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Para cerrar el superciclo electoral en América Latina 2024-2026, Brasil celebrará elecciones presidenciales en octubre próximo, consideradas las más importantes desde el retorno de la democracia en 1985, tras el fin de más de dos décadas de dictadura militar. Dada la dimensión política, económica y geopolítica del país, su resultado influirá decisivamente en el rumbo de América Latina.
Desde 2024, partidos de derecha o de orientación conservadora han conquistado el poder en 12 países de la región. En contraste, únicamente en cuatro países, entre ellos Brasil y México, mantienen gobiernos de izquierda o considerados progresistas, confirmando un claro desplazamiento del péndulo ideológico regional en los últimos años.
La contienda brasileña volverá a estar marcada por una fuerte polarización. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, buscará un cuarto mandato por el Partido de los Trabajadores (PT). Su principal adversario será el senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, candidato del ultraderechista Partido Liberal (PL) e hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, quien permanece en prisión domiciliaria tras ser condenado por su participación en el intento de golpe de Estado de 2022.
Gobierno aventaja en las encuestas
La encuesta más reciente de Quaest otorga a Lula 40% de la intención de voto frente a 28% de Bolsonaro en la primera vuelta electoral del 7 de octubre. Como ha ocurrido en los últimos procesos electorales, los sondeos hasta ahora realizados anticipaban que ninguno de los candidatos obtendría más de 50% de los sufragios y que sería necesario realizar una segunda ronda de votaciones, prevista para el día 30 del mismo mes de octubre, lo cual, sin embargo, puede cambiar en los próximos dos meses.
En efecto, hasta el pasado mes de mayo existía un “empate técnico” en las preferencias electorales entre Lula y Bolsonaro; sin embargo, la aspiración del político ultraconservador se ha venido debilitando debido a varios factores, entre ellos los derivados de un escándalo financiero relacionado con el banquero Daniel Bocaro por el presunto otorgamiento de 12 millones de dólares para financiar una película sobre la vida de su padre, así como al costo político que le produjo su reciente visita a Washington, después de la cual el presidente Trump anunció la imposición de nuevos aranceles de 25% a productos brasileños y designó a organizaciones criminales del país como grupos terroristas, decisiones percibidas por buena parte del electorado como una abierta injerencia en los asuntos internos de Brasil.
Más graves aún han sido los efectos negativos producidos por la presencia del presidente argentino, Javier Milei, en el evento de campaña, realizado el pasado sábado 25 de julio en Sao Paulo, para oficializar la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro. Al parecer, la intención del mandatario argentino era otorgar respaldo político a su aliado ideológico brasileño; sin embargo, utilizó el foro para cuestionar severamente al gobierno de Lula, a quien calificó de “ladrón” y “presidiario”, insultos que provocaron una inmediata protesta diplomática de Itamaraty y, entre otras medidas, el llamado a consultas de su embajador en Argentina.
Si bien el gobierno de Brasil descartó, por el momento, medidas más severas, en su comunicado oficial, destacó que no hay precedentes en el que un presidente extranjero, en propio territorio brasileño, haya realizado agresiones y ofensas en contra del jefe de Estado y las instituciones democráticas de su país, lo cual resulta intolerable entre países vecinos.
Diversos analistas consideran que este nuevo conflicto diplomático no solo seguirá afectando las relaciones bilaterales entre ambos países, sino que tendrá graves repercusiones hacia el interior de Mercosur, en el que los dos principales socios comerciales son precisamente Brasil y Argentina.
Teniendo en cuenta las conocidas posiciones nacionalistas del pueblo brasileño, es muy previsible que el pretendido injerencismo de Milei y su afán de extender sus políticas conservadoras en la región, tendrán efectos negativos en las aspiraciones presidenciales de la derecha brasileña y, por el contrario, tenderán a fortalecer la candidatura del presidente Lula con miras a un nuevo mandato presidencial. De confirmarse estas tendencias, el rumbo de América Latina podrá mantener un necesario equilibrio político. Como dice el refrán popular: “Darle tiempo al tiempo”.
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