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El terrorismo islámico se considera una de las principales amenazas del siglo XXI por el daño que producen sus acciones, por el temor que infunden en la población y por la dificultad para prevenir y neutralizar sus golpes. Los gobiernos dedican cuantiosos recursos a combatirlos. Sin embargo, es suficiente con que uno tenga éxito, como sucedió en Niza, para que los diez que se pudieron evitar queden en el olvido.
Los terroristas son en su mayoría inadaptados sociales y están inconformes con su vida. Suelen ser intolerantes y culpar a otros de su situación personal. El resentimiento lo convierten en odio, lo que potencia sus comportamientos violentos. En su mayoría son transgresores de la ley. Su reino no es de este mundo.
Los que promueven y orquestan el terrorismo islamita reclutan a estos inconformes y los transforman en guerreros. Convierten sus problemas en virtudes. Su intolerancia, sus miedos y sus odios se convierten en armas de guerra. Su verdad se vuelve incuestionable. Desde sus códigos cualquier acción en contra del enemigo esta plenamente justificada. No sienten culpa ni remordimiento. Al momento en que deciden actuar, usualmente no tienen nada que perder: familia, amigos, patrimonio, una carrera o un oficio. Quienes los manipulan conocen bien su naturaleza. Su conversión implica empoderamiento emocional. Inmolarse por la causa da sentido a su vida y a su muerte.
Imaginar que el terrorismo islamita cuenta con una organización bien estructurada, de alcance global y mandos verticales, es una ilusión. Desafortunadamente no es así. La mayor parte de los terroristas en Europa son pequeñas células, autosuficientes. Algunos de ellos han pasado por el llamado Estado Islámico en Siria e Irak, pero no por ello responden a su estructura de mando. Responden a un ideal de lucha que les permite dar cabida a su inconformidad y sus frustraciones. Nada más difícil que detectar al terrorista solitario o al psicópata que un buen día decide terminar sus días con una matanza de homosexuales o de sus compañeros de escuela. Se encuban en solitario y se preparan para dar su único golpe.
¿Existirían los actuales terroristas sin el fundamentalismo islámico? Difícilmente. Incluso sin ser parte de una célula u organización, como podría ser el caso del terrorista tunecino responsable de la matanza de Niza, su inspiración viene de los islamistas radicales. El Estado Islámico se apresuró a decir que el responsable estaba entre sus simpatizantes, pero no se adjudicó el golpe.
¿Quién puede detener a los islamistas radicales? Los musulmanes representan alrededor del 23 por ciento de la población mundial. La mayoría viven en países de Asia, pero también en Europa, en África y en América. Si una centésima parte acogiera el radicalismo y recurriese al terrorismo, habría 15 millones de terroristas. Ciertamente no es el caso. Y sin embargo, la mayoría han debido pagar las consecuencias de lo que hacen unos cuantos, en particular los que viven en Occidente.
El Islam, como casi toda religión, tiene líderes formales, ¿no debieran ser estos líderes quienes por el bien de sus mayorías prohibieran este tipo de manifestaciones político-religiosas? ¿O es que sus divisiones sectarias no lo permiten? ¿Qué camino le dejan entonces al mundo occidental? ¿Destruir por la fuerza al llamado Estado Islámico para mostrarle al resto que la violencia política religiosa no tiene cabida en el siglo XXI?
El panorama resulta poco alentador. A diferencia de otros conflictos, aquí no hay con quien negociar. Mientras los inconformes cuenten con un aliciente externo para enrolarse en acciones terroristas no faltará quien se apunte. Mientras exista una causa declarada y “legítima” que les dé reconocimiento en esta vida y recompensas en la vida eterna, el fenómeno seguirá siendo parte de nuestra agenda cotidiana.
Especialista en temas de seguridad y política exterior.
lherrera@coppan.com
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