16 | OCT | 2019
Familiares de los presuntos responsables de los ataques en España se reunieron ayer con la comunidad musulmana para condenar el terrorismo. (FRANCISCO SECO. AP)

Terroristas de Barcelona: de jóvenes deportistas a máquinas de matar

20/08/2017
03:40
Barcelona
Jerónimo Andreu - Enviado
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Los miembros de la célula yihadista que atacó en España tenían un estilo de vida común; nadie sospechaba de su radicalización

Las investigaciones sobre los componentes de la célula terrorista responsable de los atentados de Cataluña ofrecen un perfil inusitado de yihadistas.

Ni inmigrantes con problemas de integración, ni combatientes regresados de Siria e Irak. La sociedad española se enfrenta con asombro a la noticia de que la docena de responsables de los dos atentados que han causado 14 muertos, cientos de heridos y un daño económico y social incalculable a Barcelona son jóvenes de un pueblo idílico de las montañas.

España tiene 1.9 millones de musulmanes, 4% de la población, de acuerdo con la Unión de Comunidades Islámicas de España. Medio millón viven en Cataluña, una de las regiones con más empleo del país. La mayoría de los musulmanes de Barcelona son marroquíes, paquistaníes y bangladesíes, como se puede comprobar en una visita a la mezquita de Tariq Bin Ziyad, cerca de La Rambla, centro de los atropellos del jueves.

“Vine a rezar por las víctimas. Esos asesinos mancharon el nombre del islam”, explicaba en la puerta del templo el marroquí Nabil. Muchos de los musulmanes presentes defendían que la ciudad era un modelo de integración y que rechazaría intentos de atacar a la comunidad islámica. Otros temían brotes de islamofobia y recordaban las pintadas con las que amaneció el viernes la mezquita de Montblanc: “Vais a morir, putos moros”.

El modelo de inmigración en España es muy diferente al de Reino Unido, Francia o Bélgica. En España no son comunes los barrios exclusivamente de musulmanes, pero lo más parecido a eso puede encontrarse en la periferia de Barcelona, el barrio de El Raval o ciudades obreras como Barcelona y Sabadell.

Los miembros de la célula que atentó el jueves con el apoyo de Estado Islámico no entran en ese perfil. Son la mayoría vecinos de Ripoll, una localidad con 11 mil habitantes, 5% magrebíes, en un paradisíaco rincón de la cordillera de los Pirineos en el que apenas hay desempleo. Tenían entre 17 y 25 años, muchos de ellos eran familiares, estaban bien integrados y compartían círculo social.

En el pueblo, según medios españoles, se los recuerda por su habilidad jugando en el equipo de fútbol local o porque se les veía a menudo paseando en bicicleta por las plazas. Esta cercanía entre ellos fue lo que permitió a los jóvenes conspirar para diseñar su plan asesino sin levantar sospechas.

Ninguno tenía antecedentes por terrorismo, aunque alguno sí había cometido delitos menores, como Driss Oukabir, hermano de Moussa, uno de los abatidos a disparos por la policía en el ataque de Cambrils.

Driss (28 años) vendía hachís y tuvo problemas con la policía por malos tratos. Su hermano Moussa (17 años), por el contrario, era considerado un chico modelo. Esa situación cambió en los últimos meses, cuando los jóvenes comenzaron su proceso de radicalización. La policía trabaja con varias hipótesis. Una de ellas es que los miembros de la célula comenzaron a viajar a Marruecos y Francia para visitar a alguna persona que les influyó ideológicamente y les ayudó a planear los atentados.

La otra hipótesis es que Abdel Baki Essati, un iman que trabajó los dos últimos años en Ripoll, fue la persona que los empujó al extremismo. Esta teoría cobra peso después de saber que Essati está desaparecido. La policía investiga si fue uno de los fallecidos el miércoles, un día antes de los atentados, en la explosión de una casa del municipio de Alcanar donde los terroristas guardaban explosivos.

Los musulmanes de Ripoll aseguran que Essatti nunca emitió mensajes violentos en público. Pero los investigadores creen que la presencia de una persona experimentada y con conocimientos religiosos explicaría cómo unos jóvenes deportistas se convirtieron en pocos meses en máquinas de odio.

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