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En el Museo Memoria y Tolerancia se instaló la ofrenda “En memoria de los periodistas asesinados”.
En la parte posterior se encuentran sus nombres. Enfrente, cuelgan marcos vacíos como símbolo de impunidad.
De acuerdo con un trabajo de EL UNIVERSAL, México se ubica este año en el quinto lugar de asesinatos a periodistas a nivel mundial, debajo de Yemen, Sudán, Siria y Francia. Los primeros tres enfrentan guerras civiles y en Francia las víctimas fueron blanco del ataque terrorista a la revista Charlie Hebdo. Según datos del Comité para la Protección de los Periodistas, 90% de los casos quedaron impunes. La Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión, confirmó que en la última década 89 periodistas han sido asesinados en nuestro país.
Cuesta trabajo entender que se gaste tiempo y tinta en tratar de criminalizar a las víctimas y no en señalar a las autoridades responsables del desastre en la impartición y procuración de justicia. Es la corrupción institucionalizada. Así funciona la maquinaria de la muerte en el país de la impunidad.
En ese contexto de oscuridad, estuvieron presentes en la ofrenda los familiares de Rubén Espinosa, el fotoperiodista ultimado hace casi tres meses en la colonia Narvarte. Su madre, callada, triste, inauguró el altar que honra su memoria.
Ahí me encontraba. La muerte duele, y sobre ese dolor, el asesinato despedaza, pensé.
Me invitaron a compartir unas palabras. Esto es algo de lo que comenté:
Nada más duro que el adiós a nuestros seres queridos. Sin su mirada, parte de nosotros se va. Se llevan abrazos, discusiones, risas, llantos y vida compartida. Nos dejan con el recuerdo de su presencia y con el terrible peso de su ausencia.
Y es en estos días cuando los invitamos a curar la lejanía con un pan, un tequila, unos tamales. Los invitamos a estar aquí, entre los colores del cempasúchil, para decirles que estamos cerca y no los olvidamos.
Que extrañamos su voz y su forma de vernos. Y esa manera de contar la vida a través de su trabajo cotidiano. Un trabajo que toca libertades. Así es el de los periodistas. Por eso la pérdida se multiplica, lastima a todos.
Con cada despedida, grandes historias se dejan de contar.
Hay tristeza en el silencio. Por los que se fueron y por los que nos quedamos mudos. Morimos un poco, en lo personal y colectivo.
La mayoría de los compañeros que hoy no están con nosotros jamás dejaron de informar, publicar, develar. Se negaron a callar las cosas que sí importan.
Todavía tenemos mucho por contar. Hoy, nos lo susurran mientras los recordamos.
Componemos calaveritas, decoramos con papel picado y observamos de frente a la catrina. Porque la vida continúa. El legado permanece. Y es entonces cuando la muerte, como alguna vez escuché, se vuelve una mentira.
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