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Guadalupe Ramos une feminismo y política

La coordinadora a nivel Latinoamérica del Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (Cladem) destaca la importancia del movimiento en el país, al tiempo que reconoce la necesidad de que entre en la discusión política de lo que sucede en México

Abogada, feminista, activista y coordinadora regional del Cladem, subraya la necesidad de que las jóvenes se involucren en política. Foto: Miguel García / EL UNIVERSAL
30/01/2026 |05:23
Raúl Torres
Corresponsal en JaliscoVer perfil

Guadalajara.— Creció en una familia tapatía de la segunda mitad del siglo XX, tradicional y no tanto: el padre era el principal proveedor, pero la madre emprendía negocios para, entre otras cosas, enseñarles a sus ocho hijas y tres hijos el valor emancipador del trabajo; las canciones de protesta y los libros nunca faltaron en el entorno de María Guadalupe Ramos Ponce, académica, activista por los abogada feminista y actual coordinadora regional a nivel Latinoamérica del Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (Cladem), organización que desde 1987 promueve la construcción de “democracias radicales donde esté garantizado el pleno ejercicio y disfrute de los de todas las mujeres”.





Desde pequeña, lo que aprendió de su madre Aurora Ponce Salado y su propio sentido de la justicia le hicieron intuir que algo no andaba bien con el mundo.

“Todas las vacaciones las pasábamos en una casa de campo en Santa Cruz de las Flores, un pueblo de Tlajomulco que ahora se ha comido la ciudad; teníamos una vida muy cercana a otras familias del pueblo y recuerdo a una chica que se casó muy joven, Celia se llama, y llegaba golpeada a su casa, con moretones, y me impresionaba verla así, pero me impresionaba más el silencio familiar, eso me marcó. Todo el mundo sabía que a ella le pegaba el marido, pero recuerdo que una vez su mamá le dijo, ‘¿y ahora con qué te golpeaste, Celia?’, y siempre era el ropero, la mesa, todo… esos silencios y esa complicidad para encubrir me parecieron brutales”.

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Entrevista con Guadalupe Ramos, Abogada, académica y activista por los derechos de las mujeres. Foto: Miguel García / EL UNIVERSAL

Sus lecturas de adolescencia, especialmente las de Alejandra Kollontai, la encaminaron hacia la militancia de izquierda y para los 16 años ya formaba parte de la Federación Nacional de Organizaciones Bolcheviques (FNOB), una organización de corte marxista-leninista ligada al Partido de la Clase Obrera Mexicana, en la que también detectó el tufo patriarcal.

“Cuando yo estaba en esa organización me daba cuenta que había cosas que no me cuadraban, veía a compañeras desempeñando esos roles tradicionales en los que llegaban los compañeros mientras estábamos leyendo o estudiando y ellas se ponían a preparar la comida, y ellos muy sentaditos, y les servían de comer y todo; a mí esas cosas no me parecían bien porque eso yo no lo veía en mi casa y cuando lo cuestionabas lo que te decían es: ‘¡Ah, es que eres pequeño burguesa!’ Y decían que el compromiso revolucionario debía ser más, y toda la historia”.

Al terminar sus estudios de bachillerato en la Preparatoria Número 2 de la Universidad de Guadalajara, Guadalupe Ramos decidió estudiar Derecho, irrumpiendo en otro de los espacios donde el machismo campeaba a sus anchas.

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“En la Facultad de Derecho un maestro nos sacó del salón a dos compañeras y a mí para decirnos que estábamos ocupando un lugar que no merecíamos, que nos fuéramos a la casa a cocer frijoles porque le estábamos quitando el lugar a hombres que tenían que estar ahí, fue un discurso totalmente machista. Otra vez, nos sacó delante de todos, nos mandó a extraordinario por ser mujeres y los compañeros se quedaron en silencio, nadie dijo nada”, recuerda.

Después de graduarse como abogada tenía claro que seguiría preparándose —actuamente tiene una maestría en Administración de la Justicia y Seguridad Pública, por la Universidad de Guadalajara, y un doctorado en Cooperación y Bienestar Social, por la Universidad de Oviedo, España— para dar la batalla contra todo eso que no estaba bien pero aún no sabía cómo nombrar; también llegaron el matrimonio, una hija y un hijo.

