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Daniel Ortega celebró su propia “final” mundialista el pasado domingo 19 de julio, fecha en la que se festeja la victoria sandinista sobre el régimen de los Somoza en 1979. Como se trataba de llamar la atención de un planeta que miraba hacia Nueva York, el dictador hizo un anuncio que cimbró al país y al mundo, al señalar que no habrá más elecciones.
“Quiero que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones para que ellos [opositores] intenten atrapar el gobierno y el poder”, dijo.
“Vamos a trabajar con la Asamblea Nacional porque hay que hacer las leyes que le pongan un muro a los golpistas, a los vendepatrias, y que por mucha plata que le den los yanquis no podrán ganar”, prosiguió Ortega en su discurso dominguero para marcar la hoja de ruta de lo que viene.
La Asamblea Nacional puso manos a la obra y ayer, con la autoridad electoral —ambas controladas por el gobierno— comenzaron a definir las leyes que bloquearán lo que la copresidenta Rosario Murillo definió como elecciones “orientadas por Estados Unidos”. Las reformas serán votadas en la primera semana de agosto.
El titular de la asamblea, Gustavo Porras, dijo que habrá elecciones, pero blindadas de la injerencia extranjera y de los “traidores a la patria”.
Según las primeras filtraciones, recogidas por el diario La Prensa, la idea es imponer una asamblea al estilo norcoreano y cubano, con cientos de miembros que se reúnen una o dos veces al año para aplaudir las decisiones presidenciales. La primera decisión sería imponer un “reinado” de 10 años para Ortega.
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“Ortega quiere eliminar incluso las votaciones controladas que actualmente utiliza para aparentar normalidad. La dictadura tiene miedo porque sabe que no es invencible”, dijo Félix Maradiaga, uno de los aspirantes presidenciales que fue encarcelado, maltratado y posteriormente desterrado a Estados Unidos.
“Las elecciones, como uno de los pilares de la democracia, ya estaban muy cuestionadas en Nicaragua por el nivel de control que los Ortega Murillo tienen sobre el Consejo Supremo Electoral y sobre todo el sistema electoral. Y suma el contexto de persecución, control y vigilancia sobre la población, así como el temor generalizado de la población y la falta de credibilidad. Las elecciones existen en Nicaragua como un adorno para justificar jurídica y legalmente esa supuesta característica democrática del régimen, que en la práctica no es tal. Con el anuncio se reconoce públicamente algo que de hecho ya existía: el derecho de la gente a elegir libremente y de forma transparente estaba totalmente anulado en Nicaragua”, señaló a La Nación Elvira Cuadra, directora del Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica.
La ofensiva revolucionaria llega además cuando el mapa geopolítico de las Américas ha cambiado totalmente. El avance de la Doctrina Monroe, actualizada a su conveniencia por Donald Trump, ha provocado la caída del presidente venezolano Nicolás Maduro, quien fuera el gran defensor de Ortega. Washington mantiene hoy su gran foco de acción sobre Venezuela, mientras permanece a la espera con Cuba en medio del bloqueo energético y los diálogos con una parte del régimen castrista.
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Críticas se multiplican
Pese a ello, la andanada autoritaria no ha pasado desapercibida ni para Washington ni para los países vecinos. Incluso para el gobierno populista de Costa Rica, tan suave en sus declaraciones hacia Managua. Guatemala se sumó ayer a las críticas, diciendo que el anuncio de Ortega “constituye una grave vulneración de los principios y propósitos consagrados en la Carta de las Naciones Unidas”.
“Los Ortega Murillo saben que jamás ganarían una elección libre, transparente y competitiva, y no están dispuestos a competir para no poner en riesgo el poder familiar. Se sienten débiles y temen que después de Cuba pueden enfrentar presiones fuertes de Estados Unidos”, indicó otro precandidato encarcelado y posteriormente desterrado, el líder campesino Medardo Mairena.
El poder familiar es, precisamente, la otra clave escondida en el acto del domingo. Murillo está destinada a ser la sucesora, pese a no contar con apoyo popular, ni siquiera entre las bases del sandinismo. En el último año se ha dedicado a cambiar y mover sus piezas sobre el tablero, incluso algunas consideradas “orteguistas”, para consolidar la herencia, lo que ha provocado alguna fricción entre sus hijos, que se reparten buena parte del poder estatal.
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“El escenario está claro: Daniel ya entregó el poder a Rosario y ella está delegando tareas de importancia a los hijos para que le ayuden a ‘gobernar’ y porque el círculo de confianza es cada vez más corto”, certificó Cuadra a La Nación.
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