¿Por qué Nicaragua ha librado eventuales ataques del presidente o Estados Unidos? Una respuesta clara y contundente sería que Nicaragua no está dentro de las prioridades de EU, como sí lo están Venezuela o Cuba. Hasta ahora, Nicaragua no representa ningún riesgo o amenaza a la potencia o a sus intereses en la región, donde, más allá del factor ideológico —ya desdibujado—, no cuenta con recursos naturales —como el petróleo o minerales raros—, que pudieran despertar la codicia de Trump y sus amigos empresarios, como parte de la nueva doctrina Monroe S.A.

Entonces, la pregunta a contestar sería, ¿por qué Nicaragua no es prioridad para EU? Y ahí entrarían varios elementos a considerar, entre ellos, históricos, políticos e ideológicos.

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Como parte de la historia trágica de Nicaragua, siempre que EU ha intervenido en el país, lo ha hecho de manera violenta y con resultados contraproducentes, ya sea en defensa de sus intereses —válidos o no— o bien, como parte de la guerra fría en buena parte del siglo XX: en 1855, liberales y conservadores solicitaron la intervención de EU para terminar una guerra entre ellos; entre 1912-1933, los marines invadieron para proteger los intereses de la United Fruit Company; al abandonar el país, EU instaló, organizó y armó la Guardia Nacional, que sostuvo a la dictadura de la familia Somoza (1934-1979). Finalmente, al triunfo de la revolución sandinista, en 1979, el gobierno de EU volvió a intervenir, mediante grupos mercenarios conocidos como “la contra”, con la idea de desestabilizar al país y derrotar a la revolución (1980-1990).

Hoy, pareciera que EU no tiene razones de peso para siquiera criticar o amenazar a un gobierno que poco a poco —desde 2007— se ha convertido en una verdadera dictadura. Y es que la defensa de la democracia o los derechos humanos, que desde hace años se violan flagrantemente en Nicaragua, parecieran no ser motivo suficiente para intervenir al país, ya que, en el fondo, a Trump no le interesa ni la democracia ni los derechos humanos, como lo demostró en

En el ámbito político, mi hipótesis es que a partir de los gobiernos democráticos de Violeta Barrios (1990-1997), Arnoldo Alemán (1997-2002) y Enrique Bolaños (2002-2007), EU se desentendió de Nicaragua y de la región, una vez lograda la pacificación en Centroamérica y terminada la Guerra Fría, además de que la democracia parecía expandirse en el continente.

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Este periodo de estabilidad en Nicaragua y la región coincidió con la llegada de una nueva generación de demócratas al poder en EU, encabezada por el presidente Bill Clinton (1993-2001), la cual rompió con las ataduras ideológicas de la guerra fría y dio paso al libre comercio. Los nuevos intereses de EU ya no fueron ideológicos, sino comerciales, bajo una nueva visión ganadora, pues también habían vencido a la URSS, que en esos momentos enfrentaba la desintegración de sus 15 repúblicas.

Pacto de perpetuación

Oficialmente, EU ya no tenía con quién pelear y, por tanto, no tenía enemigos. Entonces, Nicaragua también dejó de ser su enemigo. Al desentenderse de Nicaragua, me parece que EU fue incapaz de ver o comprender lo que se fraguaba en las entrañas del país: un gran pacto político entre las nuevas paralelas históricas, liberales y sandinistas, representadas por el propio presidente Alemán y el comandante , tendiente a perpetuarse en el poder, de manera alternada, pues la Constitución no permitía la reelección inmediata.

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De esa forma, se daría reversa a todo lo que la Nicaragua democrática había construido y se volvía al estado caudillista. No recuerdo que EU y su embajada hubieran mostrado mayor preocupación por este retroceso al final del siglo XX, que confirmó plenamente que ese país se había desentendido de la región y, en particular, de Nicaragua.

En 2001, el ataque a las torres gemelas en Nueva York obligó a EU a redefinir su política de seguridad, donde la prioridad sería el combate al terrorismo internacional y sus organizaciones, en especial en Medio Oriente, donde, de nueva cuenta, Nicaragua y toda la región seguía sin considerarse prioritaria, más allá del tema del narcotráfico, en el que ese país tampoco tenía problemas.