“Ya tenía una trayectoria y hacía muchas cosas para defender los Derechos Humanos de las mujeres, pero no le había puesto nombre, le puse nombre hasta que tenía como 30 años, cuando entendí que eso era feminismo y que eso eran derechos humanos y que eso era violencia contra las mujeres y que había que hacer algo. He sido partícipe en movimientos sociales locales, nacionales e internacionales porque la vida me ha llevado a eso, a estar en todos esos espacios para impulsar leyes y derogar otras, que históricamente han ido en contra de las mujeres y de sus derechos; ese ha sido mi caminar y desde hace 30 años, políticamente hablando, me asumo públicamente como feminista.

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“Además, en esos tiempos tampoco era fácil decirse feminista, la gente te veía mal, te trataba mal, no se entendía, había una mala prensa en torno a las feministas y el feminismo, te decían que odiabas a los hombres, que querías acabar con la familia”.

¿Cómo llega a Cladem?

—Cuando estuve en la Comisión Estatal de Derechos Humanos en la gestión de Guadalupe Morfín (1997-2001) pude trabajar con autonomía e independencia, y eso me permitió también involucrarme con la sociedad civil, y en ese momento se estaba conformando apenas Cladem acá en Jalisco, porque ya Cladem regional tenía más de 10 años. Entonces una compañera, Andrea Medina, abrió un círculo de estudios y me invitó; a partir de ese círculo de estudios yo dije ‘esto es lo mío’, para mí fue como quitarme una venda de los ojos porque le empecé a poner nombre a todo lo que yo veía como una injusticia, como una violación a los derechos humanos, luego entendí que eran violaciones específicas a los derechos humanos de las mujeres y que no se nombraban, no se visibilizaban. Así llegué a Cladem.

¿Cómo percibe al movimiento feminista del país?

—Te diría que, de los movimientos sociales, es el más fuerte. En su momento hubo movimientos sociales muy fuertes, el movimiento médico, el movimiento ferroviario, el movimiento estudiantil, es decir, hubo movimientos sociales de izquierda que sí generaron un cambio social muy grande pero ahorita están fragmentados o no existen, y el movimiento feminista no, al contrario, hay un movimiento feminista que se ha fortalecido en los últimos 20 años y que al mismo tiempo ha sido contradictorio porque, aunque crece y se fortalece, también hay una fragmentación.

Yo veo dos ejes en el movimiento: uno es el tema de la violencia contra las mujeres, porque comenzamos a desnudarla, a deslegitimarla, a visibilizarla, le pusimos nombre a esa violencia machista que mata y los asesinatos de mujeres ya no son homicidios, son feminicidios: a las mujeres nos matan por ser mujeres y decirlo ha provocado un cambio social.

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El otro tema es el derecho a decidir sobre el cuerpo, el tema del aborto que también se ha transformado a lo largo de los años; en algún momento el movimiento feminista se metió en un ring que no correspondía, en el tema de la vida, porque ahí es donde están los grupos antiderechos y conducían a una discusión estéril.

Nosotras llevamos el tema a la discusión de la autonomía y de la ciudadanía, el derecho a decidir sobre tu cuerpo y sobre tu vida; cuando comenzamos a hablar con esas perspectivas también socialmente hubo un cambio.

De estos dos temas vienen La Ola Verde y el movimiento Ni una más o Ni una menos; son los dos grandes temas que han aglutinado al movimiento feminista en la región, pero al mismo tiempo se fragmenta porque nos unimos en fechas concretas, hay grandes movilizaciones, el 8 de marzo, el 25 de noviembre, son movilizaciones impresionantes, con propuestas políticas muy, muy claras a veces, de denuncia, de resistencia, pero luego desaparecen.

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¿A qué lo atribuye?

—Hay otras dinámicas sociales que se viven ahora, hay otros intereses de las chicas y de los chicos en términos sociales, pero también de las propias jóvenes feministas, no les tocó abrir camino y también eso influye, hay como cierta comodidad en ese sentido, falta politización, por supuesto, falta una repolitización desde los feminismos. Nos tenemos que formar y entrarle a la discusión política aún de aquellos temas que no nos gustan o que no queramos, pero hay que entrarle; como decía Berta Cáceres ‘¡Ya no hay tiempo!’.

¿Cómo se puede hacer esa repolitización del feminismo? ¿Cuál debe ser el referente?

—Tenemos que ser nuestras propias referentas. Algo nos ha enseñado muy bien el feminismo latinoamericano, caribeño, afro: el feminismo es situado, es a partir de nuestras propias situaciones de vida. Las compañeras feministas negras, las compañeras indígenas, por ejemplo, que ni siquiera quieren nombrarse como feministas y se autonombran de otras maneras, hacen una lucha política muy importante al interior de sus propias comunidades; yo creo que es eso, toca también ser nuestras propias referentes en nuestros entornos comunitarios.

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