Monterrey.— A sus 74 años, Ludivina Lozano Leal asegura que su conciencia de género nació mucho antes de que el concepto existiera en su vocabulario o como si su activismo feminista fuera un gen heredado.
La fundadora y presidenta de Vida con Calidad A.C. (Viccali) relata que creció en una familia de mujeres, sin hermanos varones y bajo la crianza de un padre que educó a sus hijas en igualdad.
“No le quedó de otra, éramos puras mujeres, nos dijo que los hombres y las mujeres eran iguales. Mi papá cocinaba, hacía el desayuno, hacía la cena y todos hacíamos todo”, recuerda.

La igualdad que vivió en casa tomó un cambio radical a sus 22 años cuando ingresó al mundo laboral, y fue después de asistir a un evento internacional sobre la mujer en la Ciudad de México, en 1975, que comprendió por primera vez la dimensión estructural de la desigualdad.
“Fue el primer contacto que tuve de la problemática severa que estábamos viviendo las mujeres. Empecé a trabajar con los grupos de mujeres para poder tener una idea clara de qué era lo que estaba pasando y qué se podía hacer para arreglarlo, pero te topas con que no hay leyes, no hay ninguna ley de protección para las mujeres”, advierte.
Aquí comenzó su activismo por la lucha de la igualdad de género.
Ludivina Lozano suma más de 30 años en el activismo social y feminista. Su vocación se remonta a la adolescencia, cuando acudía a asentamientos irregulares en el sur de Monterrey para alfabetizar a la comunidad vulnerable y en situación de pobreza.
Esa experiencia marcó su convicción de que la igualdad debía construirse desde el acceso a derechos básicos: vivienda, educación y salud. A su corta edad, Ludivina aprendió a identificar problemas y acompañar la formación de comités que gestionaran servicios públicos y regularización de terrenos.
En la década de los 90, tras la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Viena y la Convención de Belém do Pará, se integró al equipo multidisciplinario estatal para erradicar la violencia contra las mujeres. Desde entonces, el foco de su trabajo se desplazó hacia la violencia familiar.
En ese contexto nació Viccali en San Pedro Garza García, Nuevo León, organización fundada por Lozano Leal, quien hoy brinda atención a mujeres en situación de riesgo, pero también a hombres vinculados a proceso por violencia familiar, a través del Programa Arquitectos de Paz.
“Es atender a su violencia personal, al control de los impulsos, al control de la ira. Pasan a un modelo de reeducación de nueva masculinidad, de buen trato, de cómo relacionarnos actualmente las mujeres y los hombres para también el bienestar de las niñas y los niños”, explica.
Actualmente, el programa de reeducación en nuevas masculinidades ha atendido a 700 hombres canalizados por el sistema de justicia penal acusatorio. A través de terapia cognitivo-conductual y modelos de buen trato, se busca desarticular patrones de violencia aprendidos en la infancia.
“Todos esos hombres son potencialmente feminicidas. Nuestro trabajo es que no lo cometan”. De ese total, asegura, únicamente dos han reincidido.
A la par, el programa Tejedoras de Paz ha acompañado a miles de mujeres en procesos de autonomía económica y emocional. Mediante redes comunitarias y capacitación, algunas han iniciado negocios de panadería, organización de eventos o servicios creativos.
A lo largo de más de tres décadas, estima que cerca de 100 mil mujeres han pasado por los programas de Viccali en el área metropolitana de Monterrey.
Ludyvina Velarde Lozano, hija de Ludivina Lozano Leal, heredó el legado. La también actriz, de formación, es directora de Viccali y su trabajo ha evolucionado hacia una apuesta que hace algunos años parecía incómoda incluso dentro del feminismo: trabajar también con hombres potencialmente generadores de violencia.
A través del programa Yo puedo, la asociación trabaja con varones que buscan modificar patrones de conducta mediante el enfoque formativo.
“Lo que más me gusta es darles la oportunidad de aprender a relacionarse distinto con ellos y con su entorno. De conocerse, reconocer lo que les duele, emociones que no conocen”, explica.
Su activismo también comenzó temprano, a sus 14 años. Mientras su madre recorría escuelas leyendo cuentos y detectando brechas de desigualdad económica y social, ella comenzó como voluntaria.
Sustituía a Lozano Leal cuando no podía acudir, daba clases de danza a mujeres y acompañaba actividades comunitarias. Más tarde, su carrera como actriz la acercó a historias reales de violencia: mujeres encarceladas tras defenderse de sus agresores, víctimas que habían sido acusadas por sobrevivir.
“La realidad es que todas las mujeres podemos vivir violencia en cualquier momento de nuestra vida, la diferencia son las herramientas que tienes para salir de ahí”, señala.
Para la directora de Viccali, muchas conductas delictivas surgen de malas decisiones acumuladas bajo presión económica y emocional.
“Que vengan y digan ‘no puedo solo’ ya es un logro. Ningún ser humano puede solo”, comenta.
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