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Atoyac, Gro.— El lugar es pequeño, estrecho, apenas dos cuartos conectados por un pasillo. Todo el espacio es utilizado, nada está vacío, sólo una silla.
La Silla Vacía es un museo, un memorial para las víctimas del terror que desplegó el Estado —a través del Ejército— en los pueblos y comunidades de Atoyac, Técpan, Coyuca de Benítez y San Jerónimo, en la Costa Grande de Guerrero, durante casi una década.
Al museo lo nombraron así por una razón simple: desde los años 70 en cientos de casas los familiares se topan todos los días con eso, con una silla vacía, con una ausencia.
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Es la metáfora de la tragedia de estas familias, es el símbolo de la ausencia, de la espera, del dolor, pero también de la memoria, de la irrenunciable posibilidad de olvidar a los que no están, a los que fueron desaparecidos. La silla vacía también debe ser el símbolo que indigne, que incomode.
El museo La Silla Vacía, que se inauguró en septiembre de 2024, forma parte de las oficinas de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos en México (Afadem).
Son dos cuartos repletos de fotografías, de rostros. Todo está condensado. Es un recorrido por el dolor, por la ausencia. Es un recorrido por la aplastante impunidad que impera en el país. Ahí están los rostros de los que fueron desaparecidos por el Ejército en los años 70 y 80, pero también están los rostros de los que desapareció el crimen organizado.
No obstante, La Silla Vacía es también un recorrido por la resistencia, por la fortaleza, por las ganas de no olvidar. Es memoria. Este lugar lo dirige Tita Radilla Martínez, la vicepresidenta de la Afadem.

El museo
El 1 de diciembre la Afadem fue el punto de salida hacia el panteón de Atoyac para hacerle una ofrenda a Lino Rosas Pérez y Esteban Mesino Martínez, dos combatientes que fueron asesinados por el Ejército el 2 de diciembre de 1974 en El Otatal, en la sierra de Técpan, junto al líder guerrillero Lucio Cabañas Barrientos.
Tita Radilla se toma unos minutos para explicar, a quien lo pida, en qué consiste el museo. Hace el recorrido una y otra vez, y explica que son tres exposiciones permanentes, la primera: Voces acalladas, vidas truncadas, dedicada a los campesinos, estudiantes, amas de casa, combatientes y familiares de combatientes que fueron asesinados y desaparecidos en medio del avasallamiento que hizo el Ejército por terminar la guerrilla del profesor Lucio Cabañas.
La segunda, Montaña invisible, es una pared que muestra los rostros de las madres, padres, hermanos, hijos e hijas que murieron buscando a sus padres, madres, hermanos e hijos e hijas.
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“Le pusimos Montaña invisible porque ese trabajo que hacen los familiares casi nadie lo ve, pero ahí [está] y es un trabajo tan grande como una montaña”, define Tita.
La tercera es Manto de impunidad, estas son fotografías a color con rostros más recientes, son los desaparecidos de la última época de terror que no deja de sufrir el país desde que el expresidente Felipe Calderón declaró la guerra contra el narco, que se mantiene hasta el gobierno de Claudia Sheinbaum.
Son unas 200 fotografías en total las que integran las tres exposiciones del museo. Todas, explica Tita Radilla, fueron entregadas por los propios familiares. Durante cuatro años, todos los domingos la Afadem colocó una mesa en el zócalo de Atoyac para recopilar todo —fotografías, objetos personales, ropa— lo que ayudara a construir la memoria, a combatir el olvido. La Afadem tiene un registro de 630 casos de desaparición forzada ocurridos de 1967 a 2001 en Guerrero, y de esa cifra, 473 se reportaron en Atoyac.
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La desaparición de su padre
Tita Radilla tiene 75 años, pero es incansable, no para. Desde hace 41 años busca a su padre Rosendo Radilla Pacheco, un luchador social que fue detenido por militares en un retén que instaló el Ejército el 25 de agosto de 1974 en Atoyac.
Son 41 años de búsqueda, porque dice Tita Radilla, los primeros siete sólo se dedicó a esperar. “Los primeros siete años no sabía qué hacer, sólo pensaba en mi padre, en que volvería. Recuerdo que me iba a Chilpancingo, pensando que allá iba a llegar, y cuando estaba allá me quería venir para acá porque yo sola me decía: ¿y si mi papá ya llegó a la casa en Atoyac? Y me venía de vuelta, así fueron esos siete años”, cuenta Tita Radilla en la puerta del museo.
De esos siete años —precisa— recuerda muy poco, casi nada, sólo que esperaba ver entrar a su padre. Cuando el Ejército detuvo a Rosendo Radilla, ella tenía 25 años, tenía a su hija mayor y estaba embarazada. En ese tiempo tuvo otros tres hijos.
Un día, Tita se dio cuenta que no podía seguir sólo esperando a su padre y que tenía que estar más atenta a sus hijos. En 1984 todo dio un giro, murió su madre, quien se encargaba de buscar a su padre, y ese mismo año asesinaron a su esposo, quien luchaba por mejoras laborales para choferes de Flecha Roja.
Tita tomó la exigencia de justicia y presentación de su padre, y como costurera sostuvo a sus cinco hijos. En 1992 fue nombrada presidenta del Comité de Familiares de Personas Detenidas y Desaparecidas de la Costa Grande de Guerrero y, desde entonces, no ha dejado de liderar la búsqueda de los desaparecidos.
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