Ln 1014, el emperador bizantino Basilio II ordenó arrancar los ojos a los 15 mil soldados del ejército enemigo, dejando tuerto a uno de cada 100 hombres para guiar a los ciegos de regreso a casa. Ese hecho histórico lo tomó David Toscana para contar una fábula sobre el poder y la fuerza en El ejército ciego, con la que obtuvo el Premio Alfaguara de Novela 2026 y de la que habla en entrevista.

¿El desafío de El ejército ciego fue hacerlo coral?

Fue un reto y lo que me detuvo durante años. Yo había leído la anécdota y no supe cómo contar la novela de estos personajes, de pronto entendí que no iba a ser realista, sino que había que fabular, casi escribir un cuento infantil. Y llegó lo que siempre me hace falta, lo dice uno de los ciegos: “Y por eso nos volvimos locos”. Ahí es donde empecé a jugar con ellos, hacían malabares con los ojos, se tiraban ante los cuervos y dije: “Esto es lo que me hacía falta para así contar su historia”. Es una tragedia y si quiero ser realista, haré otra tragedia. Opté por contar una historia que, a pesar de todo, tienda más hacia elevar el alma que a oprimirla, más hacia el humor que hacia la pena, más hacia la fortaleza que hacia la derrota. Y ahí ya encontré la ruta, pero había que encontrar los personajes, y de entre esos 15 mil ciegos, puse unos 15.

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¿La clave fue el uso del humor, se ríen de sí mismos?

Para nosotros parece una tragedia, pero ellos se ríen. Los ciegos no son gente apaleada, desdichada, es gente bastante entusiasta, tiene su modo de vivir, hasta cierto punto es distinto al nuestro, pero la frase que me robo del Edipo dice: “Más te valdría no existir que vivir ciego”. Es lo que estos ciegos vienen a contradecir y dicen: “Vine al mundo para mucho más que ver” y es lo que hacen estos hombres. Son, de algún modo, la prueba de que más vale vivir sin ojos que estar muerto. Y agregan: “Es más fácil ser valiente cuando te cortan la cabeza que cuando te sacan los ojos”.

¿Puede leerse como una fábula de nuestro presente?

Sí, bueno, la Biblia dice: “Tendrán ojos y no verán, tendrán oídos y no escucharán”. Se usa mucho la metáfora de la vista, “no hay más ciego que el que no quiere ver”. Ahora, lo que tú dices del presente, eso hasta cierto punto lo hace toda la literatura. Puedo estar contando una historia de hace mil años, pero la escribí en el presente. Esto nos pasa con todos los clásicos. Los clásicos nos siguen hablando, podemos tender muchos puentes entre lo que le pasó a un griego de hace 2 mil 500 años y lo que nos pasa ahora. Sabemos que, Antígona se volvió muy actual; Antígona quiere enterrar a su hermano, en México vivimos una realidad que tiene mucho que ver con esto. Entonces, empieza a tener lecturas que quizá hace 10 o 15 años no tenía. Esta relevancia para México puede ser distinta a otro país.

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¿Esos espejos no dejan de mostrarnos el presente?

Ahora me preguntan mucho por las guerras que tenemos, Irán, Gaza y Ucrania. ¿Qué pasa si este libro lo hubiese publicado hace 5 años? Tendría otro significado. Hemos cambiado mucho en estos cinco años, tenemos encima tres guerras que no teníamos y esas guerras nos hacen ver y nos hacen leer diferente. Y si este libro alguien lo quiere leer dentro de 30 años, a ver qué le encuentra. Bueno, es una ilusión del escritor que los libros se sigan leyendo dentro de 30, 50 y 100 años.

¿Qué descubriste al entrar al mundo de la ceguera?

Lo primero fue explorar este mundo de los ciegos porque la historia no te dice qué pasó. Tú puedes buscar a todos los historiadores del mundo y lo único que hacen es repetir el mismo párrafo con el que comienza la novela. ¿Y por qué? Porque los búlgaros nunca escribieron su propia historia. Tenían escritura, pero la dedicaban a otras cosas. En realidad, lo que me atraía era buscar algo que no sabía qué era, pero presientes que si escarbas vas a encontrar la pepita de oro. Adelante fui descubriendo varias simbologías de la ceguera, fui descubriendo que sus personajes no estaban derrotados y tenían su dignidad, fui descubriendo todo lo que se percibe cuando no se ve. Fui descubriendo que había analogías entre la ceguera y la literatura.

Uno de los personajes, El Escriba, se plantea qué hará si sabe leer pero ya no ve.

Sí, la literatura durante siglos fue para el oído y no para el ojo. Es natural que este Escriba diga: “Yo soy el que más, más perdió porque mis ojos sabían leer”. Le pregunta el Pescadero: “¿Ahora que no tienes ojos, como quiera sabes leer?” Y no me sé la respuesta. O sea, es una habilidad que, por supuesto, tiene, aunque le falle el instrumento. Hay un montón de cositas que empiezan a aparecer a través de la idea de la ceguera.

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¿Fue grato acompañar a este ejército ciego?

La lógica te dice que si 15 mil ciegos llegan a la capital de Bulgaria, que tendría unos 30 mil habitantes, y de pronto llegan 15 mil ciegos, pues los tendrían que atender, dar de comer, ocuparse de ellos, darles recursos, techo, no tendrían que haber sido bien recibidos, más bien por eso también las primeras páginas dicen: “los invasores tiraban piedras y cerdos y ahora nos echan 15 mil ciegos”. Se especula que parte de la caída del imperio de Bulgaria fue por estos 15 mil ciegos, eran un recordatorio del fracaso, de la derrota, de la humillación. Quise cambiar la historia. Es verdad que algún marido regresa y la mujer ya no lo quiere, pero en general regresan y los reciben amorosamente. Y al final es la marcha triunfal.

¿Es una celebración a la vida?

Sí, a este espíritu que no se vence. ¿Tu mayor temor, la ceguera?

Mi mayor temor es la muerte. Pero por supuesto que no me gustaría perder mis ojos que también son receptores de muchísima belleza. Mi mujer es pintora y pienso “yo puedo escuchar un audiolibro, pero cómo le haría yo para ver lo que creas”.

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