría y los contrapesos pierden independencia, también aumenta la incertidumbre económica. Las inversiones importantes se planean durante décadas y requieren confianza en las leyes, en los tribunales y en las instituciones. Sin reglas estables, disminuyen los incentivos para invertir, producir y crear empleos.

La salida no consiste en abandonar la política, sino en devolvérsela a la ciudadanía. Necesitamos partidos abiertos, árbitros independientes, vigilancia cotidiana y una oposición que no se limite a gritar o rechazarlo todo, sino que reconozca aciertos, demuestre errores y proponga soluciones mejores. La democracia no se defiende solamente al votar: se defiende participando, exigiendo y organizándose. Los partidos dejaron de representar cuando los ciudadanos se alejaron; podrán volver a hacerlo cuando los ciudadanos los recuperen.

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