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Salomé Lamas (Lisboa, 1987) ha tenido ya una larga relación con México. Primero vino un par de veces a talleres con The One Minute Foundation y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y, después, en dos ocasiones al Festival Internacional de Cine de la UNAM (Ficunam), la última en 2017. Regresó para una retrospectiva y un conversatorio en su honor en la Cineteca Nacional.
Cineasta frecuente en festivales internacionales, no obstante su trabajo también tiene vinculaciones y repercusiones con el arte contemporáneo, la literatura, la filosofía, la historia e incluso con la política.
“Fui formada como cineasta, pero la mayor parte de mi educación visual viene del mundo del arte y siempre tuve un gran interés en la filosofía. Hoy, intento privilegiar que haya una búsqueda o propuesta que venga con un proceso de investigación y luego el proyecto tome forma, la mayoría de las veces como una película o una instalación, principalmente es una imagen en movimiento”, dice en entrevista.
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“Pero intento conectarme con otras formas de arte y con académicos, a veces hago proyectos donde tengo diálogos con filósofos o científicos sociales. Soy muy rigurosa cuando se trata de esa investigación, porque una cosa es abordar un tema y — soy muy obsesiva— ver esas conexiones”, agrega.
Lamas combina la realidad y la ficción de maneras que a menudo son indistinguibles y cuyos límites se observan, exploran, cuestionan críticamente o se revelan al espectador, lo que adscribe en paraficción, e invita a los espectadores a cuestionar sus suposiciones sobre la verdad, la narrativa y las dinámicas de poder involucradas en contar historias. Sus películas no solo tratan de contar historias, sino de usar la narrativa para enmarcar temas críticos, haciendo que ella sea parte de la evolución de la paraficción.
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La Décima Semana del Cine Portugués, del 29 de junio al 9 de julio, incluyó sus filmes: Tierra de nadie (Terra de Ninguém, 2012) Oro y ceniza (Ouro e cinza, 2025), El Dorado XXI (2016) Extinción (Extinção, 2018) y los cortos: Hotel Royal (2021), Extraction: The Raf of the Medusa (2020), Ubi Sunt y Coup de Grace (2017).
En Tierra de nadie, por ejemplo, en un plano fijo, retrata con sus respuestas a Paulo de Figueiredo, un mercenario encargado de asesinatos en colonias portuguesas en África durante la dictadura de António de Oliveira Salazar y con los paramilitares españoles Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL).
En Extinción rinde homenaje con el título y el juego de la ficción y la no ficción a uno de sus escritores de cabecera, Thomas Bernhard, con una historia sobre Transnistria, Estado en el limbo político que se independizó de Moldavia en 1990. Y en Dorado XXI cuenta la historia de los mineros en el sur de Perú.
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“El sueño de cualquier artista o creador es empezar algo y ver adonde llega, sin tener público o un producto para vender. Pero hoy en día es más y más desafiante. Ser independiente es muy importante para hacer un trabajo determinado, pero también te empuja hacia las fronteras del sistema”, expone.
Habla sobre cómo fue el proceso para su primer largometraje, Tierra de nadie, mientras estudiaba en Ámsterdam. Se enteró del mercenario y asesino por un familiar que le contó la historia y empezó a contársela a sí misma y a otros. Y entendió que con la narración se transforma de cierta forma el relato.
Se dio cuenta de la importancia de que Figueiredo fuera el narrador; lo conoció y éste le dijo que él la estaba usando para contar su historia y ella le respondió: “Perfecto, yo te uso a ti para hacer mi filme”.
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“Este tipo de ética es muy importante. Lo que hacemos en la cámara es trabajar para un filme”, explica.
Salomé Lamas reconoce que hubo un momento en que se planteó investigar la vida del mercenario, pero después lo descartó, entre otras cosas porque la mayoría de los archivos siguen clasificados. Pero, sobre todo, porque quería escuchar las palabras de Figueiredo, su historia contada por él mismo.
“Y luego me interesó descubrir cuáles eran los límites de un filme de no ficción, porque cuando se trata de un documental tenemos esta voz de autoridad, con que estamos construyendo un muro de piedra y que se basa en la realidad. Pero si se remueve una o dos piezas ficcionales de ese muro, éste se rompe.
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“Así que necesitas esos límites. La mayoría del trabajo es reflexivo, así que quiero que el espectador sea también parte del diálogo, para involucrarse en la conversación. Así que estoy segura de que muchas personas tendrán dudas sobre su discurso, algunas otras no”, agrega la cineasta portuguesa.
Pone de ejemplo al periodista polaco Rysard Kapuściński, autor de libros como El Sha o El emperador.
“Cuando lees sus libros, son muy visuales e increíbles. Cuando murió, muchas personas afirmaron que no podía haber estado en todos esos lugares que menciona en sus libros cubriendo esas historias y que algunos de sus reportajes se romantizaron. Así que la representación, los límites y lo que hacemos con ello es realmente fascinante para mí y es algo de lo más fuerte que mueve el trabajo que quiero hacer.