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El triunfo electoral de Enrique Bolaños en 2001 alteraría en mucho los planes de los caudillos, pues sorpresivamente el nuevo presidente se rebeló contra Alemán —quien pretendía seguir gobernando a través de él— y presentó una denuncia por corrupción en su contra que, entre otras cosas, dividió al Partido Liberal y dejó solo al nuevo presidente ante la amenaza de ser destituido por liberales y sandinistas en la Asamblea Nacional.

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Reelección inmediata

Los sandinistas decidieron apoyar al presidente Bolaños y evitaron su destitución. Con el Poder Judicial en sus manos y un fiscal ad hoc, administraron y controlaron el juicio al expresidente Alemán, que culminó con una sentencia de 20 años de prisión. Ese hecho serviría —más tarde— como carta fundamental para doblegar a un liberalismo dividido y desprestigiado y negociar la reforma constitucional para la reducción del porcentaje —de 50 a 35%— para ganar una elección general en primera vuelta. Ya en el poder, los sandinistas aprobaron —en la Asamblea— la reelección inmediata, por lo que Ortega ya no tuvo obstáculo alguno para perpetuarse en el poder.

De esa forma, Ortega ganaría las elecciones presidenciales de 2006 en primera vuelta, al igual que en 2011, 2016 y 2021, donde —paradójicamente— se ha venido transformando en una nueva dictadura.

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En abril de 2018, y ante una pacífica protesta de jubilados, el gobierno de Ortega reprimió cruelmente a la gente, que generaría las más grandes protestas contra el sandinismo, en las que, incluso, hubo cientos de muertos. Finalmente, Ortega usaría al ejército y la policía nacional en contra del pueblo, lo que, en mi opinión, lo convirtió en una dictadura de facto, además de una total aberración política.

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En 2025, la nueva dictadura sandinista se apoderó de los poderes del Estado, haciéndolos personalísimos, a cargo de él y su esposa, Rosario Murillo, a quien nombró copresidenta, y extendió el periodo presidencial de 5 a 6 años. Apenas el pasado 19 de julio, Ortega anunció —como parte del aniversario de la revolución sandinista— que en Nicaragua “no volverá a haber elecciones”, por lo que se autodeclaró oficialmente una dictadura.

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En términos ideológicos, Nicaragua tampoco representa una amenaza para EU en sí misma, pues el fracaso de la revolución sandinista y la traición de su líder máximo, además de su retorcida conversión a dictador, lo acercan más al modelo con el cual pareciera simpatizar Trump. Quizá la amenaza ideológica más visible sea la relación de Nicaragua con Irán, país que, junto a China, representa el apoyo internacional más importante con que cuenta Ortega, luego del debilitamiento de la asistencia de Rusia, Venezuela y Cuba. En ese sentido, la guerra entre EU e Irán, su recrudecimiento y repercusiones, podrían colocar en medio a Nicaragua y convertirla, ahora sí, en prioridad de la potencia.

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A manera de conclusión, yo diría que en la medida en que EU se desentendió de Nicaragua, los sandinistas avanzaron, primero, en construir una vía para regresar al poder; segundo, para aprovechar las circunstancias y apoderarse de los poderes del Estado; tercero, violar los derechos humanos; cuarto, terminar con toda oposición política; quinto, reprimir a la población; sexto, anunciar el fin de las elecciones, es decir, de la democracia.

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De alguna manera, EU está pagando el precio de su olvido a la región, así como el costo de ser potencia y priorizar únicamente temas que ponían realmente en riesgo su seguridad o sus grandes intereses. Y no estoy hablando de la necesidad de una nueva intervención en Nicaragua, que pareciera ser el único camino hoy, sino de un deficiente acompañamiento diplomático y una pobre lectura política en todos estos años, que han permitido todo un cúmulo de violaciones e irregularidades, mismas que han derivado en un gobierno dictatorial.

Politólogo (UAM) y exdiplomático. Adscrito como segundo secretario en la Embajada de México en Nicaragua entre 1996–2002.

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