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La única cosa que quiero es ser respetuosa con los que represento y con el público también. (El filme) tiene que ser claro y transparente. Para mí es mucho más importante que tú me digas una respuesta a que yo diga una respuesta a eso. Miremos Extinción, las realidades con las que nos enfrentamos son mucho más grandes y complejas que yo y mis personajes”, señala Salomé Lamas.
Refiere que cuando hizo Extinción Transnistria era una bomba de tiempo y hoy es claro en el filme, que por tanto resulta más contemporáneo que antes porque la situación es evidente para todo el mundo ya.
“Volviendo a si soy cineasta o no, es que yo me preocupo por ciertas cosas: zonas negras, zonas de fricción, de sacrificio, críticas. Hay lugares que son como un límite donde puedes ver las fronteras de la humanidad, como cuando vas a 5 mil 500 metros de altitud a un lugar sin agua corriente, contaminado por mercurio o así. Ahí encuentras lo mejor y lo peor de la humanidad. Eso es muy extremo.
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“A veces me pregunto, cuando intentamos trabajar alrededor de la violencia y los sistemas de poder, si estamos preparados para ello, cómo hacer más evidente la crueldad. Honestamente creo que hay algo bueno y algo malo en nosotros mismos y, es muy triste, pero no podemos evitarlo”, añade la cineasta.
¿Qué le importa más a la hora de concebir un filme: la ética o la política?
Deberían ir de la mano. Pero la ética va primero. No estoy a favor de la política en ese sentido, nunca sería militante de un partido, pero la política es parte del juego. Cuando empecé con mi trabajo ni siquiera pensé que estaba lleno de política, eso vino después; la política está en todos lados, si alguien dice que no está involucrado en política es porque no está consciente y no ha politizado su arte, su vida.
¿Se siente una outsider dentro de la tradición cinematográfica portuguesa?
Quizás. Y la gente me ve como outsider. Y también hago instalaciones y comisiones, a veces, para exhibiciones en museos. Puedo jugar con ambos mundos un poco y tomar ventaja de eso en términos de encontrar formas de financiar el trabajo. He intentado diferentes modelos de producción. El último filme de ficción que he hecho tiene un lado experimental, pero con dos actrices portuguesas muy conocidas. También hice cosas para la Bienal de Venecia en torno a arquitectos y he tomado comisiones más o menos comerciales. A veces los filmes tienen muchas personas. El documental que hice en Nigeria empezó con cinco personas, se redujo a dos, el fotógrafo y yo, y luego la última vez fui sola. La independencia es buena, pero muy solitaria, nunca puedes ser tan independiente, siempre estás conectado con algo y ganas algo. Me gusta colaborar con gente, pero soy muy orientada a mí misma.
¿Para usted, lo visual, la imagen, el cine, son un idioma o una herramienta?.
---Creo, como Walter Benjamín, que es un lenguaje. Y muchas cosas para mí son sobre lenguaje. La forma en que construimos el mundo tiene que ver con el lenguaje.
Adscribe su cine a la “paraficción”. ¿Qué es la paraficción para usted?
---Para ser honesta, empezó como un paraguas para intentar hablar de trabajo que estaba saliendo de una manera muy diversa. Y, si quieres más académica, empezó en 2009, con Carrie Lambert-Beatty, que usó ese término primero para abordar el trabajo de arte visual; especialmente estaba cubriendo la Bienal de Estambul y estaba comentando trabajos que usaban la realidad y los hechos, pero luego la ficción también. Para mí, paraficción es como estar alrededor pero más allá de lo real y de lo ficcional.
¿Quién es Salomé Lamas en este momento?
---Soy alguien muy cansada, honestamente muy cansada. Soy alguien que a veces duda sobre el trabajo que está haciendo. ¿Por qué otro film? ¿Por qué otro producto? Porque no podemos evitarlo, quiéralo o no es un producto. Luego empiezas a preguntarte incluso económicamente, no por mí, no me gusta cuando los filmes tienen mucho presupuesto y empieza a ser sobre el dinero y no sobre el film. Estoy un poco abrumada espiritualmente en este momento y veo la realidad con ojos oscuros. Tengo esperanza, pero estoy muy escéptica de ciertas cosas en que se está convirtiendo la humanidad. Pero no quiero ser conservadora porque está aquí y está cambiando. Eso es todo, tenemos que aceptarlo.
“Probablemente hay cosas maravillosas que van a venir, no lo sé. Pero es muy difícil entenderlo todo. Diría que estoy privilegiada aquí, porque tengo tiempo para pensar y me da alegría tener tiempo para pensar sobre esto y permitirme sentir esto, porque hay gente que no se lo puede permitir, que está ocupada, que tiene que despertarse, que tiene hijos, que está siendo bombardeada. No sé, hay una parte que dice que no quiero ser parte de ello. Y hay una parte de mí que en la pandemia solo quería ser doctora. Esa era una de las posibilidades. Probablemente estaría trabajando en zonas de conflicto”.
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